(a los 200 años de su estreno)

El 7 de mayo de 1824, Beethoven estrenó en Viena su Novena Sinfonía. Doscientos años después, esta obra de una belleza conmovedora sigue siendo la afirmación musical definitiva de la libertad y la hermandad entre culturas. Ninguna otra obra ofrece este mensaje de manera tan profunda y comprensible para todos. 

Es una verdadera y auténtica obra maestra y constituye un hito en la historia de la música.  Fuera de lo estrictamente musical y sonoro, está rodeada de una saga de implicaciones políticas y culturales que la acompañan desde su mismo nacimiento, aquella primera vez, hace dos siglos.

Una vez terminada la composición, llegaron las semanas de intensos preparativos, con una legión de copistas que duplicaban los difíciles manuscritos de Beethoven.  Ensayos con orquesta, coro y solistas, que culminaron en el estreno, en el Theater am Kärntnertor. La orquesta, que estaba integrada por los mejores instrumentistas del momento, fue dirigida a cuatro manos: las del autor de la obra y de un asistente.

Hagamos un poco de historia

En 1817, la Sociedad Filarmónica de Londres le encomendó a Beethoven componer una sinfonía, y en ese mismo año, el compositor realizó algunos esbozos para una escribir una obra en re menor. Con todo, no avanzó con ese proyecto y, con relativa lentitud y la consabida concentración con la que trabajaba, escribió sus últimas cuatro sonatas para piano, las Variaciones Diabelli, algunas obras de cámara y se abocó, también, a su monumental Missa solemnis

En 1822, sin que nadie pueda precisar cuál fue el factor determinante, Beethoven retomó aquella sinfonía olvidada y decidió que incorporaría las estrofas de An die Freude, literalmente, A la alegría, un poema que Friedrich Schiller había publicado en 1786 y que Beethoven había leído apenas llegado a Viena. El título fue traducido, en todos los idiomas, como Oda a la alegría o Himno a la alegría.

El proceso de escritura fue agónico, con más de doscientas versiones diferentes solamente de la oda, insertada en el cuarto y último movimiento. Aquella inclusión de voces era algo totalmente radical, pero no constituía el único factor iconoclasta. En la Novena, Beethoven mezcló la elegía con la cantata, la ópera italiana y la germana, la fanfarria militar y el réquiem. Creó, en definitiva, una nueva forma, alejándose libremente de la tradición. Es una pieza que ha influido en la historia de la música y que aún sorprende: “Tiene pasajes que no solo rompen con su época, sino que hoy suenan casi futuristas, no los puedes ubicar temporalmente”, observa un reconocido estudioso de Beethoven.

Ya en el año 1823, Beethoven se acercaba al final de su vida, estaba ocupado con el trabajo de la Novena Sinfonía, y se sentía oprimido por la ansiedad de su pobre salud (además de la pérdida de oído, padecía varios otros problemas, desde dolores abdominales a ictericia). También estaba preocupado por los asuntos domésticos de su hermano.  Fue una época de enorme tristeza, y en esta se acentúa su talante grosero, testarudo e imposible.

Hasta cierto punto, la Novena Sinfonía, la obra más famosa de este último período o como muchos llaman su Tercer Período, es la excepción entre sus últimas obras, casi melodramática en su alcance narrativo. Beethoven alteró el concepto de lo que podría ser una sinfonía con esta obra, escribiendo una partitura de setenta minutos y cuatro movimientos, que culmina con una parte vocal protagonizada por cuatro papeles solistas y un coro.

El movimiento final de la Novena Sinfonía es una encarnación desgarradora del triunfo final del compositor, su reclamo de alegría.

Beethoven trabajó con la idea de una sinfonía cuyos tres primeros movimientos serían la introducción al poema de Schiller, que afloraría en el último movimiento. Pero Beethoven fue mucho más allá de eso y escribió una obra de una extensión descomunal, con una larga serie de estrategias que nunca habían sido plasmadas en una sinfonía.  La Novena se convirtió en una obra extraordinaria, a la cual cualquier adjetivo elogioso le queda un tanto insuficiente. De la mano de Beethoven y de su osadía, en el último movimiento de la sinfonía, aparecen por primera vez solistas vocales y un gran coro mixto. Si bien popularmente lo que musicalmente identifica a esta sinfonía es la melodía con la que se inicia el poema de Schiller, la sinfonía se extiende por más de una hora.

Aunque la parte coral fue recibida con reservas en su estreno, los tres primeros movimientos, en cambio, apabullaron a los contemporáneos y abrieron posibilidades, que durante un siglo fueron exploradas por muchos compositores. El primero en seguirlas fue Wagner, y prácticamente todas las sinfonías de Bruckner y Mahler fueron sus descendientes directas.

Beethoven no alcanzaría a ser testigo de que su sinfonía sería la piedra basal sobre la cual se desarrollarían las formas cíclicas del romanticismo, aquellas obras en las cuales cierto material musical circula por distintos movimientos. 

Veamos los cuatro movimientos de la Novena

I “Allegro ma non troppo, un poco maestoso”.

Lo inician los segundos violines, los cellos y, tímidamente, los violines primeros; y entonces, emerge el primer tema, en el tiempo requerido y más que majestuoso, enérgico y trágico. En contraposición, el segundo tema es plácido, casi íntimo. Lejos de cualquier esquema formal evidente, sobrevienen, luego, reiteraciones, nuevos temas e incisos, desarrollos cortos o extensos y cambios de carácter que determinan unidades y segmentos que no se ajustan a la tradicional forma sonata de los primeros movimientos de las sinfonías clásicas.  El movimiento se va desarrollando de manera dramática, hasta concluir con el tema principal la orquesta en pleno. Desde este primer movimiento, Beethoven ya anunciaba que esta sinfonía sería diferente.

Karajan/Filarmónica de Berlín

II “Molto vivace”

Es un Scherzo (significa “broma” en italiano. A veces se coloca la palabra scherzando en la notación musical para indicar que un pasaje se debe tocar de una manera juguetona o graciosa) de excitante y contagioso ritmo. Beethoven lo colocó en el segundo movimiento, no como era la tradición en el tercer movimiento. Si en su Sinfonía Nº1, Beethoven había llevado al minué, el tercer movimiento, a una velocidad y a una intensidad inauditas, en la Sinfonía Nº2 desechó al minué, demasiado aristocrático para los nuevos tiempos posteriores a la Revolución Francesa, y lo reemplazó por el “Scherzo”, una danza tumultuosa, veloz, mucho más conveniente para la nueva época. Es pujante, vigorosa y desborda energía.

 Paavo Järvi / Deutsche Kammerphilharmonie Bremen

III “Adagio molto cantábile” 

Este movimiento es de belleza extraordinaria. Posee dos temas contrastantes, el primero lleno de un profundo sentimiento místico, el segundo expresivo y menos reposado que el primero. Este tercer movimiento de la Sinfonía es un testimonio de las profundidades y las honduras que Beethoven era capaz de alcanzar. Extenso y estructurado, muy libremente, casi como meditaciones sobre un tema, este movimiento, es puro lirismo, y está atravesado por una melodía exquisita, cercana, plácida y seductora. 

Gustavo Dudamel /Orquesta Sinfónica Simón Bolívar

IV “Presto”

Si lo grandioso y la más artística perfección habían sido desplegados generosamente en los tres primeros movimientos, la sorpresa, lo inesperado y, definitivamente, lo revolucionario llegan en el cuarto movimiento, en el cual, por primera vez dentro de una sinfonía aparece la voz humana a través de cuatro solistas, una soprano, una contralto o mezzosoprano, un tenor y un barítono, y un enorme coro mixto que da vida y sonidos a la Oda a la alegría. Pero lo de Beethoven no fue, simplemente, musicalizar un texto. Hasta que irrumpe el barítono, preludiando al poema de Schiller con un texto breve del propio Beethoven, a lo largo de unos siete minutos orquestales, el compositor barre con todos los moldes y construye una introducción absolutamente innovadora.

En el mismo inicio, luego de un llamado espectacular de toda la orquesta, los contrabajos y los chelos presentan un recitativo en unísono que anticipa lo que será el canto inicial del barítono. Y después, uno a uno, entre las frases de las cuerdas graves, van reapareciendo los temas de apertura de los tres primeros movimientos. Y después de esta apertura tensa, única y diferente, apenas susurrado por los contrabajos, comienza a sonar una de las melodías más célebres de la historia, la que Beethoven escogió para musicalizar la apertura del An die Freude, de Schiller. Unos tras otros, se van sumando las cuerdas, las maderas, los vientos y metales y se alcanza la apoteosis del conocidísimo tema en un tutti orquestal conmovedor, para cerrar. En este espectacular movimiento, orquesta, solistas y coro se unen en un grito a la Alegría, a la esperanza, nadie deja de estremecerse al escucharlos.

 “Coral” 4 movimiento / Daniel Baremboim/ West Eastern Divan Orchestra 

Una historia multifacética por fuera de los teatros

La Novena ha sido utilizada para distintos fines y objetivos y ha aparecido en las más variadas oportunidades. Sin ninguna cronología y sin consideraciones de valor si no, simplemente, como una enumeración, ésta es una pequeña muestra de las infinitas y muchas veces antagónicas apropiaciones políticas que se han hecho de la Sinfonía Nº9.

Ya que con Wagner no era suficiente, los nazis la incorporaron a grandes eventos para reafirmar la superioridad aria. En 1936, se escuchó en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín, y, al año siguiente, para festejar el cumpleaños de Hitler, Wilhelm Furtwängler la dirigió en su homenaje. Antes de eso, en los años de la Primera Guerra Mundial, los franceses la tomaron como emblema porque encarnaba los ideales de la fraternidad.

Siempre en el mismo territorio, muchos años después, unos y otros confluirían en la Unión Europea que, en 1972, la adoptó como himno del bloque en una versión sin texto, versión que arregló y dirigió Herbert von Karajan, el más célebre director europeo de su tiempo. 

En 1927, cuando se cumplía un centenario del fallecimiento de Beethoven, la Sinfonía Nº9 sonó como manifestación de hermandad tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética. Unos la consideraban democrática; los otros, revolucionaria. 

Tanto la pieza en su conjunto como el último movimiento se han visto apropiados por ideologías muy dispares y han desempeñado un papel simbólico en la reconciliación entre pueblos, por lo cual fue declarada en 2002 Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, Leonard Bernstein consideró oportuno presentarla en la Schauspielhaus de la ciudad, con músicos de veinte países y hasta con un coro de niños, tomándose la licencia de cambiar el Freude original por Freiheit y así la alegría tornó en libertad, afirmando que a Beethoven le hubiese encantado el cambio.

Cuando la Corporación SONY definía las especificaciones del disco compacto (CD), entre ellas estaba que su capacidad debía contener íntegramente la ejecución de la Novena Sinfonía.

Pero la Novena, así, a secas, también sonó importante y central en otros espacios. Quienes leyeron La naranja mecánica, de Anthony Burgess (1962), recuerdan las perversiones sádicas de Alex, un fanático admirador de Beethoven que buscaba llegar al arte de su ídolo en cada una de las depravaciones que cometía. En la película homónima de Stanley Kubrick (1971), concretamente, la música que ilustra las degeneraciones es la de la Sinfonía Nº9.

En Hombre mirando al sudeste, la maravillosa película de Eliseo Subiela (1986), Rantés, en sus delirios, dirige la gran sinfonía y mientras la música emerge victoriosa, las imágenes remiten a los internos del hospital siquiátrico donde él mismo está internado, en una escena de intensa alegría y felicidad.

En la novela Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier (1953), el personaje central es un musicólogo que, en un momento conflictivo de su vida, abomina, en general, de la cultura occidental y europea, sensación que se manifiesta intensa y desagradable, mientras escucha el no-comienzo de la Sinfonía Nº9

Muy lejos del arte musical, cinematográfico o literario, la Novena también aflora en otros ámbitos. Hace más de una década fue la música elegida, durante varias temporadas, para la apertura de las transmisiones televisivas de la Copa Libertadores de América.

Tal vez hoy ya menos emparentada a los ideales románticos de la fraternidad y más presente por sus maravillas sonoras y musicales, llega el día de recordar a Beethoven y de ver y escuchar su Sinfonía Nº9 en Re mayor, op.125, una de las grandes creaciones de la humanidad.

Podemos escuchar la Novena Sinfonía en innumerables ocasiones, en vivo, en grabaciones, en video y siempre podemos esperar que se acerque a nosotros desde diferentes ángulos, demostrándonos su frescura y su enorme atracción y significado.

Llenemos el 2024 con la Novena Sinfonía de Beethoven; nuestra alma se llenará del héroe que superó todas sus tragedias y nos regaló esta música celestial que, al escucharla, por un momento nos hace mejores personas. Las grabaciones son incontables, sin dudas una de las más impactantes y mi favorita, es de 1951 en el Festival de Bayreuth, con la orquesta y coro del Festival y en la batuta el legendario director Wilhem Furtwangler, que la grabó nueve veces en distintas etapas de su carrera.

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Carmen Rita Malagón Carmen Rita Malagón dirigió la Fundación Sinfonía.