Como he recorrido los inciertos caminos de la poesía desde mi adolescencia, supongo que algunos pueden pensar que es un arte del que puedo hablar con propiedad o con profundidad, así que –para dejar las cosas en claro– quiero comenzar mis palabras con una confesión un poco embarazosa: yo no sé lo que es la poesía… y por eso, en los años de mi adolescencia, en cada oportunidad que tuve de acercarme a un poeta abrigué la esperanza de escucharlo revelar el secreto de su arte.

El primer poeta que conocí fue Domingo Moreno Jimenes. Todavía recuerdo aquel hombre frágil, pero con una mirada tan pensativa y luminosa que siempre parecía estar mirando el mar. En esa ocasión, en vano esperé escuchar la revelación del secreto que buscaba y quedé con la impresión de que la poesía era una extraña energía que iluminaba los ojos de los poetas desde adentro. 

Unos días más tarde alguien me presentó a Manuel Yanes. En esa época él era ya un anciano “con ojos de cordero degollado” como él mismo se describía, y disfrutaba su nombradía de poeta construyendo su propia leyenda e inventando su anecdotario, con un comportamiento que fluctuaba entre la bohemia ligera y el dadaísmo tropical. 

Franklin Mieses Burgos me había contado antes una anécdota sobre él que les contaré a ustedes ahora, porque supongo que a todos nos gusta una buena historia: Una vez, en una cafetería del Conde llamada Jai Alai, Yanes, en compañía de otros escritores, degustaba una soda de frambuesa, un “refresco rojo”, como él decía, y que era su bebida preferida. Cuando terminó de beber, pidió la palabra y con su voz quebrada y reseca, como quien confiesa un terrible pecado, dijo: “yo sólo me bebo el color”; luego pidió permiso para romper el vaso, lo levantó a la altura de su rostro como si se dispusiera a hacer un brindis y lo dejó caer; miró los pedazos de vidrio desparramados en el suelo y afirmó: “yo nunca había roto nada…”. Yanes me dejó la sospecha, por un tiempo, de que la poesía era quizás una forma de vida. 

Después disfruté el privilegio de conocer y frecuentar a algunos de nuestros grandes poetas. Todos ellos, tal vez con la excepción de Yanes, tenían la virtud del pudor, en el sentido de que no pretendían ser poetas fuera del momento en que realmente lo eran: cuando escribían, cuando –sin dejar de ser ellos mismos– se convertían en instrumentos de un genio interior que en cierto modo los completaba y los transformaba, por unos instantes, en creadores. 

Ahora bien, lo que acabo de decir me obliga a hacer otra confesión, porque yo tampoco sé lo que es ese genio interior que obliga a un ser humano a aceptar la condena perpetua de escribir poesía y de alterar, con sus versos, nuestra percepción de la realidad. 

Ni sé lo que es “La Herida de Hagen” de la que habla José Miguel Soto Jiménez para referirse a ese desgarramiento espiritual, que como una conciencia de vulnerabilidad arrastran algunos seres humanos; conciencia que los vuelve particularmente sensibles al carácter efímero, precario y pasajero de la vida. 

Ni sé cómo definir esa necesidad de escribir poesía que pone a un ser humano al servicio de una reflexión que no se basa en silogismos, ni en enunciados, ni en fórmulas matemáticas, sino en una delicada heterodoxia de introversiones en la que intervienen a la vez, entre otras cosas, el manejo de los signos, la imaginación, la erudición, el don de lo imprevisto y la aceptación de lo irracional.

Tampoco sé cómo resumir ese sueño obsesivo que empuja a los poetas a emprender un viaje de exploración por las regiones menos conocidas del intelecto y de las emociones.

Ni puedo explicar el sortilegio que atrae a poetas y a lectores hacia el extraño reino donde se forman las ideas, donde las palabras –desnudas– esperan nuevos ropajes, innovadoras alianzas y sorprendentes destinos. 

Sé muy bien que muchos poetas no están de acuerdo conmigo, y que algunos se han divertido jugando con la idea de la poesía, como, por ejemplo, Gustavo Adolfo Bécquer, cuando con humor galante, le responde a una damisela, no sin picardía: poesía eres tú.

O como Rabindranath Tagore, que creía escuchar en los versos la música de los astros y el murmullo de las galaxias.

O como Robert Frost, para quien la poesía era una aventura que comenzaba en la belleza y terminaba en la verdad… lo que lo convertía, en cierto modo, en un discípulo tardío de Aristóteles.

O como Gabriel Celaya, que, con una gracia llena de profunda reflexión, y en un poema cuyo título es toda una declaración de principios, La poesía es un arma cargada de futuro, declara lo siguiente: 

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras…
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.

Pero, aunque parezca hermoso, nada de eso define realmente la poesía, y esos maestros simplemente enumeran facetas particulares de algunos poemas o de algunas intenciones.

Yo también, si fuera atrevido, podría referirme a la creación poética como una forma de domesticar el misterio o de plasmar lo impalpable, o como una manera de sintetizar el pensamiento, la emoción y la belleza en un compartido crisol de palabras.

O como el don de ver más allá de la realidad aparente y de pensar fuera de los límites de la razón, o como un modo de acoplarse con el ritmo del universo para revelar una grandeza que sobrepasa al individuo.

O como la virtud de descubrir en lo efímero la huella de la eternidad, o como el don de imprimir nuestra impronta en lo que ya existe y de agregar al mundo una nueva faceta que sin el hombre ni podría existir ni tendría sentido, o como una fórmula para insertar un algoritmo humano en la ecuación infinita del cosmos… 

Pero, aunque también pueda parecer hermoso, estoy consciente de que eso no sería más que un vano intento de encerrar la poesía en una hermosa jaula de palabras. Notemos, de paso, que en todos los casos el hombre –el factor humano, para decirlo a la manera de Graham Greene– se coloca en el centro de ese proceso generador; y creo que tal vez era en eso en lo que pensaba el poeta William Yeats cuando decía que cuando discutimos con nosotros mismos hacemos poesía, lo que es una manera de decir, junto con Antonio Machado, que también él estaba en guerra con sus entrañas… y es que quizás, estar en guerra con nuestras entrañas, estemos o no en paz con el mundo, sea una constante inevitable en cada creador de arte, y la poesía es un arte, algo que en esta época de relativismo ingenuo y de bajo nivel de exigencia, muchos parecen olvidar, o peor, nunca han aprendido.

Pero aunque sigo sin saber lo que es la poesía o el genio interior que la invoca, de lo que no tengo dudas es que la poesía transforma las cosas y nos transforma de una manera intangible, pero real, y quizás por eso no puedo ver una rosa roja sin pensar que es una herida abierta, desangrándose en el aire, como la veía Franklin Mieses Burgos, ni puedo presentir la lluvia sin percibir el olor a espadas que sentía mi maestro Máximo Avilés Blonda ante la llegada de los aguaceros, ni puedo contemplar el mar en un día nublado sin que se convierta ante mis ojos en el vasto cristal azogado queimaginaba Rubén Darío.

No afirmo que la poesía, no tenga o no pueda tener una definición para un uso académico, enciclopédico, periodístico, o de crítica literaria, por ejemplo, pero creo que su verdadera definición –en todo caso, la que cuenta realmente para nosotros los lectores– la ofrecen cada día los poetas desde que escriben su primer verso hasta el último; y creo también que cada obra poética individual se suma al gran concepto que abarca el universo entero de la poesía de todos los tiempos y de todas las lenguas y que conserva imágenes, formas sintácticas, atrevimientos de la imaginación, juego de acentuaciones, de signos, de acepciones y connotaciones prodigiosas, de rimas y hemistiquios, de fonemas y significados que van a parar al gran tesoro de esta forma de arte. Un tesoro que, aunque lo crean y lo acumulan los poetas, nos pertenece a todos, porque lo que en él buscamos y encontramos, como sugiere Octavio Paz, ya lo llevamos dentro de nosotros… 

Lo que me lleva a veces a preguntarme, ¿cómo sería el mundo sin ese tesoro?  Para saberlo, intentemos, por unos instantes, el ingrato ejercicio de imaginar un mundo sin las melopeas de Constantino Cavafis, sin los abismos de Stéphane Mallarmé, sin los galopes prosódicos de José Santos Chocano, sin el tranquilo mar donde van las palomas de Paul Valery o sin esos caminos hechos de tiempo y de esperanza de Antonio Machado.

Un mundo sin Aquiles Nazoa, por ejemplo, en donde no haya un Hans Christian Andersen para amar a Jenny Lind, el ruiseñor de Suecia, donde esta isla no sea el Centro del Mundo como había descubierto Máximo Avilés Blonda, donde Vlía no sea la única y perpetua ilusión de Freddy Gatón Arce, o donde los Bosques Negros no crezcan jubilosos desde las manos de Bertolt Brecht.

 Un mundo sin los delirios de amor y de embriaguez de Omar Khayyam, sin las coplas impregnadas de melancolía de Jorge Manrique, sin las andanzas de Dante Alighieri por el reino de las alegorías o sin los sueños de plenitud de Aida Cartagena Portalatín.

Un mundo donde Homero no cante el dolor y el orgullo de los griegos y los troyanos, donde Walt Whitman no celebre con optimismo las llanuras y los cielos de América, donde no existan las rosas imborrables de Franklin Mieses Burgos o donde Jorge Luis Borges no haya inventado la dicha de estar triste.

Un mundo, en fin, donde Fernando Pessoa no haya tenido cinco vidas para una sola muerte, donde Paul Verlaine no cante versos impares al son del sistro y del tambor, donde la miel y la leche no nos hagan evocar los labios de la reina de Saba, donde los jazmines no nos inviten a mirar hacia el oriente junto con Rubén Darío o la luna no exhale el perfume de los nardos de los cantos de Federico García Lorca. 

Para terminar, una última confesión: no me habría gustado vivir en un mundo donde no tiriten, azules, los astros, a lo lejos, o el viento de la noche no gire en el cielo, ni cante sobre la casa de Pablo Neruda… o la mía.

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Juan Carlos Mieses (El Seibo, República Dominicana, 1947), es poeta, narrador y dramaturgo. Estudió literatura en Francia. Obtuvo los premios de poesía Siboney (en dos ocasiones), Premio Universidad Pedro Henríquez Ureña y Premio Internacional de Poesía Caribeña Nicolás Guillén. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura 2024.