MICRORRELATOS

“Todo cuanto vemos a nuestro alrededor es producto de la imaginación”, afirmaba el filósofo, poco antes de ser despedazado por las ruedas del tren.

El hombre del bombín

Fue su sombrero, y no su raro aspecto personal, lo que despertó en mí esa oscura fascinación por el hombre bajo los árboles. Fumaba con la parsimonia de un Jedi. En el aire, el humo dibujaba figuras aladas, espectros diurnos con ojos de alquitrán. El pequeño agujero en su bombín de fieltro, a la altura de la frente, me produjo una especie de déja vu. Cuando escuché el disparo en la estación del metro, no tenía duda de la dirección que tomaría el proyectil. Ingresa, como si tuviera memoria, en el orificio del sombrero. Curiosamente el hombre no cae. Cuando me mira, desde la parquedad de sus lentes de pasta negra, su sombrero parece intacto; pero tengo la certeza de que en el próximo segundo, al otro lado de la calle, una detonación está por sonar.

Esta acuarela, y la de portada, es creación del pintor Hilario Olivo.

El violinista

Desde tiempos remotos, en lo más profundo de nuestra cultura está arraigada la percepción de lo humano como atadura de lo sobrenatural. Esto ha determinado que nuestra existencia esté gobernada por dualidades, sobre todo la del bien y el mal, encarnada, en la mayoría de las religiones, por dos entidades antagónicas: Dios y el Diablo. Según esta tradición, de tiempo en tiempo, Lucifer, procurando arrebatarle al Todopoderoso una de sus preciadas criaturas hace creer al hombre que lo ha dotado de cualidades especiales. Es así como cada época aparece un ser excepcional, un virtuoso que descuella con la luz de un astro en el mundo del arte o de las ciencias. Particularmente, no ha sido extraña la frecuentación entre los demonios y los artistas. El Violinista era uno de esos casos. Escucharlo tocar encantaba el alma. No había mortal que no sucumbiera a su hechizo. Ese talento inusual, mostrado desde niño, hizo que la gente lo viera como un discípulo del padre de las tinieblas. Nadie sospechaba, sin embargo, que era el violín el virtuoso, no el hombre. Este era solo su instrumento. Lo eligió aquella tarde, desde su oscuro rincón en la tienda de antigüedades. A través de los siglos, interminablemente soñaba el violín, en su descabalado estuche de cuero, con las manos que le devolvieran la vida. Hoy, en perpetua agonía, mientras camina por el valle de las sombras, solo anhela, el violinista, ser condenado al averno, donde puedan sus dedos acariciar una vez más la fina madera de su siniestro Stradivarius.

Navaja de Ockham


Desde que era muy chico, mi padre me ensenó a vivir bajo el principio de la Navaja de Ockham: “Si escuchas cascos sobre el adoquinado, piensa en caballos, no en unicornios”. Solo que esta vez no eran llamaradas de una fuga de gas; finalmente habían llegado los dragones.

Marco Bruto


Al caminar por la plaza choqué con la fría mirada del busto de César; tuve miedo: sentí que me reconocía.

Recordando a Franz II


Mi madre llora inconsolable al ver aplastada esa cucaracha bajo la suela de su zapato. No ha habido forma de explicarle que no se trata de su abuelo Gregorio Samsa.

Las garras del diablo


Cada madrugada, despierto horrorizado recreando el mismo sueño: mi esposa es desgarrada por un demonio de afiladas uñas de metal. Al tentar en la cama, mi compañera duerme plácidamente a mi lado. Espantada, me acaricia la cara y me tranquiliza con un: “Vuelve a dormir querido, es solo una pesadilla”.
Hoy tuve nuevamente el mismo sueño; pero esta vez no es la mano de mi mujer la que me recorre el cuello.

Pedro Paulino es narrador, poeta y docente universitario.