Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.Antonio Pereira
La escritura de Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923 – León, 2009) es, a la vez, intimista, porque ahonda en las dimensiones de su propio yo y su trayectoria existencial, y colectiva, porque el sustrato de su lenguaje y los referentes a los que acude para su decorado metafórico provienen de la tradición de su pueblo y la sabiduría oral de su prójimo. No por casualidad, en su emblemático poema “El pequeño tren”, además de ser de Monforte el maquinista, el fogonero y el revisor, “Genaro es el cartero y es del Bierzo” (Antonio Pereira. Todos los poemas, Siruela, Madrid, 2022, p.72). El artífice de la palabra es, pues, al mismo tiempo, hacedor e instrumento del lenguaje, y su poesía, también lo veremos en su narrativa breve, se percibe como el árbol fuerte y maderable, que mientras más profundiza sus raíces en la tierra, más se elevan sus ramas hacia el cielo. El propio autor confiesa que la poesía es consolación, porque, “más que conocimiento o comunicación, es para mí una tregua de consolación, algo que encaja en aquel concepto de Gómez de la Serna cuando habla de un hiperespacio que Dios nos concede para que no sean tan sórdidas las ocho de la noche” (Ibid., p.374). En este caso, consolación en Pereira equivale a comunión en Octavio Paz, porque, de acuerdo con el Premio Nobel 1990 mexicano, en su ensayo de 1943 titulado Poesía de soledad y poesía de comunión, el ámbito poético, en tanto que acto de comunión, genera la superación subjetiva de la soledad, porque el lenguaje, que deviene simbólico y social por naturaleza, asume el poder de conectar la individualidad con la universalidad, de establecer un puente que acerca lo humano con su entorno natural.
Para que llegue a consolar, a ser tregua de consolación, la poesía debe expresarse en un lenguaje sencillo, emotivo, auténtico e indefectiblemente encadenado a una intrínseca unidad entre la obra y la vida, entre escritura y vivencia, aunque todo ello se trasunte y cedacee, como constructo de lenguaje, en la caldera hirviente de la pasión, el pensamiento y la imaginación. De ahí el llamado radical del autor de El regreso (1964), cuando en el poema “Poética” de su libro Una tarde a las ocho (1995) nos clama: Ahora sé que es un crimen de lesa poesía / exprimirle a la almendra del verbo su licor / y entregarlo a los indiferentes. / Oh, tú, poeta pródigo, / malgastador de lo que solo es tuyo / durante un breve relajo de los dioses. / Retén el aire en el pulmón florido / hasta la hora en que tu canto sea / disculpado por la necesidad, / no vayas a jurar el verso en vano (Todos los poemas, p.314). Un poema hurga, desde su propia urdimbre simbólica, en la condición del otro como álter ego del creador. La experiencia de la lectura resulta, pues, una batalla entre la estrategia del poeta y la expectativa del lector. Una batalla en la que la consolación, como equivalente del acto de comunión, tiene lugar en la tregua del sentido, en la aquiescencia de la significación. Porque un poema, aunque “no tiene que llamarse nada”, evocaría, en todo caso, para su denominación, la local y universal, la personal y colectiva “inocencia del poeta” (Ibid., p.153).
Desde la inocencia infantil y el rezago, con la guerra civil del 36 como viacrucis de la nación española y derrota de sus ideales republicanos y democráticos, Antonio Pereira adivina, desde el estrépito de la palabra hecha memoria, que la pobreza tiene un olor característico, a veces a miel o leche, a veces a bestia o a hombre, cuando no, es que se va volviendo lúdica la presencia de la música “que hace el aire bailando por las ramas” (Del monte y los caminos, 1966, Ibid., p.141). De esta forma se diluye, por efecto del lenguaje, la subjetividad del poeta en la comunidad con la que comparte el sistema de símbolos, quedando definido el enlace entre la obra y la vida. Y desde su primer poemario denominado El regreso (1964), nuestro poeta instala su acepción del poema como afirmación del ser, como vivencia de lo humano y de este como criatura de un territorio y una lengua. Así, en el poema que da título al volumen, canta. “Yo soy el hombre, y esos horizontes / que se avecinan son mis heredades” (p.56). La vivencia misma como sustrato de lo que desvelan las palabras. No por casualidad, y aquí adelanto un guiño de su abundante y singular narrativa breve, el personaje desquiciado del hospital psiquiátrico en el cuento titulado “Bradomín” (Todos los cuentos, Siruela, Madrid, 2022, pp.891-892), el Marqués de Bradomín, así se hace llamar, es “el único libro” que le consolaba al narrador omnisciente, es decir, a Pereira, entre aquellas cuatro paredes blancas. Un hombre igual a un libro, como en la ensoñación invertida de Walt Whitman.
La inclinación ética de la escritura de Pereira, que nos induce a hacer del otro, como en Emmanuel Levinas, el objeto ulterior de nuestra responsabilidad, independientemente de la reciprocidad o no que pueda devolvernos el álter ego, y aunque nos vaya la vida en ello, hace de ese otro, ese tú, el condicionante indispensable para que pueda existir un yo, como en la dialogicidad de Martin Buber. Se trata del tú como presencia absoluta que integra al yo, más allá de la objetualidad que persiste en la relación yo-ello. Por ello, y con sobrada razón, en el hermoso y enjundioso prólogo a Todos los poemas, de la autoría del gran poeta y grabador, también leonés, Juan Carlos Mestre, este resalta el inmenso valor de la voz coral de Antonio Pereira, desbordante de honestidad y solidaridad, como “voz ética de la delicadeza humana” (p.16). De ese jaez sus cantos a “Los míos”, “Los compañeros”, “Postal a Federico García Lorca”, “Memoria de Jean Moulin”, “Lo digo por Antonio de Lama”, “La protesta” y “Cautelas de la mirada”, dedicado a su gran amigo, el poeta brasileño Lêdo Ivo, entre otros.
Antonio Pereira, que hizo de lazarillo al gran maestro Jorge Luis Borges en su visita a Argentina, al cuestionar el desánimo de los editores españoles frente al género del relato (Oficio de mirar. Andanzas de un cuentista, 1970-2000, Pretextos, Valencia, 2019, p.183), entendía que el cuento se estimaba altamente en todo país culto, y que en Hispanoamérica se consideraba el género rey. Por ello lo cultivó ampliamente, pese a esa desatención de la industria editorial de su país.
Aunque para su entrañable amigo de más de cinco décadas Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, Pereira es, tangencialmente distinto a lo aducido por el crítico Ricardo Gullón, que acuña la expresión “ficción pereiriana”, un poeta y narrador lírico y, consecuentemente, realista, porque, según el autor del Libro del frío (1992), “la lírica es la narrativa, y, donde hay lírica no hay ficción, dado que la poesía es realidad por sí misma” (Antonio Pereira. Todos los cuentos, Siruela, Madrid, 2022, p.22), hay que convenir que, como narrador, Pereira se inscribe en una tradición oral de mucha firmeza, como lo es la tradición del filandón, ese arte de reunirse mujeres y hombres en torno al fuego de la cocina, para hacer labores domésticas, que derivó luego en la costumbre oral de contar cuentos en público. Las raíces de su lenguaje narrativo o poético viajaron a la hondura de esa y otras tradiciones de su pueblo, su gente y su historia. Si bien publicó primero libros de poesía, nuestro autor desarrolló, no obstante, una extensa obra de narrativa breve, que le ha consagrado como uno de los más relevantes y fecundos autores de cuentos y relatos de la literatura española del siglo XX.
Sobre esta simbiosis o hibridez entre poesía y narrativa, el propio Antonio Pereira confiesa que: “El cuento literario tiene mucha afinidad con el poema y, además, en mi poesía –soy devoto del Romancero– no es difícil encontrar ingredientes narrativos. Por otra parte, la disciplina del verso me proporcionó recursos impagables para el relato: economía verbal, renuncia a los meandros y digresiones, poder de sugerencia de las palabras” (Todos los poemas, p.378). Este aserto se evidencia sin apuros en su obra literaria.
Como artesano de la palabra y devoto de la noche, sobre todo, a las ocho, Pereira se inscribe en la perspectiva de Peter Handke (La tarde de un escritor, Alfaguara, Barcelona, 2019, p.112), según la cual, se escribe bajo el signo del relato y hay que dejar que las cosas existan, porque es la mejor forma de continuar con la elaboración del lenguaje, que es la más fugaz de las materias, porque en ella se deposita el aliento del propio autor. Y aunque reclama Pereira el relieve del fingidor propio de Fernando Pessoa en la figura del poeta, ni en su poesía ni en su prosa finge, a decir verdad; muy por el contrario, su ser en el mundo, como persona, está en el mundo simbólico del lenguaje creativo.
De la mano de la fundación que lleva su nombre, el destacado poeta, narrador y periodista leonés, humilde pecador que confiesa y canta, llega desde la capital del frío a las tibias aguas del Caribe insular dominicano, para, por medio del estudio y la difusión de su escritura creativa, estrechar los lazos de las tradiciones literarias de España y República Dominicana, luego de que su obra recalara, para deleite de los lectores, en México y Cuba. Quien haya embridado y paseado a lomos de la lectura con estos Sesenta y cuatro caballos de Antonio Pereira (Huerga & Fierro, Madrid, 2026), en modo alguno habrá quedado ileso del temblor que provoca la auténtica hermosura de lo esencialmente humano en la expresión estética. Porque la pretensión de diálogo implícita en su escritura lo reafirma como hombre simple de imaginación fecunda, artesano de la lengua, que se supo siempre oriundo “de una tierra fría, pero hermosa”, y solícito dador de un imperecedero testimonio acerca de cómo entre los hielos / abre el amor sus minas imborrables.
Santo Domingo, R.D.
2 de marzo de 2026
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José Mármol es Premio Nacional de Literatura 2013. Autor, entre muchos otros, de Yo, la isla dividida (Visor, Madrid, 2019) y Donde todo triste ruido hace su habitación. Poesía (1984-2019) (Visor, Madrid, 2026)