La publicación de Todos los poemas por la editorial Siruela en España –volumen que reúne la totalidad de la poesía de Antonio Pereira (1923-2009)– constituye no solo un gesto editorial de justicia, sino también una invitación a releer una obra cuya coherencia interna se despliega con mayor claridad cuando se contempla en conjunto. Este libro totalizador permite advertir cómo, desde El regreso (1964) hasta sus últimos poemarios, Pereira sostuvo una poética fundada en la oralidad, la ironía, la teatralidad conversacional y un profundo humanismo.
En el prólogo de esta edición, Juan Carlos Mestre subraya el carácter “oral y hospitalario” de la poesía de Pereira, destacando cómo su palabra parece dicha antes que escrita, pronunciada en el espacio compartido de la conversación. Mestre insiste en que la teatralidad de Pereira no es impostación, sino gesto de cercanía: el poema se vuelve escena donde comparecen la vida común, los amigos, los amantes, los muertos, los viajeros. La ironía –añade– funciona como una ética de la inteligencia: ilumina sin herir, revela sin humillar. Pereira no declama; conversa. No pontifica; comparte.
Esa oralidad es inseparable de su humanismo. La vida común, los “tibios desposeídos” –esos seres anónimos que habitan los márgenes– ocupan el centro de su poesía. Hay en Pereira una defensa constante de la dignidad cotidiana. Su verso acoge la autoridad de los orígenes, pero también la cuestiona con una ironía suave. La moda, la sexualidad, la ciudad contemporánea, el mito de la muerte y la incógnita del amor aparecen integrados en una visión donde lo íntimo y lo colectivo dialogan sin estridencias.
Desde El regreso, su primer libro, se advierte esta poética fundacional. El título mismo es una declaración de principios: volver al origen, a la casa, a la memoria. “He vuelto a la casa donde el humo / sabía mi nombre”, escribe, estableciendo una relación casi sagrada entre identidad y espacio. Aquí se inaugura el mito personal de la muerte y el amor entrelazados: “Amar es regresar con los ojos cerrados / al lugar donde aprendimos la pérdida”. La muerte no es ruptura absoluta, sino tránsito inscrito en la memoria. El regreso es físico y espiritual.
En este libro, la oralidad se manifiesta en el habla o ritmo coloquial, en la cercanía del tono. El poema parece dicho en voz baja: “No traigo más equipaje que mi memoria”. La ironía aparece en el tratamiento de la autoridad y las convenciones sociales; hay una leve sonrisa crítica ante los discursos solemnes. Desde el inicio, Pereira instala su teatro íntimo: la escena del recuerdo donde comparecen familia, amigos y figuras tutelares.
Con Del monte y los caminos (1966), el espacio se convierte en eje estructurador. Los lugares –el Bierzo natal, los ríos, las sendas– no son simples decorados, sino sujetos de memoria. “El monte me llama por mi nombre / y el río responde por mi infancia”, escribe, fundiendo naturaleza e identidad. Aquí resulta pertinente recordar al filósofo francés Gaston Bachelard (1884-1962), quien en La poética del espacio concibe la casa y el paisaje como matrices de la ensoñación. Pereira parece confirmar esa intuición: el lugar es memoria habitada.
Asimismo, el pensamiento de Marc Augé (1935-2023) sobre los lugares y los “no lugares” puede iluminar esta lectura. Para Pereira, el viaje nunca convierte el espacio en anonimato; al contrario, cada ciudad visitada se humaniza mediante el recuerdo. Lisboa, Estambul, Sagres no son no-lugares, sino territorios afectivos. El poeta escribe: “He caminado ciudades que ya son mías / porque en ellas dejé una sombra”. El espacio se vuelve íntimo por la experiencia.
En “Situaciones de ánimo”. (En contar y seguir, 1962-1972), la poesía adquiere un tono más reflexivo. El poema se vuelve espacio de autoconciencia. “No siempre la alegría es ruido; / a veces es un silencio compartido”, señala, revelando una ética de la vida común. Aquí la teatralidad es más visible: el yo poético dialoga consigo mismo y con los otros. La ironía se afina; el humor aparece como defensa frente al desencanto. La autoridad de los orígenes convive con la conciencia de la modernidad, con la moda cambiante y las tensiones sociales.
En este libro se registra un movimiento que recuerda la estructura de la autoconciencia hegeliana. En la Fenomenología del espíritu, Hegel (1770-1831) sostiene que la conciencia no se realiza plenamente hasta que se reconoce a sí misma en el otro; es decir, la autoconciencia surge cuando el sujeto descubre que su identidad no es una sustancia aislada, sino una relación. Aquí el yo poético no se limita a describir una experiencia interior, sino que se desdobla, se observa, se examina desde fuera, como si buscara en el mundo la confirmación de su propio ser. El peregrinaje no es únicamente geográfico: es dialéctico. El sujeto avanza hacia su verdad atravesando la exterioridad –lugares, recuerdos, figuras humanas– hasta comprender que esa exterioridad es reflejo y mediación de su propia interioridad. Así, el poema no narra un viaje, sino que dramatiza un proceso de autoconocimiento.
Desde la perspectiva hegeliana, la autoconciencia implica también tensión y superación: el yo se enfrenta a la negación, a la incertidumbre, incluso a la posibilidad de pérdida, para afirmarse en un plano más alto. En Pereira, esta dialéctica no adopta el tono abstracto del sistema filosófico, sino una forma íntima y humana. El poeta se reconoce frágil, transitorio, vulnerable ante el tiempo y la muerte; pero esa vulnerabilidad se convierte en el punto de partida para una conciencia más amplia, solidaria; así, el sujeto no se afirma dominando al otro, como en la famosa dialéctica del amo y el esclavo, sino reconociéndose en la alteridad. La identidad poética se construye mediante la empatía: el otro no es rival, sino espejo. De este modo, la autoconciencia en Pereira no culmina en la abstracción absoluta, sino en una ética de la relación. El poema se convierte así en escenario donde el espíritu, lejos de encerrarse en sí mismo, alcanza su verdad al abrirse al mundo y a los demás.
Cancionero de Sagres (1969) explicita la poética narrativa de Pereira. Contar es existir; seguir es resistir. “Cuento mi vida como quien enciende / una lámpara contra el olvido”, afirma. La memoria se convierte en acto de supervivencia. La madre, los amigos, los viajes reaparecen. La sexualidad y el amor se tratan con pudor y melancolía: “Tu cuerpo fue la patria momentánea / donde aprendí la luz y la herida”. Amor y muerte se entrelazan como fuerzas complementarias.
“La memoria de Jean Moulin” (En contar y seguir,1962-1972) introduce una dimensión ética e histórica más explícita. Jean Moulin, figura de la resistencia francesa, simboliza la dignidad frente a la opresión. “Nombrarte es salvar del polvo / la luz que otros quisieron apagar”. La memoria aquí es acto político. Pereira extiende su humanismo a la historia colectiva. La vida común se conecta con la memoria de los héroes anónimos.
En Dibujo de figura (1972), el poeta se enfrenta a su propia imagen. “Me dibujo con líneas de memoria / y borro lo que el tiempo me ha prestado”. El cuerpo, la identidad, la edad se convierten en temas centrales. La incógnita del tiempo se intensifica. La muerte aparece como horizonte inevitable, pero no como amenaza absoluta. El mar, recurrente, evoca tanto la aventura como la incertidumbre. Pereira rinde homenaje a poetas amigos, integrando su voz en una comunidad literaria. La teatralidad se amplía: el poema es escenario donde comparecen vivos y muertos.
Una tarde a las ocho (1995) ofrece un tono crepuscular. “A las ocho la tarde cae despacio / como un telón que nadie levanta”. La teatralidad se hace explícita: la vida como escenario que se oscurece. Hay desencuentros, melancolía, conciencia de derrumbe. Sin embargo, la ironía y la ternura persisten.
En La viva voz (2006), Pereira reafirma su apuesta por la oralidad. “No escribo: converso con el aire / que me devuelve voces antiguas”. La poesía se concibe como diálogo continuo. El poeta acepta la muerte con serenidad: “He sido muchos y soy este hombre / que agradece la luz de cada día”. La incógnita se transforma en gratitud.
Antonio Pereira construyó una poesía donde la vida común adquiere dignidad literaria. Sus versos integran sueños y realidades, autoridad y rebeldía, sexualidad y pudor, amor y muerte. La incógnita final no es desesperación, sino conciencia de límite. En su teatro íntimo comparecen los vivos y los muertos, los amigos y los desposeídos. Su palabra –oral, irónica, hospitalaria– permanece como espacio compartido donde contar y seguir es, todavía, una forma de fraternidad.
La poesía de Antonio Pereira se sostiene sobre una arquitectura moral donde la muerte, el viaje, la solidaridad y el arraigo se articulan como ejes inseparables. No se trata simplemente de temas recurrentes, sino de dimensiones estructurales que configuran su identidad poética. En Pereira, la escritura no es ejercicio ornamental ni exploración puramente formal: es un acto de empatía. Su palabra busca establecer una solidaridad con el otro –con el amigo, con el ausente, con el muerto, con el extranjero, con la “otra edad” del propio sujeto– a través de una profunda “enraización” en los lugares habitados.
Esta tensión entre arraigo y desplazamiento define su poética. Pereira es, simultáneamente, poeta del regreso y poeta del viaje. Vive anclado en la memoria del Bierzo, pero recorre ciudades europeas; cultiva la intimidad del hogar, pero no rehúye el horizonte del mar en Sagres; evoca la casa natal, pero se instala también en Lisboa o en cualquier otra geografía que la experiencia haya cargado de afecto. Esta dialéctica no es contradictoria: es la base de su concepción de identidad.
En la obra de Pereira, la muerte no aparece como ruptura radical ni como dramatismo desgarrado. Más bien funciona como una presencia constante que integra la experiencia humana. Desde sus primeros libros, el poeta convive con la conciencia de finitud. La muerte no es un acontecimiento aislado, sino una dimensión que acompaña el amor, la memoria y el paso del tiempo.
La serenidad con que aborda este tema revela una ética de aceptación. No hay nihilismo ni desesperación metafísica. La muerte se inserta en la continuidad de la memoria, para indicar que, como ha dicho Heidegger (1889-1976), “no se vive en la experiencia de lo que deja al horizonte ser lo que es”. Recordar a los muertos es mantenerlos en el espacio del lenguaje. Así, la palabra se convierte en acto de resistencia frente al olvido.
Cuando Pereira escribe sobre figuras históricas como el funcionario público francés Jean Moulin (1899-1943) la muerte adquiere dimensión colectiva. La memoria del resistente francés no es simple homenaje, sino afirmación de la dignidad humana frente a la opresión. Aquí la muerte se transforma en símbolo de sacrificio ético, y la poesía asume una responsabilidad histórica. El poeta no se limita a la introspección; extiende su solidaridad hacia la memoria común.
Su ironía suave es parte de esta solidaridad. No ridiculiza; matiza. No denuncia con estridencia; sugiere con inteligencia. La ironía funciona como herramienta de equilibrio frente a la autoridad rígida o las modas culturales. A través de ella, el poeta mantiene una distancia crítica sin romper el vínculo con la comunidad.
La naturaleza juega aquí un papel central. El monte, el agua, el paisaje rural no son decorados bucólicos, sino elementos constitutivos del yo. La relación con la naturaleza no es ornamental; es ontológica. El poeta se reconoce en el paisaje.
Esta actitud le permite mantener una identidad compleja. No se refugia en un pasado idealizado ni se entrega sin crítica a la moda contemporánea. Su poesía se sitúa en un punto de equilibrio entre tradición y modernidad.
En tiempos de desplazamiento y fragmentación, la poesía de Antonio Pereira ofrece una lección de equilibrio: es posible pertenecer sin excluir, recordar sin paralizarse, viajar sin perder el centro, aceptar la muerte sin renunciar a la solidaridad.
En conjunto, Todos los poemas revelan una obra atravesada por la coherencia. La oralidad no es simple recurso estilístico, sino ética de la cercanía. La ironía es instrumento crítico y gesto de humanidad. Los lugares –el Bierzo, Portugal, Estambul, Francia, las ciudades visitadas– se convierten en espacios de memoria vivida, confirmando las intuiciones de Bachelard sobre la ensoñación del espacio y dialogando con las reflexiones contemporáneas sobre el lugar y la identidad.
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Plinio Chahín. Poeta, crítico y ensayista. Autor de diversos libros de ensayo, narrativa breve y poesía. Narración de un cuerpo es su poesía reunida hasta el 2011. Con ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo 2005 y con Hechizos de la hybris el Premio Internacional de Poesía de Casa de Teatro del año 1998.