En un mundo que corre hacia la homogeneidad digital y bajo la amenaza de la fuerza, la identidad cultural ha encontrado su refugio más resistente no en los museos, sino en los altavoces. La música popular no es solo entretenimiento; es el mecanismo de memoria cultural más democrático que poseemos. Mientras los libros de historia suelen ser escritos por los vencedores –siniestros demasiadas veces–, las canciones son el relato de los pueblos, sangre con cadencia, compás que se respira.
Una melodía tiene la capacidad única de encapsular la “identidad-resistencia”. Desde el blues del Mississippi hasta el folclore andino o el fado portugués; desde el son, la bachata, el rap, el trap, la música funciona como un archivo sonoro que preserva dialectos, instrumentos olvidados y, sobre todo, sentimientos colectivos que de otro modo se habrían disuelto en el tiempo. También es, por cierto, un archivo en permanente construcción. Es el hilo invisible que une a una generación con sus ancestros, permitiendo que un joven en 2026 sienta como propio un ritmo gestado hace siglos, o que adopte y haga suyos los beats de un ritmo nuevo, como es el caso de la llamada música urbana, con el intérprete Bad Bunny a la vanguardia.
Sin embargo, la memoria no es una pieza de vitrina, sino un organismo vivo. La verdadera potencia de la música popular reside en su capacidad de hibridación. La identidad no se pierde cuando el flamenco se encuentra con el jazz o cuando los ritmos africanos se fusionan con la electrónica; al contrario, la memoria cultural se expande. Se actualiza para seguir siendo relevante.
Dada esa propiedad de ADN colectivo que la unge, la música es también política. En última instancia, es un acto de supervivencia identitaria. En cada acorde, en cada letra montada sobre las notas, en cada gesto al interpretarlas, habita una geografía, una lucha y una forma de ver el mundo. La puesta en escena del llamado Conejo Malo durante espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl LX fue, además, una puesta de manifiesto. Lo acontecido, sus repercusiones, pasan por el filtro analítico de varios pensadores que en este número de Plenamar articulan, debaten y razonan el fenómeno. Fernando Cabrera, Plinio Chahín, Manuel García Arévalo, Antoni Gutiérrez-Rubí, Elidio La Torre Lagares y María José Rincón han generado un impactante dossier, y lo llamamos “Bad Bunny: un beat de identidad”.
Luego, en la sección Debate, tenemos que dos académicos extranjeros de prestigio colaboran con trabajos de rigor: el investigador peruano Carlos Fernández López revela nuevas informaciones sobre el “Arte poética” de Vicente Huidobro, en tanto que la catedrática italiana Mariana Bianchi hace una breve presentación (parte de un denso estudio) de la antología bilingüe español-italiano Voces de mar y café. Poesía dominicana actual y transmedialidad (Voci di mare e caffè. Poesia dominicana attuale e transmedialità) que acaba de publicarse en Salerno, con traducciones suyas y de nuestro colaborador Danilo Manera.
En la sección Pensamiento, otro académico extranjero –esta vez griego–, Petros Golitsis, analiza la poesía del poeta dominicano en la diáspora Tomás Modesto Galán. Y, en Cine, como ya nos tiene acostumbrado, Ariosto Antonio D´Meza escribe desde la República Checa una crítica profunda, ahora al filme Una batalla tras otra (One Battle After Another, 2025) de Paul Thomas Anderson, basado en la novela Vineland del escritor estadounidense Thomas Pynchon.
Libros y Literatura son escenarios compartidos por unas audaces narraciones de la escritora puertorriqueña residente en Nueva York Ana María Rúa, y reseñas de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid, 2025) de Jochy Herrera –por el español Eugenio Rivera–; y de El arca: poesía dominicana del siglo XXI (Elefanta, México, 2025), por Néstor E. Rodríguez, antólogo de esta.
Naveguemos por la mar plena de Plenamar, para evitar correr el riesgo de convertirnos en náufragos de un presente sin raíces.