Ahora sé que es un crimen de lesa poesíaexprimirle a la almendra del verbo su licor
y entregarlo a los indiferentes.
Refiriéndose a la discusión sobre cómo sacudir la lógica convencional que reduce la realidad a lo previsible, María Zambrano afirmó una vez que no se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero. En efecto, como construcción en la que con demasiada frecuencia la verdad aparece tergiversada por los poderes, desde el origen de los tiempos la realidad fue confrontada por el hombre armado de la razón y las emociones; lo hizo a través del arte y la literatura, construyendo paralelismos en los que se contrastaba lo vivido contra lo posible empero aún no alcanzado. Así, siempre se trató de derrocar toda suerte de enfermizas realidades a fin de que los sueños, lo ficticio, nos llevasen a una mejor comprensión del entorno, y, con ello nos encaminásemos hacia la construcción de la justicia.
Acaso será esta la aventura literaria de Antonio Pereira ―señero fabulador de realidades― un fragmento de la cual ha sido plasmado en las páginas de Sesenta y cuatro caballos para el disfrute del interesado en atisbar la cimera trayectoria del leonés. En los catorce cuentos y cuarenta y tres poemas que conforman este hermoso volumen el lector será partícipe de todo lo sentido por el autor en microrrelatos, versos y cuentos que no son más que diáfanos diálogos con su memoria personal. Conversaciones con tías y abuelas llamadas Obdulia o Társila; con la Madre, el obispo, o el propio escritor en el cénit de su epopeya existencial despojado ya de todo temor como cuando sentencia Osar morir da la vida.
Los personajes re(inventados) por Pereira habitan los territorios de lo presumiblemente nimio, la sencillez de los rincones hogareños y las esquinas de viejas calles pueblerinas; la memoria oral de recitadores de feria y contadores a domicilio; las raíces del mapa de su tierra y el alma de su suelo plasmadas en historias que parten de lo pedestre para alcanzar lo trascendente. Es decir, para asir lo verdaderamente humano: Soy de una tierra fría, pero hermosa./ Aquí la nieve, la esperanza helada/ de que se alumbre cada madrugada/ el destino difícil de la rosa./(…) Yo, con vosotros. Dando cada día/ testimonio de cómo entre los hielos/ abre el amor sus minas imborrables. Hay, en definitiva, en estos escritos un irrefutable empoderamiento de la naturaleza otorgado por la palabra hecha verso a manos de la geografía: Si un día el sol tan grande amaneciera/ que iluminase el monte al otro lado,/ y vosotros los ojos atrevieseis/ muchas leguas al Este,/ o si la eterna nieve derribara/ el monte con su peso encanecido/ como se entrega un corazón que cae/ cuando le sobran los inviernos:/ ¡Creed en mi palabra! …
En Pereira, aquella gesta de intentar palpar todo lo humano trascenderá continentes para alcanzar dimensiones globales en un tiempo donde su país natal echaba hombres y mujeres rechazados por sus ideas y también por su pobreza; tal universalidad del pensamiento del poeta narrador se hace evidente en pasajes ilustrativos del drama epocal ya sea en Puerto Rico, en Nepal o en Rusia. “Palabras, palabras para una rusa” es el introito que anticipa las sacudidas al corazón del lector impresas en páginas subsecuentes; en ellas, asistimos a una recia ilustración del poder metafórico del lenguaje a manos de la poesía. Semejante desafío es evidenciado en una escena acontecida entre una imposible pareja que, incomunicada por idiomas dispares, alcanza el clímax de la pasión apenas con la mirada o la caricia de una mano durante los brevísimos minutos en que bailan una danza:
Entonces la conduje hacia la pista, tan llena que apenas podía verse el mármol suntuoso sobre el que bailaban las parejas. (…) Podía mirarla cara a cara, pero la rusa, entonces, sentía una curiosidad urgente por las otras gentes o por las lámparas o lo que fuera, con tal de no tropezarse con mis ojos. (…) Le hablaba despacio. Le hablaba reclaro. Ella enseñaba una sonrisa cobarde y ladeada, y con un movimiento de la cabeza negaba toda posibilidad de entenderme. (…) Yo le enseñé a que nos comunicáramos con la presión solapada de las manos, y me alegré… Con la lucidez de un viejo sátiro que experimentara sobre una doncella llegué a advertir que mi pareja me clavaba sus uñas afiladas al caer de los versos pares, allí donde el acento hace agudas como lanzas a las palabras. (…) Entonces rompió su silencio de palabras y yo escuché la súplica que me sonó como un grito, aunque ella lo dijera como un susurro para mí solo: ―Niet, niet. “No, no, basta ya, por favor, usted y yo hemos ido demasiado lejos”.
La poesía desgarrada de Antonio Pereira, por su parte, aparece en esta antología como testimonio y homenaje a los Lorca, los André Malraux y los Gamoneda, inmortales que habrán de entregar lo mejor de sí en tiempos oscuros donde la crueldad y la desazón sólo podían contrastarse con quienes, como ellos, apostaban a lo mejor de nosotros empuñando la fortaleza de los versos y la sempiterna luminosidad regalada por el quehacer poético. El también Premio Castilla y León de las Letras vivió en su momento los vaivenes políticos que habían dado al traste con La República cuando apenas contaba con 16 años, sin embargo, lo experimentado durante ese turbio periodo de la postguerra española se mantuvo palpable a través de ulteriores trabajos suyos tal como ilustran los poemas incluidos en este libro.
La muerte, materia recurrente en la obra de Pereira, aparece representada en sus creaciones no solo como la trágica consecuencia de la execrable maldad ejercida contra el prójimo o como natural desenlace de la biología, sino sobre todo como acto liberador de las mordazas que nos enmudecen ante la desesperanza. Un homenaje a las muertes que alimentarán la vida, tal cual reza el poema “Hoy vine a levantar las aldabillas”: No es que entrara la luz, es que salía/ la oscuridad que tú nunca has querido,/ los negros algodones con que el celo/ amante da mordazas a sus muertos./ Ahora puedes hablar, podemos, madre,/ hablar y hasta cantar… Sacudir el vivir, hoy y siempre, será, pues, propósito sagrado de la palabra, y los textos que conforman Sesenta y cuatro caballos así lo confirman.
Santo Domingo, febrero 2026.
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Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024. Autor de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid 2025).