La obra Brito, del ilustre dramaturgo dominicano Reynaldo Disla, reúne todos los elementos de un biopic de categoría fílmica de calidad.
La pieza demuestra la gran habilidad que tiene el dramaturgo en los aspectos audiovisuales, proponiendo desde sus momentos escénicos una red de fotogramas que narran de forma fragmentada, pero coherente, la vida, las situaciones, el ascenso y el descenso del barítono Eduardo Brito.
Y es precisamente aquí donde la obra adquiere una dimensión que va más allá de contar la vida de un cantante. Disla parece construir una memoria en movimiento. La vida de Brito no aparece como una fotografía fija, sino como una película que se va revelando mientras avanza. Vemos al artista, pero también vemos el tiempo, la pobreza, el éxito, el viaje, el amor, la enfermedad y finalmente la caída. Agregando un final ya conocido; la victoria del artista al permanecer en el tiempo como un personaje importante de la cultura dominicana.
Eduardo Brito, cuyo nombre de nacimiento fue Eleuterio Brito Aragonés, fue un cantante dominicano de ópera y zarzuela, considerado el cantante nacional de la República Dominicana. Nacido en Puerto Plata en 1906, logró sobreponerse a las limitaciones de su formación y a su origen humilde hasta convertirse en una de las grandes voces dominicanas de su tiempo. Su carrera lo llevó por escenarios del Caribe, Nueva York y Europa.
A su lado estuvo Rosa Elena Bobadilla, artista, cantante y bailarina, quien además de ser su esposa fue su compañera artística. Juntos formaron parte de un recorrido que parece escrito para el cine: Haití, Curazao, Puerto Rico, Nueva York y España. En Nueva York Brito actuó en el Waldorf Astoria y trabajó junto a su esposa en los circuitos de los teatros RKO y Loew’s State. En 1932 viajó a España con la compañía dirigida por el compositor cubano Eliseo Grenet, y en el Teatro Nuevo de Barcelona alcanzó importantes ovaciones por su interpretación de La Virgen Morena.
Estos datos históricos no aparecen en la obra como una simple enumeración biográfica. Se convierten en imágenes. Y quizás allí está uno de los mayores aciertos de Brito: la vida del artista es llevada a escena como si estuviéramos pasando las páginas de un álbum familiar que, de repente, comienza a moverse. Un argumento dramatúrgico logrado con respeto a la verdad de los hechos. Algo tan difícil como propagado en las representaciones de este tipo.
Esta obra dramática, con pizcas de humor y toque surrealista, ha llegado en buen momento. Justo cuando el buen arte parecería estar desapareciendo del gusto popular. La escena dominicana se anota con Brito un hit.
Cuenta con un elenco que no defrauda al texto, siendo Elvira Taveras y Lidia Ariza actrices que no darían menos de lo que han dejado en escena en sus diversas apariciones.
Por un lado, Elvira aporta la frescura y el romance de juventud, la madurez y suspicacia de la mujer adulta que supo centrar a Brito y el toque doloroso de las visitas, los desencuentros y los malos ratos. La actriz hace un desplazamiento orgánico por cada uno de los estados emocionales que le exige el personaje, de manera muy interesante. Su presencia no se limita a acompañar la historia de Brito; también parece observarlo, recordarlo y devolverlo al presente.
Así mismo, y desde otro registro, Lidia Ariza aporta lo criollo, la diversidad, el desdoblamiento y los colores que dan a la trama fuerza, coherencia y cercanía con los espectadores. Su presencia funciona casi como una pincelada que cambia el color del cuadro. Hay momentos en que el escenario abandona la solemnidad del biopic para entrar en esa República Dominicana popular, contradictoria y profundamente nuestra que también forma parte de la memoria de Brito.
El actor que ha interpretado a Eduardo Brito, Héctor Aníbal, se presenta como un alter ego del cantante. Su actuación, sólida, juvenil en momentos y extrateatral en lo crucial, lo presenta como un actor capaz de moverse en distintos aspectos de la representación, mostrando energía, presencia y naturalidad en su interpretación.
Héctor Aníbal tiene además la tarea difícil de encarnar no solamente al hombre que canta, sino al hombre que va desapareciendo detrás del personaje. Y aquí la obra encuentra una de sus imágenes más dolorosas: el cuerpo que alguna vez fue instrumento de una voz extraordinaria termina convertido en el lugar de la enfermedad.
Por su lado, el director Manuel Chapuseaux hace un despliegue de imágenes oníricas, mantiene la atmósfera propia de las épocas planteadas en el argumento y logra una cohesión entre actores-personajes, personajes-escena y espectadores-personajes. La escena se convierte así en una especie de pantalla donde el pasado vuelve a proyectarse.
Los aspectos técnicos, especialmente la iluminación, resultan acertados. Los vestuarios, aunque en ocasiones genéricos, no dejan de aportar el tinte de época necesario para sostener el viaje temporal. La escena no intenta competir con el lujo de una superproducción cinematográfica; más bien trabaja con los elementos disponibles para construir la sensación de estar viendo una memoria reconstruida.
La musicalización y los cantos en vivo aportan esa manifestación de lo criollo que trasciende y afianza la conexión con el público. La música no aparece solamente como acompañamiento, sino como memoria. En el caso de Brito esto es fundamental: contar su vida sin escuchar su voz sería como contar la historia de un río sin mostrar el agua.
Un aspecto a destacar es la participación de los actores ayudantes dentro de la propuesta. Estos actores, que en ocasiones funcionan también como personajes secundarios, dan indicios de que no estamos frente a un elenco seleccionado al azar. Además del compromiso con que llevan a cabo la tarea de movilizar las escenas, aportan ritmo, coralidad y dinamismo. En conjunto, este grupo funciona como un sistema que permite que la obra no se estanque y se mantenga en la línea del tempo establecido por el director.
Hay algo particularmente simbólico en Brito: el artista cuyo nombre hoy identifica uno de los principales espacios escénicos del país aparece en escena antes de convertirse en nombre, monumento y memoria. El Teatro Nacional de Santo Domingo fue bautizado oficialmente con el nombre de Eduardo Brito en 2006, como reconocimiento a la dimensión alcanzada por su carrera.
Y aquí la obra consigue una de sus mayores metáforas: el hombre que termina desapareciendo es precisamente el hombre cuyo nombre permanece. Brito muere, pero el nombre sobrevive. La voz se apaga, pero el teatro continúa hablando por él.
Por eso considero que esta pieza debería ser asumida por el Estado, a través del Ministerio de Educación y el Ministerio de Cultura, para propiciar su circulación por todo el país. No solamente como homenaje a Eduardo Brito, sino porque necesitamos que nuestros artistas históricos dejen de ser nombres colocados en fachadas, calles y edificios y vuelvan a convertirse en personas frente a nuestros ojos.
Brito nos recuerda que detrás de un nombre hay un cuerpo, detrás de una voz hay una vida y detrás de una gloria también puede existir una tragedia.
Y quizás ahí esté la verdadera película que propone esta obra: la de un hombre que consiguió que su voz cruzara fronteras, pero no pudo escapar de su propio tiempo.
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Margaret Sosa es dramaturga, actriz, directora, poeta, crítica y gestora cultural dominicana. Egresada de la Escuela Nacional de Arte Dramático, el Instituto Dominicano de Periodismo y la Escuela Nacional de Locución Profesor Otto Rivera. Licenciada en Crítica e Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Realizó estudios de posgrado: tesis de licenciatura en Medios Audiovisuales (mención Cine) en la UASD, Maestría en Cultura Contemporánea (Literatura, Instituciones Culturales y Comunicación Artística) por la Universidad Complutense de Madrid, y estudios en el Máster en Artes Escénicas de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.