Pudo tardarse, como de hecho se demoró en las ansias y se dilató en la espera. Sin embargo, esta compilación de lo acontecido en el centro y en la periferia del Encuentro Internacional de Escritores Pablo Neruda, celebrado en nuestro país del 5 al 11 de septiembre de 1983, a propósito del décimo aniversario del fallecimiento, o del asesinato por envenenamiento del poeta, Premio Nobel de Literatura 1971, segunda presea para Chile, luego de la de Gabriela Mistral en 1945, era una pieza esperada, una deuda por saldar en la historia de la literatura del siglo XX de nuestra nación y de Hispanoamérica. Aunque el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña consignan una publicación de la editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de algo más de 100 páginas, con fecha 2004, relativa a actas y documentos del evento, de la autoría de Porfirio García Fernández, en la que Mateo Morrison figura como colaborador.

Este libro, lo diré de una vez y sin remilgos, titulado Pablo Neruda y la República Dominicana. Cuarenta años después (Santo Domingo, 2023) es, a mi ver, igual que definió en un momento el antipoeta Nicanor Parra la poesía cumbre del Canto general (primera edición en México, en 1950, con ilustraciones de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros) del mismo poeta homenajeado, algo así como la cordillera de los Andes, con altos picos y bajos valles. De lo que no cabe duda alguna es, que se trata de un libro necesario y a todas luces impostergable. Maduró durante cuatro décadas. Y tampoco me voy a tardar en afirmar que, así como el evento, en su fase organizativa y en su ejecución, se sostuvo por el liderazgo heroico de una persona, que inspiró y motorizó a diferentes instituciones y equipos de colaboradores, también esa persona se ocupó de preservar, documentar y compilar los trabajos y textos afines que dan cuerpo al presente volumen. Me refiero a nuestro querido y admirado poeta y gestor cultural Mateo Morrison, quien a la sazón era director del Departamento de Extensión Artística y Cultural de la primera casa de altos estudios del Nuevo Mundo.

Me he preguntado, en mis lucubraciones solitarias, por qué Mateo Morrison ha insistido en que sea yo quien presente el libro de marras. ¿Se trata también de un saldo con la pequeña historia que encierra nuestra amistad y mi impagable deuda literaria con él? Desde el Taller Literario “César Vallejo”, que él mismo fundó en enero de 1979, junto a un grupo de mozalbetes entre los que yo figuraba, Mateo Morrison recibió nuestra colaboración para la organización del evento, que acogió la Universidad Autónoma de Santo Domingo, bajo el rectorado del Dr. José Joaquín Bidó Medina, con la aprobación unánime del honorable Consejo Universitario. 

Es más, Mateo Morrison permitió, incluso, que sugiriéramos nombres de escritores, críticos y poetas notables a invitar. Él ha creído siempre en el talento joven. Ha apostado a los jóvenes y continúa haciéndolo. Mateo procuró la manera de que nos mantuviéramos vinculados a ese singular momento de nuestra historia literaria y cultural, “el más importante acontecimiento que registra la historia cultural tanto de la época colonial como de nuestra vida republicana”, de acuerdo con el discurso inaugural del entonces rector magnífico de la UASD. 

Se iniciaba apenas el decenio de los 80, que los economistas llamaron la década perdida para América Latina, por los avatares e incertidumbres en el desarrollo económico y la lucha contra la pobreza, y por la ira contra los pueblos por parte de las dictaduras civiles y militares en suelo americano. Recordemos que apenas meses después del encuentro, en abril de 1984, en protesta por las medidas del Fondo Monetario Internacional aplicadas a nuestra economía, se producirá una poblada que tendría un saldo fatal para la vida de decenas de ciudadanos, sobre todo, en barriadas marginadas de la capital. Pero, en las artes y la cultura no fue necesariamente así. Si bien, tanto en las ciencias como en las manifestaciones artísticas vivíamos bajo la égida del realismo socialista, reflejo de la Guerra Fría, será también en 1989, al cierre de ese mismo decenio, cuando la humanidad vería el desmoronamiento de la cortina de hierro y la desmitificación del socialismo real y del ideal comunista, viciado de cultos personalistas, persecución a escritores, creadores e intelectuales y usurpación de la institucionalidad democrática y las libertades. 

José Mármol, presentador del libro, y Mateo Morrison, autor

De manera que homenajear al gran poeta, pero también al militante ideológico-partidario perseguido y exiliado, que llegó a ser candidato presidencial del Partido Comunista de Chile y senador de la República, era un dictamen de la noción de la literatura de compromiso, y al mismo tiempo, el reconocimiento, más que merecido, a la voz poética más alta de la tradición, diversidad y riqueza de la lengua española y del ideal de justicia, identidad y unidad política de los pueblos de toda América.

En este magma volcánico que es el contenido del libro, y que tratándose de Pablo Neruda de otro modo no podía ser, en lo que atiene a la parte de las entrevistas a personalidades de nuestras letras, llevadas a cabo por Joëlle Hullebroeck, periodista, crítica y psicoanalista belga, y entre las que figuran Juan Bosch, Aída Cartagena Portalatín, Manuel Rueda, el rector Bidó Medina y Pedro Mir, este último hizo, en aquellos días, unas muy acertadas observaciones y precisiones en torno a lo que fue el Encuentro Internacional de Escritores Pablo Neruda, al señalar que con él podía mostrarse a nuestros trabajadores intelectuales “que hay otra gente que tener en cuenta; que hay una literatura americana, por lo menos; que también hay críticos fuera que se pueden interesar por nuestra cultura. Nuestra literatura debe leerse afuera” (p.309), con lo que aspiraba rebasar lo que entendía “criterios de mediocridad” para afrontar la cuestión artística e intelectual dominicana. 

Y más interesante aún, la relevancia que daba al evento respecto de la literatura naciente de nuestro país, acotando que “en el marco de la situación en que está la literatura joven de nuestro país, que es la que cuenta, este encuentro podría traer una nueva visión de las cosas”. “Yo he encontrado siempre en mi país, para hablar claro”, añadía, “y he luchado mucho con eso, que nuestros trabajadores intelectuales se han planteado metas muy limitadas, metas dominicanas, metas muy provincianas y, por tanto, aldeanas. Hemos sido un pueblo muy aislado y sufrido siempre, y nos faltan ambiciones para salir de las fronteras nuestras”, recalcaba el autor del icónico poema Hay un país en el mundo (La Habana, 1949). Y con palabras de sabio, en su modo siempre sentencioso y altisonante, afirmó, valorando el encuentro en su justa dimensión: “Es la gran iniciación que nos pueda dar hacia otros horizontes más amplios. Solamente la reunión de tanta gente provoca una emulación y, finalmente, la glorificación de un poeta. Neruda resplandece en el campo de la poesía no solo por su poesía, sino también por su compromiso con la humanidad” (p.310). En efecto, el decenio de los 80 significó la apertura más firme de la literatura dominicana hacia los confines culturales y académicos de habla hispana y de otras lenguas.

El encuentro contó con la presencia y participación de figuras señeras de la literatura de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, entre las que no podríamos dejar de mencionar, sin que pretendamos agotar toda la nómina, habiendo muchos de ellos ya fallecido, a Eduardo Galeano, Roberto Juarroz, Saúl Yurkiévich, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Sosa, Rogelio Sinán, Cecilia Vicuña, Seymour Menton, Jaime Alazraki, Joëlle Hullebroeck, Juan Carmelo García, Alberto Baeza Flores –autor chileno a quien tanto debe nuestra literatura de la primera mitad del siglo XX–, José Kozer, Iván Silén, Carlos Marcelo Constanzo, Rafael Catalá, Edna Coll, Etnairis Rivera, Harold Alvarado Tenorio, entre otros tantos escritores internacionales, a los que habría que sumar una larga lista de delegados titulares nacionales, compuesta por lo más granado de la academia, la investigación, la creación literaria y la crítica de nuestro país, en la que destacan nombres como Freddy Gatón Arce, Máximo Avilés Blonda, Víctor Villegas, Pedro Peix, Manuel Matos Moquete, Diógenes Céspedes, Bruno Rosario Candelier, Rafael Núñez Cedeño, Manuel Núñez, entre otros. Y en este racimo, una retahíla de entonces jovenzuelos que pasarían, en su mayoría, a conformar lo que hoy se conoce como Generación de los 80 en nuestra literatura.

Además de un prólogo enjundioso, de Mateo Morrison, hacedor del volumen, que organiza un contexto preciso, el libro se compone de tres partes, reunidas en más de 460 páginas, que simplemente enunciaré, porque entrar en su urdimbre y en su significado sobre el análisis de la obra y la dimensión poética y política de Pablo Neruda, podría implicar un tiempo demasiado extenso de exposición. 

La primera parte se nutre de las ponencias magistrales entre las que subrayaría la de Alberto Baeza Flores, por su enorme fuerza testimonial; la de Roberto Juarroz, que establece un fértil paralelo entre las obras de Quevedo y Neruda, sin obviar la relación, por ejemplo, entre García Lorca y Góngora, y la de la puertorriqueña Edna Coll, que retrata al eterno Neruda, el de la poesía de amor. La segunda parte también reúne ponencias destacadas sobre tópicos concernientes a la estética literaria en general, como también a la pertinencia telúrica, amorosa y sociopolítica de la poesía del autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Residencia en la Tierra y del Canto general, pudiendo mencionar las del maestro Manuel Rueda, también cargada de un particular y simbólico testimonio; de Manuel Matos Moquete, Bruno Rosario Candelier, Emelda Ramos, Enrique Eusebio y Abelardo Vicioso, entre otros. En esta sección también figuran las entrevistas de Hullebroeck, así como la valoración de las dimensiones humana, política y poética de Neruda por parte de connotadas personalidades de las letras de Hispanoamérica como Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias y Carlos Fuentes. Aquí se compilan también el discurso de Neruda de 1971 ante la Academia Sueca al momento de recibir el Premio Nobel de Literatura y una breve antología poética del autor chileno, especialmente, de su poesía social. La tercera y última parte es la que bien podríamos llamar, con mayor propiedad, documental, porque reúne actas, discursos, sesiones de trabajo y declaratorias del Congreso Nacional en torno a la celebración en nuestro país del Encuentro Internacional de Escritores Pablo Neruda, además de un poema que para la ocasión escribiera y leyera el propio Mateo Morrison. 

Se trata, pues, en términos editoriales, de una labor ciclópea, que atiene a nuestra modernidad literaria y cultural. Una auténtica labor de arqueología literaria, que marca un hito en la bibliografía de nuestra literatura.

Cuatro décadas después, este libro vuelve a homenajear al poeta que encarnó en sus versos las glorias y las miserias de su propio tiempo, al poeta que quiso venir, pero se lo impidieron las torvas de la ideología y la mediocridad, a la República Dominicana, cuyas ansias de libertad celebra en su “Versainograma a Santo Domingo” del Canto general. Un poeta cuya cosmovisión tuvo por centro la humanidad y por bandera toda América, más la herida de la Guerra Civil española. Una poesía articulada con la proverbial fuerza de nuestra lengua, con Cervantes, Quevedo, Darío y Gabriela Mistral, y el concreto y diverso acento de nuestras culturas mestizas, en constante proceso de construcción identitaria, pero poesía tejida vocablo a vocablo, metáfora a metáfora, adjetivo por adjetivo con la sutileza y la paciencia de un orfebre de filigranas. En su lenguaje poético vibran la profundidad y belleza de la tierra y los estertores del alma. 

Juan Carlos Mieses, Soledad Alvarez y Mateo Morrison, tres poetas galardonados con el Premio Nacional de Literatura
Mateo Morrison firmando un ejemplar del libro Pablo Neruda y la República Dominicana.

De ahí que confesara que “la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la acción, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la Naturaleza” (p.358). “Cada uno de mis versos”, precisó en su discurso de agradecimiento en la Academia Sueca, “quiso instalarse como un objeto palpable, cada uno de mis poemas pretendió́ ser un instrumento útil de trabajo, cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signo de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madero en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos” (p.362). 

Esos nuevos signos resuenan hoy, cargados de presencia, cuando se tiene el gusto de releer a Neruda como una voz señera de la poesía de habla hispana. O bien, escuchar de su propia voz queda, quejumbrosa, casi asmática y grave, cuando dice el poema de su juvenil libro Crepusculario (1923) titulado “Maestranzas de noche”, un poema inmenso, escrito por un joven de 19 años, que reza, lo diré con mi voz y con ello termino:

Hierro negro que duerme, fierro negro que gime
por cada poro un grito de desconsolación. Las cenizas ardidas sobre la tierra triste, 
los caldos en que el bronce derritió su dolor. Aves de qué lejano país desventurado 
graznaron en la noche dolorosa y sin fin? Y el grito se me crispa como un nervio enroscado
o como la cuerda rota de un violín. Cada máquina tiene una pupila abierta
para mirarme a mí. En las paredes cuelgan las interrogaciones, 
florece en las bigornias el alma de los bronces
y hay un temblor de pasos en los cuartos desiertos. Y entre la noche negra —desesperadas—- corren
y sollozan las almas de los obreros muertos.

Gracias, Mateo Morrison, por este necesario rescate documental, que se convierte hoy en un libro ineludible. Muchas gracias a todos ustedes por la atención prestada.

(Bar Juan Lockward del Teatro Nacional, Santo Domingo, D.N., 12 de febrero de 2024).

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José Mármol es Premio Nacional de Literatura 2013. Autor de Yo, la isla dividida (Visor, 2019).

En portada: Mateo Morrison junto a Plinio Chahín, Carmen Sánchez, José Mármol y César Zapata.