Bedford/febrero 18
La noche es una trampa que gira sobre el ojo.
Escarba en la ruina del pasado que vuelve
y luego se deshace ante el enigma.
Es el humo y la escarcha,
el péndulo que azuza el desamparo.
Nada podrá sacarte del túnel que se estrecha.
Sus pasos en la alcoba, los ojos que se achican,
el olor del cerezo y la brisa del mar,
precipitan el viaje hacia el saxo de Parker,
a los tonos del blues que arranca Miles Davis,
en los bordes del trago que empuja al desatino.
La noche es una trampa que se erige
en las ganas de morirse del insomne.
Hunts Point/marzo 25
Oscúrame.
Méteme debajo de tu lengua
para que el viento pase y no me llame.
Lunízame.
Pon tu lumbre de ámbar prometido
sobre mi piel que en tu sueño se descama.
Llovízname.
Que mis pasos se hermanen a tus huellas,
que se guarezca mi voz en el asombro
de saberte única y posible.
Llovízname.
Lunízame.
Oscúrame.
El deseo de partir dijo tu nombre.
Mott Haven/abril 1
La seguí a pocos pasos
sobre la acera angosta que conduce a la plaza.
Odiaba su perfume.
Ignoraba su nombre.
Pero me fui embriagando con su caminar lento,
en su cintura estrecha,
con su cadera grácil,
hasta que no importó el almizcle barato.
El pelo zigzagueaba casi al ras de los hombros
y las manos delgadas parecían no ser suyas.
La noche presagiaba enmarcar una pena,
con el rayo de luna refugiado en sus ojos.
Intenté ser gentil
contándole del tiempo que la he visto de lejos.
“la soledad disfraza de amor todo espejismo”
dijo mientras buscaba la boca de una vena.
Luego cerró los ojos para empezar el viaje.
East Harlem/mayo 20
Soy el último bisonte de la noche,
el líder solitario de la manada trunca.
Debajo de mí ronca la tierra,
el vaho del orín y el pasto seco,
cielo sin nubes que se alarga
sobre la estepa salvaje que me espera.
En el camino se quedaron los otros,
los frágiles de cuerpo,
temerosos de la pena y el alambre,
esclavos de la sed y de la hambruna,
los de pieles que se quiebran con el hielo.
La victoria solo es dable
a los guerreros que doman el azar,
porque la muerte iguala a los que vence,
pero el placer de matar es de los dioses.
En la llanura de la ciudad que duerme,
apenas sobreviven las ratas y el bisonte.
Sound View/junio 24
Algunos ventanales
parecen descifrar las huellas del viandante.
La soledad se hospeda en el arco del hombro.
Entre el pie que falsea y el perro que le ladra,
media la maldición que se enreda en la lengua.
La madrugada cae en el sudor del pelo,
mientras que la joroba dibuja en la pared,
un animal que surge y se erige en las sombras.
Relee las cinco letras del tatuaje del brazo.
El rostro no es el mismo,
a menos que se estire con fuerzas los pellejos,
pero allí están sus ojos grabados en la piel,
bajo la luz precaria que le presta el cigarro.
Fordham/agosto 26
La gusanera quedó atrás.
Ajena la jauría solo olfatea las huellas,
una hilera de zombis circunda las tabernas,
y exhibe sin pudor la faz de su esqueleto.
El cantinero Joe cumple con su ritual,
de espantar las miserias que quedan del amor,
en la copa de sangre que sirve con vehemencia.
El bar es un refugio de tránsfugas nocturnos.
Esa ruleta rusa con balas de certeza,
la mano que antecede al próximo disparo.
Solo los militantes que conocen la angustia
obedecen la orden del batallón que surge.
Se reclaman las botas, chalecos, cantimploras,
el dialecto que solo hablan los arcabuces.
Aquí la vida es una guerra verdadera
y la noche tan solo otra batalla.
Fort Greene/septiembre 30
El olor del asfalto
da fe de que la calle todavía sigue viva.
La manada sin ojos que escruta los relojes
atraviesa la acera,
luego almuerza en los trenes
y duerme en los andamios.
Nada detendrá la marcha de un reloj,
que apresura el final del péndulo que vuelve.
Hoy nadie tendrá sexo
aunque el vino se vierta en los cuerpos desnudos.
Correrán al espejo para ver si los ojos,
retienen las pisadas
para la latitud que permite el retorno.
La madrugada avisa que se acabó la tregua.
Para unirse a la horda
de nuevo se precisa guadaña y antifaz,
volverse el animal que a solas se descama.
Brooklyn Heights/octubre 7
Las vampiras también tienen ombligo.
Un cordón umbilical une sus sombras
cuando clavan sus colmillos de ámbar recién hecho
en el cuello de todas las angustias.
Ningún resguardo puede detenerle los pasos.
No hay hechizos posibles para entrar en sus huellas.
Las cruces se entumecen cada vez que ellas miran
los paisajes grises del nuevo Transilvania.
Las vampiras de este pueblo solo temen
a los soles de terror de una guitarra.
Chelsea & Hell’s Kitchen/noviembre 25
El barrio no sabe que se ha muerto.
El sol vino tan solo
por la vieja costumbre de despertar lagartos,
y quiso devolverse al ver que los borrachos
rumiaban sus derrotas, tendidos en la acera.
No quiso reflejarse en las manos del ciego,
ni en los falsos candiles sobre las lentejuelas
ni en los pliegues que exhiben las viejas cicatrices
de las maripositas que se mueren de orgasmos,
y luego resucitan en la mesa de un bar
para morir de nuevo al llegar la mañana.
El barrio no deduce
que los hombres se hastían de ser solo fantasmas,
de ser un grito antiguo, una mueca sonriente,
desempolvando el rostro que usarán en domingo,
jugando loterías o apurando un clerén
cuando la luz le obligue a ser pellejo y sombras.
El barrio no sabe que se ha muerto,
se atragantó de penas, de esa inútil quietud
y camina si prisa a su propio velorio.
(En portada: Chelsea series #54, acrylic on canvas, 35.5 x 34 inches, 2023. Derechos: Juan Luis Landaeta)
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César Sánchez Beras es poeta, narrador y dramaturgo. Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña 2025. Ha residido en Lawrence, Massachusetts, ejerciendo el magisterio.