Es impensable el desarrollo de la civilización sin el entrelazamiento de la palabra y el sonido, como unidad doble, indivisibilidad binaria. La música escrita se revela como una forma de poesía cifrada en pentagramas. Cada nota, cada silencio, cada indicación de tempo o dinámica es un verso que no se pronuncia, pero que vibra en el cuerpo del oyente, cimbrándolo también, volviéndolo instrumento. La partitura, ese mapa de emociones codificadas, no solo guía al intérprete: le susurra una historia, le exige una entrega, le propone un pacto con lo invisible.

La música escrita no es solo técnica ni estructura. Es una forma de pensamiento lírico que se despliega en signos, como la poesía lo hace en palabras. El compositor, como el poeta, elige con precisión cada elemento: una corchea puede ser tan punzante como un adjetivo inesperado; un cambio de tonalidad, tan revelador como un giro metafórico. En ambos casos, se trata de construir una experiencia estética que trascienda el lenguaje común.

Pero ¿qué ocurre cuando el pentagrama se convierte en página poética, cuando el poema se deja leer como una melodía, y la música se deja sentir como un poema? Ahí nace una zona híbrida, un territorio donde los géneros se disuelven y la sensibilidad se expande. En la tradición latinoamericana, esta fusión ha dado frutos memorables: desde los versos cantados de Violeta Parra hasta las composiciones de Juan Luis Guerra, donde el ritmo del merengue se convierte en vehículo de metáforas sociales y amorosas.

En el ámbito académico, esta intersección ha sido explorada por poetas que escriben como si compusieran, y músicos que componen como si escribieran. Sencillez o exuberancia bajo ritmo sincopado constituyen una partitura verbal. Juan Luis Guerra es un símbolo notable de esta afirmación: un músico que, desde la academia, comprendió temprano la importancia de elevar al más alto nivel de excelencia los ritmos autóctonos y populares, logrando convertirse en nuestra figura musical más internacional y en vehículo del ser dominicano y su cultura. Esta condición le acaba de ser reconocida por el Ministerio de Relaciones Exteriores al destacarlo como Patrimonio Musical y Poético de República Dominicana. Las exposiciones y estampas gráficas del esplendoroso acto son reproducidas en este número de Plenamar a manera de dossier, sumándonos al homenaje.

Hay más poesía aquí, como las muestras de los argentinos Catalina Boccardo y Alberto Cisnero. También hay pensamiento a profundidad, como el análisis que desarrolla Fernando I. Ferrán sobre la filosofía fr Byung-Chul Han y sus derivas, así como las relaciones de Kafka con el sionismo que Ariosto Antonio D’Meza destaca a partir de su cuento “Chacales y árabes”. A propósito del gran escritor checo, pero ya en cine, el propio D’Meza reseña en exclusividad para nosotros la película Franz (2025), de Agnieszka Holland, la cual representa a Polonia para competir en los premios Oscar en la categoría “Mejor película internacional”, como veremos aquí, en el habitual listado que año por año prepara para Plenamar el crítico Jimmy Hungría. Y el libro, que no falte nunca el libro: esta vez una reseña de Claudia Putzu a las narraciones que componen Te llamé tantas veces, de Minerva del Risco.

“Música escrita, poesía en pentagrama” no es una simple frase pretendidamente ingeniosa. Es una invitación a leer con los oídos y a escuchar con los ojos. A entender que la belleza puede adoptar múltiples formas, y que el arte más profundo suele habitar en los cruces, en los bordes, en los silencios que separan una nota de otra, una palabra de otra. Porque allí, en ese espacio liminal, es donde el alma encuentra su voz. El arte de Juan Luis Guerra es arquetipo de lo propio.