Introducción 

El impacto de la inteligencia artificial (IA) en estos tiempos cibernéticos y transidos se extiende más allá de los ámbitos tecnocientíficos para alcanzar lo social, la cultura y lo ético, desde reflexiones filosóficas críticas en las que se sitúa la diferenciación entre la IA y la inteligencia humana.

En el presente ensayo, me propongo indagar ciertas implicaciones filosóficas de la IA con relación a la pulsión que mueve a los sujetos entre la tensión vida y muerte. Además, sobre lo relacionado a la nuda vida, de acuerdo con el filósofo italiano Agamben, en cuanto forma de vida que queda expuesta a la violencia, sin protección jurídica ni política. 

Algunas de las preguntas a las que intentaré dar repuestas son: ¿La IA carece de nuda vida y pulsión?  ¿Las IA son amorales? ¿No tienen conciencia y lenguaje?  

 Conceptos clave: inteligencia artificial, pulsión, nuda vida, cibernética.    

1. La pulsión no entra en la IA

La inteligencia artificial (IA) está constituida de algoritmos, de procesos de cálculo y programación fría, carece de libido, de esa pulsión que se encuentra como fuerza en la voluntad de poderío (Nietzsche) y en la teoría del psicoanálisis (Freud,) como deseo del sujeto, sin caer en reduccionismo de corte sexual.

En Nietzsche las pulsiones son fuerzas vitales que impulsan al ser humano a actuar, crear y transformar, y expresar el mundo como voluntad de poder: 

Por último, suponiendo que se consiguiera explicar toda nuestra vida pulsional como la configuración  y ramificación  de una única forma  fundamental de la voluntad –a saber la voluntad de poder, tal como reza mi tesis–; suponiendo que se pudieran reconducir todas las funciones orgánicas a esta voluntad de poder y en ella se encontrase también la solución al problema de la generación y la nutrición –es un único problema entonces adquirido así el derecho a definir inequívocamente cualquier fuerza actuante como: voluntad de poder. El mundo visto desde adentro (…) sería justamente voluntad de poder, y nada más (Nietzsche, 2016. Pp.322-323).

La pulsión de vida es la que busca el crecimiento, la expansión, la afirmación y la superación de sí mismo. Es la que genera valores positivos, como el amor, el arte, la ciencia y la moral. La pulsión de vida se expresa en el concepto de voluntad de poder, que es el deseo de aumentar la propia fuerza y dominio sobre las cosas.

La pulsión de muerte es la que busca el declive, la contracción, la negación y la aniquilación de sí mismo. Es la que genera valores negativos, como el odio, el resentimiento, la culpa y el nihilismo. La pulsión de muerte se expresa en el concepto de decadencia, que es el estado de debilidad y sometimiento a las fuerzas externas.

La pulsión (1) como “proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética), factor de motilidad) que hace tender al organismo hacia un fin (…), el termino pulsión fue introducido en las traducciones de Freud como equivalente al alemán Trieb” (Laplanche y Bertrand Pontalis, 2019. p.385).

Para Freud (1992a) la pulsión es “fuerza constante” que ataca “desde el interior del cuerpo” (p.114)  y   “un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el Alma” (p.117).

En Freud la pulsión deviene como representante de fuerzas somáticas. Es un impulso que empuja o mueve al sujeto a una acción determinada, como la vida (Eros) que se reafirma en preservar y enriquecer la vida. Esto es contrario a la pulsión de muerte (Thanatos), cuya representación es el deseo de destrucción, muerte que es un retorno a lo inerte, a la fragmentación de lo que no es vida. 

Aunque Freud (1992b) planteó que la pulsión de vida y la pulsión de muerte se enfrentan constantemente, también reconoció que la segunda suele prevalecer sobre la primera, sin importar los rodeos que tome: “Todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo” (p.38).

La pulsión de muerte (manifestada en violencia, destrucción, desintegración natural y agresividad) es el impulso inconsciente que siempre va en busca no de vida sino de vuelta al estado anterior a la vida, de esa vida que habitamos en un planeta Tierra aliquebrado por la propia condición humana transida y entrópica que se mueve entre el orden y desorden (Merejo, 2023).

En Freud la pulsión de vida y de autoconservación son parciales que allanan el camino a las pulsiones de muerte: 

El estatuto de las pulsiones de autoconservación que suponemos en todo ser vivo presenta notable oposición con el presupuesto de que la vida pulsional en su conjunto sirve a la provocación de la muerte. Bajo esta luz, la importancia teórica de las pulsiones de autoconservación, de poder y de ser reconocido, cae por tierra; son pulsiones parciales destinadas para asegurar el camino hacia la muerte peculiar del organismo y a alejar otras posibilidades de regreso a lo inorgánico que no sean las inmanentes (Freud, 1992b, p.39).

Sin embargo, la muerte no se puede reducir a lo meramente biológico, ya que no es el único tipo de muerte, esta puede comenzar incluso antes de la muerte del cuerpo, como bien establece Han (2022) cuando dice que “La muerte se puede concebir también como un proceso continuo, en el que uno va perdiendo progresivamente su identidad ya mientras vive (…). El sujeto se aparta cada vez más de sí mismo” (pp.25-26).

Pensar en la IA es hurgar en la posexperiencia de los flujos de información que brotan del ciberespacio, de la vida virtual que se queda impregnada en los datos de las diversas redes del cibermundo y un darse cuenta de que en esta no hay pulsiones de vida real, como tampoco deseo, tal como lo es en el cuerpo del sujeto viviente, único e irrepetible.

La IA no solo carece de pulsión, sino que tampoco es “Autopoiesis” dado que no es autónoma, porque no produce cambio para la conservación de su propia organización; todo lo contrario, las IA son “alopoéticas”, porque “tienen una identidad que dependen del observador” (Maturana y Varela, 2004, p.71). 

En este contexto global cibernético es que deseamos vivir a toda velocidad (pulsión de vida) en el ciberespacio y las demás dimensiones del mundo cibernético virtual y al mismo tiempo que recorremos la vida real, no virtual, de manera paulatina, vamos rumbo al deseo de morir (pulsión de muerte), que es el reposo absoluto de la no existencia, la no vida.

II. Nuda vida, más allá de la IA

La IA está fuera de las zoé y bíos, que fueron concepciones manejadas por el pensamiento clásico griego. El zoé es la vida natural y común a todos los seres vivos (animales, hombres o dioses) y el bíos es la manera de vivir, específica y cultural, propia de cada individuo o grupo humano. 

Estas zoé  y bíos de las que carece la IA son bien manejadas por Agamben (2006) para categorizar la nuda vida o vida desnuda, que no es completamente zoé y como tampoco bíos, porque no tiene  derechos políticos como  el de la ciudadanía; más bien, se despliega en la sobrevivencia (…) “la naciente democracia europea ponía en el centro de su lucha con el absolutismo no bíos, la vida cualificada del ciudadano, sino zoé, la nuda vida en su anonimato”. (pp.157-158).

El sujeto de la nuda vida o vida desnuda excluida de comunidad política y jurídica vive en condición de despojo de lo que es un ser humano con derechos políticos y jurídicos, por lo que no tiene valor, ni dignidad y puede ser eliminada sin consecuencias por parte del soberano:  

Esa nuda vida natural que, en el Antiguo Régimen, era políticamente indiferente y pertenecía, en tanto que vida creatural, a Dios, y en el mundo clásico se distinguía claramente –al menos en apariencia– en su condición de zoé de la vida política (bíos), pasa ahora al primer plano de la estructura del Estado y se convierte incluso en el fundamento terreno de su legitimidad y de su soberanía. (P.162).

Las IA no se pueden pensar como nuda vida, porque para eso tendrían que ser previamente pensadas como zoé y bíos, y dada su condición de software artificial, no respira, no siente, como tampoco padece y se reproduce.  

  La IA no piensa, no tiene lenguaje, porque solo el sujeto cibernético que vive en el mundo y cibermundo, como híbrido planetario, es el que tiene lenguaje y pensamiento, los cuales son simultáneos y requisitos para la construcción de un discurso tecnocientífico, cultural y social, que no es ajeno a la práctica y la experiencia del sujeto. 

Los seres humanos construyen esos llamados lenguajes algorítmicos y de reglas, porque su capacidad de simbolizar (lenguaje) es innata, se articula con la conciencia de ese conocerse a sí mismo y además de conocer el entorno. El sujeto viviente e inteligente no está cubierto de juegos de información y reprogramación de ideas, sino de poderes que le socavan la vida en los escenarios en que se desenvuelve. 

La inteligencia humana no se puede reducir a un sistema automatizado, ni operacional para hacer tareas puntuales, como es el caso de la IA, que se encuentra atrapada en el lenguaje de programación y reprogramación, sin conocer la creatividad, las emociones, que son facultades exclusivas del sujeto cibernético, el cual crea instrucciones y algoritmos para que el chatbot pueda generar repuestas programadas, que le fueron introducidas previamente.

Decir que la IA tiene lenguaje es una metáfora que inventa el hombre, que es el único sujeto que posee lenguaje y pensamiento, no el programa de lenguaje neuronal natural y virtual contenida en redes neuronales artificiales, en todo lo que es procesamiento del lenguaje natural (PNL), que solo contribuye al sistema computacional a entender e interpretar el lenguaje humano.

El chatGPT, como software virtual, no tiene capacidad para autoprogramarse, porque solo los seres humanos pueden hacerlo. Los dispositivos son programados por el sujeto cibernético, porque estos por sí solos no pueden cambiar sus códigos, ni sus diseños. La función de estos es la realización de operaciones para asistir a un ser humano, no para sustituirlo.  

Es partiendo de esta visión filosófica, que se puede situar la inteligencia artificial como no transida, porque esta es ajena a lo paliativo, al sufrir y padecer en el mundo y cibermundo.  Un sistema cerrado que es alimentado por un sujeto cibernético para que dé una determinada repuesta, de acuerdo con las preguntas que se formulen, es porque vive de los datos.

Esta IA es amoral, no sabe de responsabilidad ni consecuencia, porque construye posverdad para destruir la reputación de ciertos sujetos cibernéticos que se mueven en la virtualidad e intensidad del ciberespacio.

La IA no produce conocimiento por sí sola, carece de la capacidad de tener comprensión subjetiva y por tanto de experiencia para la comprensión de los temas que se le plantean.  Este modelo de inteligencia solo proporciona datos e información, esto es así porque el conocimiento requiere el involucramiento de un sujeto crítico e innovador con experiencia en la comprensión, reflexión, sistematización subjetiva, lo que le permite aplicar su conocimiento sobre una temática en un contexto específico, dinámico, no ajeno a la lengua, cultura, sociedad y el poder.

El sujeto cibernético transido guarda una relación con el cerebro, lenguaje, discurso articulado a la cultura, cibercultura-poder-sociedad y ciber-sociedades. Esta relación hace que el sujeto tenga la capacidad de manifestar diferentes estados de ánimo y de emociones a través de su discurso, dejando entrever cierto énfasis y cohesión en sus ideas, que desvelan estrategias de saber-poder específico, lo cual está muy alejado de la inteligencia artificial.

Lo transido implica dolor intenso en el ámbito de lo moral o de lo físico, una angustia que siente un sujeto con conciencia ante un contexto determinado social, político y económico; a esto no llegará siquiera aproximarse la IA, como tampoco un chatbot configurado en rostros caricaturescos de virtualidad inteligente.  

A diferencia de la IA, que carece de conciencia, en el sujeto cibernético crítico esta se sumerge en la acción y la reflexión, en la relación cuerpo y lenguaje, como parte de la condición humana fraguada en los espacios de poderes sociales. 

En uno de esos ejercicios de clases que a veces realizo con mis estudiantes, les pedí a varios que me explicaran el excelente texto que habían escrito sobre ética en el chatbot de inteligencia artificial. Cuando comenzaron a explicar el texto, no podían articular esa relación que se da entre el lenguaje y el pensamiento, porque ellos no hicieron su tarea basados en una experiencia de lectura-escritura, sino en la posexperiencia de lo virtual, al margen de una conciencia crítica.

Con esto comprobé cómo funciona la escritura simulada por el chatbot. Luego que ellos introdujeron sus ideas al dispositivo artificial, éste procesó un relato muy bien redactado, pero escamoteando la especificidad cultural y social del sujeto o, mejor dicho, no existe, porque se trata de lenguaje de programación artificial que nulifica al sujeto-discurso constitutivo de pulsión, nuda vida, zoé y bios, el cual entra en la relación de lenguaje-corporalidad y poder social.

La IA no podrá darse el lujo de vivir en una construcción de experiencia social y lingüística edificada en la ética del buen vivir y saber escribir a través de la interacción entre el cerebro, el lenguaje, la corporalidad y la conciencia emergida en lengua, cultura y cibercultura, que es donde se construye ese sujeto que hoy vive transido ante un mundo y cibermundo transidos.

El discurso creativo y crítico no se construye a través de la IA, sino a través de la interacción con otros sujetos en el plano de la experiencia, y que se pone de manifiesto en diálogos discursivos con otros. Además, el discurso del sujeto se produce no como fenómeno aislado y entramado en una relación con un dispositivo artificial, que le va diciendo y trazando el rumbo a su vida, sino que se va forjando en la experiencia de la vida, en esa relación con lo social y lo lingüístico.

Conclusión 

Es innegable que, en estos tiempos cibernéticos y transidos, la IA es una realidad que nos interpela como seres inteligentes. Este tipo de inteligencia nos cuestiona sobre nuestra existencia y nuestro destino. Nos hace reflexionar desde todas las áreas del saber sobre nuestras capacidades cognitivas, emocionales y sociales.

La IA nos hace pensar en su propio diseño cibernético, a la vez que nos va haciendo comprender la vida desnuda de sentido y valor, reducida a existencia biológica, a su pulsión en el cibermundo, caracterizado por la digitalización y lo transido.

Ante este escenario, debemos asumir una postura ética, crítica, responsable y creativa. Comprender que no podemos dejar de renunciar a la dignidad, a la libertad, a los valores democráticos y al bien común.  

Nota 1: Me aproximo a las traducciones francesas que utilizan la palabra pulsión, para evitar las implicaciones de términos de uso más antiguo como, instintos y tendencia. Esta concepción de pulsión manejada por Laplanche y Bertrand Pontalis, es la que sigue el presente ensayo y la lectura de la obra de Freud, no sobre la traducción inglesa en tres volúmenes (1996) a cargo de James Strachey y de Ana Freud, y que la editora Biblioteca Nueva encomendó a Jacobo Numhauser.

Referencias bibliográficas

Agamben, Giorgio (2006). Homo sacer: El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pretextos.

Freud, Sigmund (1992a). “Pulsiones y destino de pulsión”. Obras completas. Vol. 14. 1992. Bueno Aires: Amorrortu.

–(1992b). Más allá del principio de placer. Obras completas. Vol.18. Buenos Aires: Amorrortu.

–1996). Obra Completa, 3 volúmenes. CXXV. trad. inglesas Madrid: Biblioteca Nueva.

Han, Byun-Chul (2022). Capitalismo y pulsión de muerte. Barcelona: Herder.

Laplanche, Jean y Bertrand Pontalis, Jean (2019). Diccionario de Psicoanálisis. México: Paidós. 

Maturana R., Humberto & Varela G, Francisco (2004). De Máquinas y Seres Vivos. Autopoiesis: La organización de lo vivo. Buenos Aires: Lumen. 

Merejo, Andrés (2023). Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos. Santo Domingo: Santuario.

Nietzsche, Friedrich (2016). Más allá del bien y del mal. Obras completas. Vol. IV. Madrid: Tecnos.

_____

Andrés Merejo es Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).