Muchos de los libros que me han acompañado en el transcurso de la vida llegaron a mis manos de manos de los amigos. La mayoría en los años radiantes de la juventud, cuando la literatura era un infinito por descubrir y compartir, promesa y designio al que nos lanzamos con pasión. Era la dicha.

Ha pasado un largo tiempo desde los primeros encuentros entrañables con los libros. Y si tras distintas estaciones, sin atender a metodologías, he buscado acercarme a la comprensión délfica, lezamiana, de la literatura, a su naturaleza sagrada y poética, paradójicamente cada vez es menos frecuente la estocada lenta y amorosa en el alma del libro: la revelación. Acaso algo hemos perdido en el camino.

Y de repente, hace unos meses la magia de la amistad cómplice: a causa de un amigo otros amigos pusieron en mis manos un voluminoso tomo de casi 900 páginas, edición bien cuidada de Siruela de la narrativa breve completa de Antonio Pereira: Todos los cuentos (2022). No conocía al autor. Más aún: nunca había oído sobre él. El hecho revela el desconocimiento que, a causa de los compartimentos estancos determinados por el mercado y por otras razones extraliterarias, aún persiste en la literatura escrita en español a ambos lados del Atlántico.

El prólogo del libro, a cargo de Antonio Gamoneda, el poeta “del pensamiento impensado”, amigo cercano de Pereira y como él vecino de León, augura la experiencia iniciática, de conocimiento de lo esencial que emprenderemos desde las humildes realidades humanas que Pereira nos cuenta en el libro con la sencillez y la intensidad del narrador oral, vidas y situaciones que ha interiorizado y hecho suyas en la empatía, unión con el otro. Identificación del autor con el mundo creado y sus criaturas, a la que se agrega el predominio de la primera persona y las vivencias autobiográficas confundidas con la ficción –frecuente la conversión del autor en narrador y personaje–, que contribuyen a establecer un ámbito de cercanía con el lector. La complicidad, propósito de primera importancia para Pereira, nos hace sentir viva la presencia del autor de Villafranca del Bierzo a lo largo de toda la lectura. Más que imaginarlo, lo vemos sentado cerca de nosotros: caballero de gesto amable, mirada penetrante, sonrisa irónica y gozosa. Nos habla de su pueblo, y con él nos trasladamos al bar, a la plaza, a los lugares de encuentro y tertulias, como la tienda de Paco Santín, a la que regresa Arsenio Quilós para descubrir los estragos de la modernización en su villa natal; y se lamenta, igual que don Ventura cuando encuentra vacío el pequeño bar donde se enseñoreaba por sus inagotables conocimientos, al que ya no iban los parroquianos porque preferían la cafetería nueva del ridículo nombre “el Miami”; lo acompañamos al casino donde Manolito Cañibano no permitió bromas con su honor; y después de recorrer en aquella “tierra de sol” kilómetros que “cambian los pensamientos”, vivimos el vuelco de la muerte a la vida cuando el delegado, que había un visto un accidente mortal en la carretera, va a informarlo al cuartel de Villalazán, y allí le piden llevar hasta el próximo pueblo a una bella mujer, un “cuerpo aperitivo y joven, una firmísima proclamación de vida empujando hacia el horizonte”.

Los recuerdos de provincia caracterizan los primeros libros de Pereira, pero

a partir de su tercer libro, Los brazos de la i griega (1982), y en particular desde El síndrome de Estocolmo (1988) el espacio narrativo se amplía y ya no estamos en el noroeste de la península ibérica sino en lugares lejanos: Moscú, Buenos Aires, Río de Janeiro, Estrasburgo, Finlandia, Portugal, exóticos como Tanger y Nepal. Y República Dominicana. Sí, la avidez por la vida y la búsqueda del prójimo que habita en la aldea universal lleva a un estudioso del folklore, que identificamos con Pereira, al Cibao, tierra adentro que prefirió a los yates y a la playa. De paso por Santiago se extasía escuchando los pregones, y después, en el camino de Monte Cristi llega a Encomienda, “un valle escondido que apenas nadie visita”, donde se establece por unas semanas. La mirada perspicaz del estudioso de las tradiciones y las relaciones sociales muy pronto cede el paso a la indeclinable empatía hacia los más humildes. El tono autobiográfico de los relatos, y que algunos se desarrollen en aeropuertos, aviones y carreteras, sugiere que el narrador ha cambiado la provincia por el cosmopolitismo del viajero que en su andar por el mundo reconoce el ser humano sin categorías artificiales.  Hombres y mujeres de todas las razas, iguales, aunque no idénticos.

Los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana le merecen a Pereira la mayor atención. Pero puede haber un desvío en lo ordinario –no la quiebra, la irrupción de lo fantástico de Cortázar–, y la caminata de una pareja de turistas en Puerto Rico hacia su hotel, después de visitar a la escritora Nilita Vientós Gastón, es interrumpida por un secuestro que trastorna el rol de pareja y provoca el síndrome de Estocolmo en la mujer; en la frontera de Jordania un viajero es detenido porque el controlador mantiene, irrazonablemente, que viene desde un lugar que no existe; y en Nepal, en el templo Daksin Kali, en “el turbión de colores y sonidos que era el santuario”, cuando solo faltaban unos pasos para completar el círculo que debe recorrer el peregrino devoto, el encuentro sorpresivo con el misterio.

En la evolución de Pereira hay también una breve incursión en la literatura experimental, y a partir de los libros publicados en la década de los ochenta además del talante más intelectual, una literaturización: literatura dentro de la literatura en relatos relacionados con el tema literario y los escritores, sobre todo poetas, ya sea como personajes, ingrediente de la acción o en las frecuentes menciones a poetas y escritores reales. Además de Nilita Vientós Gastón, las referencias a Pessoa, Yannis Ritsos, Carpentier, Rilke, Goethe, Camilo José Cela,  y Lêdo Ivo, en una historia sobre la visita de Pereira al famoso poeta brasileño; otro encuentro poético, esta vez en Buenos Aires, con “otro” Borges que cita los famosos versos del “Poema de los dones”: “Nadie rebaje a lágrimas o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche”. En “Truman Capote cuenta un cuento”, el novelista norteamericano, constituido en narrador, relata el descubrimiento deslumbrante de una iglesia olvidada en el centro de Moscú. En estos relatos, en el humor y la ironía subyace una comprensión tierna hacia la sensibilidad de los escritores, en el caso de “Teoría y práctica de las islas” hacia la neurosis del poeta Longinos Cervera.

El contador de historias de la vida y la cotidianidad, del amor y el erotismo –erotismo diocesano, se ha dicho– que encanta por el despliegue memorioso y a la vez imaginativo de los acontecimientos, es también el poeta que nos recuerda “la voz del hombre que está dormido en el fondo de cada hombre”. Para Gamoneda, en los textos narrativos Pereira es poeta por la capacidad de interiorización, de conversión de algo o alguien en sustancia propia, intelectual, sensible, emocional. “Y porque eres poeta, escribes una prodigiosa narrativa breve” concluye en la carta que sirve de prólogo a Todos los cuentos. La dualidad enriquece el universo creativo y la escritura no solo por la utilización del lenguaje figurado y los recursos poéticos, por el manejo diestro del ritmo, la economía y precisión en el uso de la palabra, sino también por el lirismo y la poetización en la entraña misma de la narración, sin contar que hay cuentos que son poemas en sí mismos. Como los muy breves: el construido alrededor del espléndido verso “Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos” y “La violinista”. Otro, extenso, “El ingeniero Balboa”: canto de amor de un poeta enfermo de gravedad a Lena, definida con el ingenio que caracteriza a Pereira “tan viuda y aparte”. La poesía agrega profundidad emocional, belleza, temblor. Y el silencio, tan presente en Pereira: espacio semántico donde lo que no se dice cobra tanto o más sentido que lo que se dice. Silencio en la elipsis narrativa y en los frecuentes finales ambiguos.  Silencio para escuchar el alma, para la reflexión y la comunicación más profunda. En “Palabras, palabras para una rusa”, uno de sus cuentos de antología, una pareja baila –un turista y una rusa– y a pesar de la barrera idiomática, en silencio, solo por la presión de las manos y la poesía establecen una comunicación tan íntima que ella exclama “No, no, basta ya, por favor, usted y yo hemos ido demasiado lejos”.

En el año 2000, ocho años antes de morir, Pereira publica Cuentos de la Cábila. Después de recorrer el mundo, con el conocimiento del arte narrativo perfeccionado hasta la maestría, el escritor regresa a Villafranca, a la memoria que le define, y recrea lugares, personajes y vivencias del modesto barrio de su pueblo natal. El reencuentro con el muchacho que fue en los años de la República y el inicio de la guerra da lugar a relatos conmovedores en los que combina, con sencillez y humor, vivencias, reflexiones y poesía.

Todos los cuentos, de Antonio Pereira, me devolvió al puro goce de la literatura, del lenguaje que encandila, apacigua y fluye, simbólico, desde la ruralía hasta la prosa conversacional a ratos elusiva, depurada hasta la obsesión, de matices y excepcional delicadeza.  La experiencia de la alteridad en Pereira, de vivir la vida de los otros, de ser uno con sus dolores, alegrías y frustraciones, su crítica a los poderosos y su compromiso con la libertad y la redención de los más humildes, hacen de él un autor que –como decía Calvino de los clásicos, los antiguos y modernos–, tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo. Y es que en la inmisericordia que nos ha tocado vivir, el poeta narrador de Villafranca del Bierzo nos habla de dignidad, decencia, compasión, de las verdades imperecederas que nos definen humanos.

Pereira dijo alguna vez que la poesía es una tregua de consolación. Y qué más puede pedir un lector después de años de vida y de lecturas que encontrar un autor cuya poesía y narrativa sean tregua y consolación en el camino de los sueños todavía incumplidos, y que nos recuerde, como el poeta de Temuco en Estocolmo, que “solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará justicia, y dignidad a todos los hombres”.

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Soledad Álvarez (1950), poeta y ensayista dominicana, Premio Nacional de Literatura 2022. Autora, entre otros, de Autobiografía en el agua (2015) y Después de tanto arder (XXII Premio Casa de América de poesía americana).