“Todos los medios son prolongaciones de alguna facultad humana, ya sea psíquica o física”

Marshall McLuhan

En el año 2020, un editor me pidió que escribiera para una publicación colectiva. Yo le presenté el trabajo y él me solicitó que lo extendiera. Sucede que estaba con muchas obligaciones, de modo que, en ese momento, reticente en seguir elaborando el texto, mi hija, una joven inmersa en las nuevas tecnologías, me invita a hacer la prueba con el chat GP3. Así coloqué el texto y le indiqué que siguiera mi voz alargando y profundizando la ficción. Los resultados fueron absolutamente sorprendentes. Cambié algunos signos de puntuación. El resto, quedaba. Le envié el texto al editor, él, rápidamente me escribió diciéndome que le fascinaba el escrito, que le recordaba al estilo corrosivo de Gombrowicz. Cuando le conté el origen del relato, perplejo, dijo que lo publicaría.

Más tarde, probé con las opciones de la inteligencia artificial para audio. Subí unas grabaciones mías en castellano y le pedí al chat que las tradujera al inglés y las leyera. Imitando los tonos de mi pronunciación, surgió una sonoridad que replicaba la resonancia de mis tonos. 

Los efectos de los usos que puedan hacerse de la inteligencia artificial son inconmensurables. Aún no hemos advertido los cambios que puede generar porque, en definitiva, todavía no sabemos utilizarlo o lo hacemos con mucho pudor frente a un elemento que, si bien tiene alcance masivo, sólo parecería que fuese del campo de los jóvenes. Como si pensáramos que el alcance de este instrumento es sólo para evitar algún atajo, sólo para asistir en alguna tarea de registro o de clasificación o de archivo. Sin embargo, dado un “formato de escritura” la máquina copia ese modelo. Aquello que Benjamin estudiaba acerca de la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y que centraba en la fotografía y en los desvíos que tenía la pintura hacia la ilustración saliéndose de su originalidad, ha desembocado también en la letra. De modo que, visto así, podríamos decir que la IA es una fase más de una serie de desarrollos (y no le doy a esta palabra ningún carácter valorativo) tecnológicos. No es un punto de llegada ni de partida, sino un eslabón en la revolución técnica.

“Somos testigos, colaboradores y víctimas de una revolución cultural cuyo campo de acción apenas adivinamos” escribía Flusser, en relación a la sublevación tecnológica. Y, como toda revuelta, la acción no se encauza en un solo foco. Aquello que constituía soberanía, ciudadanía, alrededor de las herederas de la polis, las ciudades modernas, se están replegando como lugar de construcción de poder. La representación y, con ella, la autoridad soberana han caído. Si hablamos de autoridad, nuestro análisis arrastra a la figura de autor. Los derechos de autor no son más que la expresión de una propiedad. Esa facultad de gozar y disponer de una cosa (la cosa escrita) con exclusión del ajeno arbitrio y de reclamar su devolución cuando se encuentra indebidamente en poder de otro. Cosa que es objeto de dominio. La fabricación del libro trajo el diseño factual y jurídico de la figura de autor. Sin embargo, los libros han advenido en objetos producidos por la técnica y reproducidos industrialmente con una pobre fenomenicidad, pobre en ritualidad. 

La anunciada muerte del autor, referida por Barthes o proclamada por Foucault bajo la pregunta ¿qué es un autor? se resume en ese axioma que reza: “el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”. Estamos en presencia de una tensión por hacer vivir al autor, darle una sobrevida cuando no sólo el lector no se encuentra en ningún sitio, sino cuando este tiempo no logra darle al lector un verdadero nacimiento.

La sociedad cibernética, hija de la sociedad telemática, desdice la noción lineal de tiempo y espacio con el que contábamos en siglos anteriores. Todo está aquí ahora, sin importar cuándo o dónde haya sucedido. La creación o invención en términos del aura, de la inspiración individual se está agotando. La imagen a seguir será la de la irradiación. La pregunta por el dueño resultará inapropiada; la cuestión no es quién posee sino quién agota su programa.

Toda insurrección genera una emergencia, emergencia que termina siendo política, económica, sanitaria, estética, en fin, ética.

Tendemos a pensar que la tecnología en la que nos conformamos existió desde siempre y no podemos pensar su declive. En tiempos socráticos, Platón desestimaba la escritura. La escuela peripatética de Atenas fundaba su enseñanza en el diálogo. La imprenta llegó para hacer del libro el lugar privilegiado del tránsito de ideas. Los escribas vieron su labor en merma y quedaron sólo para la clausura en los monasterios, su lugar frente al poder político y religioso se vio absolutamente desplazado. Ese momento bisagra de la cultura libresca se ve hoy puesto en crítica. No se trata de que se quiera o no sumarse al uso de la IA. Se trata de que una nueva práctica esté arrinconando los modos tradicionales. 

Si un cuerpo biológico desde el concepto de autopercepción puede ser modificado, ficcionalizado artificialmente, convertido en un artefacto. ¿Cómo no se podrá seguir el mismo destino con un cuerpo textual? ¿Cuál es el original? ¿Cómo nació? ¿Quién lo concibió? ¿Cómo se generó? Serán preguntas superfluas. 

Algunos científicos y empresarios han anunciado la necesidad de limitar el uso de la IA. Esta posición no comprende la esencia y fundamentos de una norma, el modo que una regulación no puede desdecir una realidad. Pongamos por caso, según la teoría trialista del derecho, toda ley es un reparto de potencia e impotencia. La norma se promulga para distribuir en justicia los efectos de las relaciones que surgen entre las cosas (materiales o inmateriales), entre las personas, o entre las cosas y las personas. Haciendo, además, la salvedad de los derechos no humanos de los animales. Frente a un conflicto de intereses, la ley intenta zanjar las diferencias con el fin de una buena convivencia. Ahora bien, la regulación no implica necesariamente limitación. 

No creo que funcione la posición prohibitiva de la ley toda vez que el “adelanto” tecnológico ha tenido lugar. Ese adelanto, como la palabra lo indica, se sitúa un paso más allá del tránsito cotidiano de saberes y de haceres. Ese adelanto es una acción que empuja hacia más adelante. Decía, anteriormente, que la sociedad cibernética es hija de la sociedad telemática. El mundo cyborg fue gestándose a partir de concepciones graduales. Una prótesis es un artefacto cyborg. Un scanner, de uso médico o militar, es un medio de diagnóstico por imágenes que provoca una serie de efectos (medicalización o rearme). 

En cuanto a preguntarnos acerca del original, cuestión tan cara para la cultura en Occidente, tendríamos que pensar antes o, también, en el tema de la clonación. Ese proceso utilizado para crear una réplica genética exacta de otra célula, tejido u organismo. Ese material copiado se denomina clon. El más famoso fue el de la oveja escocesa Dolly, no pudiéndose confirmar de modo fehaciente la experimentación con embriones humanos, aunque se han realizado manipulaciones desde el año 2001. 

Los intelectuales del mundo han firmado una carta expresando sus preocupaciones por el afianzamiento de las instituciones para hacer frente a las dramáticas perturbaciones económicas y políticas que provocaría la IA. Sin embargo, habría que recordar que el farmacopoder ha instalado modos de consumo desde la Segunda Guerra Mundial donde la celda o el control se realiza desde el propio cuerpo modificado bioquímicamente. 

Ahora bien, en la instancia del capitalismo informacional o tecnológico la reproducción para el consumo se realiza a través de un algoritmo que funciona desde elementos que llegan a ser protésicos. El celular como extensión del brazo, la inserción del chip como construcción del cuerpo cibernético. De todos modos, ese capitalismo que “usa” los datos y que alienta al consumo no es exterior al hombre. No es un sistema ajeno, sino que es la forma vital de nuestro tiempo. Nosotros somos el capitalismo informacional porque nosotros somos información, damos y recibimos datos. 

La inteligencia artificial, como si fuera nombre y apellido, es un modo de nombrar. Es como si expresáramos: “el sentimiento ficcionalizado”. La frase no habla del sujeto de la operación, sino del artefacto. Un escritor, por ejemplo, ficcionaliza el sentimiento y un ingeniero, hace inteligible el artificio del pensamiento. Tenemos esa idea generada por la ciencia ficción de robots autónomos. Pero eso es Frankenstein, otra ficción. Cuando hablamos de inteligencia artificial deberíamos pensar en la poética de un lenguaje en constante creación realizada por una comunidad de personas que yo llamaría: artistas. ¿Acaso la gente del arte no ha sido la creadora del sentimiento artificial? ¿Qué vértigo habrán producido las primeras representaciones de esas manos en las cavernas? Quizás estemos sintiendo el mismo torbellino. Estamos en la prehistoria del futuro.

En caso de la producción literaria, creo que a la sociedad no le interesará si el creador es un humano o un dispositivo. De hecho, la figura del autor/escritor hoy sólo se consolida sobre la gestión de la propia personalidad como obra. Las confesiones de la vida privada, las fotografías del escritor en escenas domésticas no hacen más que mudar el aura que se pretendía tuviera la obra a la figura del autor. 

Estamos en la prehistoria del futuro.

____

Ana Arzoumanian (Buenos Aires, 1962). Escritora, poeta y traductora descendiente de inmigrantes armenios, nieta de sobrevivientes del genocidio armenio. Es autora de diversos libros y profesora de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Tres de Febrero.