Con la complicidad de casi veinte años, emprendo el agradable reto de sintetizar algunos de los aportes que se recogen en el conjunto de ensayos críticos titulado ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos. Se trata de un viaje a la interioridad del pensamiento de una de las principales figuras de nuestra literatura reciente: el poeta y teórico de la Generación de los ochenta, Plinio Chahín. En sus 404 páginas se recogen 61 ensayos sobre el quehacer intelectual y artístico dominicano de las dos últimas décadas, agrupados en once temas: Fantasmas e indigencias, Alucinaciones y ludismos, Formas de creación, Trampas textuales, Grafías dominicanas, Visión hacia fuera, Pintura y creación, La literatura y los medios, Al margen de lo propio, Dos espectros filosóficos y La otra puerta.

Dos paradojas arriesgadas en forma de oxímoron dan nombre al volumen: “literatura sin lenguaje”, ya que la literatura es letra y el conjunto de letras constituye el lenguaje humano, y “escritos sobre el silencio”, donde de nuevo se enfrentan lo negro y lo blanco, lo propio y lo complementario. Ambas paradojas abren interesantes caminos de reflexión, pues implican la alternativa de ser y no ser al mismo tiempo. Evidentemente, no es posible una literatura sin lenguaje, del mismo modo que la escritura (analogía de música o ruido, en fin, de presencia o signo) no puede, al mismo tiempo, conllevar vacío o silencio. Estas paradojas fueron seleccionadas con la misma alevosía con la que me valgo para provocar este deambular.

En “Fantasmas e indigencia” empieza a desenredarse la madeja. El escollo que hace desear a Plinio la no escritura, el silencio, tiene que ver tanto con la indiferencia que procura anular la expresión como con la distorsión de la voz verdadera en el eco. En esta sección primera, el autor agarra al toro por los cuernos, al abordar la indigencia metódica y ética de la crítica criolla: “nuestros críticos desconocen la situación actual de la poesía y la critica en Hispanoamérica. Cultivan el habitual consumo del circuito de un mercado artístico que oferta abundantemente un objeto deificado, esto es, un objeto artístico superficial y frívolo. /…/ asumen literalmente el legado de sus predecesores o mimetizan un saber académico sin aventuras ni riesgos. Son los mejores usuarios de una rancia tradición sin cambios. Su dirección discursiva se orienta hacia la ‘preservación’ mas que a la ‘novedad’: ‘Ni invención’, ni recreación, sino reconocimiento’, y siempre negaciones y rechazos.” Con sobradas razón, la sentida en carne propia, Plinio afirma: “Un fantasma recorre el país: la ignorancia de la crítica”, prefiero parafrasear esta afirmación como: insensibilidad y falta de decoro; comparto sus apreciaciones en torno a que la creación precede a la crítica y no depende de ella, también cuando afirma, en consonancia con Paz, que toda “experiencia analítica concibe a la literatura como un mundo de palabras, como un universo verbal, donde la creación es crítica y la crítica creación”.

Una vez justificada la paradoja primera, en Alucinaciones y ludismos, Plinio refiere su Ítaca, el destino al que como creador aspira; aunque acepta que la realidad de todo escritor es la del lenguaje, y que “no es posible decir nada sin someterse a una sintaxis y a significaciones ya establecidas”. Pretende, quizás fruto de algún dolor, realización más allá del lenguaje, mediante el silencio: “lo que hace posible el lenguaje es el silencio /…/ toda la escritura sería puro ruido sin un callarse último y vital”. En palabras propias, procura: “una escritura esencialmente gnóstica, que incorpore el infinito posible y mi turbulencia. Renunciaré, pues a decir mis fantasmas. O bien, me callaré para siempre o ya nunca jamás”. Claro, de lo que se trata es de un juego muy serio, de la ironía como desahogo. No hay renuncia, sino afirmación; la abdicación del decir por el silencio fluye precisamente a través de un sonoro texto que apenas acepta pausas para reforzar su vuelo.

El destacado poeta y ensayista dice, escudado en Artaud: “[la] experiencia límite, [la] destrucción del lenguaje significativo a partir de la poesía, el teatro y el dolor en cura imposible, la droga, la exploración del cuerpo o [la] aproximación al ocultismo, son [agrego, pueden ser] otros tanteos en busca de ese límite, de este vértice en el que la escritura escapa al texto”. Afirma, ahora tras Heidegger, la experiencia ontológica, no como materia prima del lenguaje, sino propiamente como poesía: “Es el escritor quien descubre y profiere el significante. Es él quien establece su propio límite o idea del lenguaje”. No sin malicia expresa: “Mi decir ágrafo construido en constante abismo. No se trata de alcanzar un estadio socrático verbalizado en duda, cicuta y muerte. Aspiro a la teresiana perversa esterilidad fecunda del misterio –tránsito, arrebato, fascinación y nirvana– que redime la incompletud o carencia ontológica del lenguaje”. Su abdicación lúdica actúa en respuesta a la “ignorancia” de los fantasmas, y es tan honda, sorda y amordazada, que anula “toda posibilidad de que quiera, desee o aspire a seguir escribiendo para luego publicar”; agrega con sorna (ya que luego de publicado el artículo citado ha publicado al menos dos excelentes obras): “la posibilidad de todo libro me es difícil e inútil, pueril y quizás hasta inoperante. El rumor o evocación perversa de un haraquiri que rehúsa destruirme; pues aun soporto la agonía y el comienzo de lo terrible que quiere y puede destruirme. Expresaré, pues, mi próximo silencio haciendo de mi próxima obra lo que siempre debiera deshacerse.” Al final, casi una moraleja: “Solo podremos dejar de escribir si el lenguaje, habiendo agotado su poder de negación, su potencia de afirmación, retiene o lleva el lenguaje mismo mas allá del discurso”; como se aprecia, jamás realmente abandonó por el silencio su vocación de curtidor de palabras.

Una vez dilucidadas las paradojas, el autor muda su interés hacia la definición del marco conceptual de su oficio. En el arte: ascesis radical del ser, consciente y gustosamente se aferra al hacer estético, en tanto expresión de imaginación y sensibilidad. Se sitúa en un vértice de meditación desde el cual procura superar en símbolos la realidad. Vive, pero no la vida ordinaria, sino las muchas vidas aprehendidas a través de la cultura. Percibe cada acción y reacción, cada expresión de la realidad como excusa para su divagar creador. La vida que le interesa no es la que fluye del azar, sino de su imaginario. En “Literatura, ser y purificación”, asume y propone riesgos; procura la creación más allá de la imaginación pura y simple, la aspira vestida de reflexión; pues entiende indispensable el acento que permite avistar las relaciones hondas de la verdad, el significado primero y último de lo que acontece.

En su ensayo “La poesía: substrato alucinado y loco” su sensibilidad desborda, mostrándolo exactamente cual es, alguien para el cual “la poesía es un modo excesivo y pleno de ser, vivir y morir”. En Plinio, más que en cualquier otro autor ochentista, se acentúa la poesía como necesidad visceral. Para él, la poesía ha de ser expresión de emotividad lírica, expresada en primera persona y atendiendo a una urgencia contundente e instantánea: “Un poema solo existe en relación al delirio real de vida y muerte. Todo poema es un ser siendo […] esa aspiración hasta la esquicia”. Vale señalar que esta percepción destellante, evolucionó sin perder el vértigo y lo cinético, hacia otros estadios de significación en su poemario Hechizos de la Hybris, donde sensibilidades fragmentadas se enhebran como mosaico o imágenes de un calidoscopio en interminable danza.

Cuando Plinio, en “Los trazos invisibles de un escritor” expresa: “olvidar un nombre es encontrar la posibilidad de que se borre toda huella de una escritura o habla”, a propósito de un artículo publicado en el suplemento literario Ventana, del Listín Diario, sin la firma del autor, refiere un lugar común frecuente. En este caso, se trató sin duda de un error de edición, un afortunado error que posibilitó esa brillante reflexión y que también permite señalar el pecado congénito de los habitantes de este país de letras: la falta de método y objetividad a la hora de hacer balance de nuestra historia literaria. De alguna manera, todos sufrimos de la indeferencia tanto de quienes coinciden con nuestro ideario estético, como de la negación de nuestros aportes por parte de aquellos que militan gustos, generaciones o circunstancias distintas. Los Sorprendidos se querellaron con el maestro postumista Domingo Moreno Jimenes; los comprometidos de la Nueva Poesía arremetieron contra la Generación del 48; entraron en crisis los creadores de finales de la década de 1970; los de la década de 1980 debieron luchar a sangre y fuego por un espacio, mientras los denominados escritores de “provincia” siguen gritando hasta quedarse mudos en busca de un acta de nacimiento, de aceptación, en un parnaso rabiosamente capitalino. Si bien no nombrado en aquella publicación, a fuerza de su constancia creativa y crítica, a Chahín nadie, aunque lo desee, puede negarle la referencia autónoma en el concurso de voces finiseculares.

Su ensayo “El poeta, marginado y paria”, ofrece una perspectiva singular para comprender la relación entre los creadores y la sociedad, desde Platón hasta el Romanticismo y desde entonces hasta nuestros días. El autor explica con detalle cómo los poetas han alcanzado la relumbrante condición de antihéroes sociales, desafiando los convencionalismos cuando entran en conflicto con la exigencia de su obra. El poeta, dice el autor: “no es el que ha sido abandonado, sino el que se abandona y sufre en medio de una sociedad que le es indiferente”. Cuando alguna tregua se da, es porque el aeda, “en el orden de la existencia mundanal” claudica ante la imperante necesidad de “encontrar bajo el régimen de la norma un lugar aceptable, a costa de mutilaciones de la personalidad, pero finalmente compensados por los beneficios y seguridad que les proporciona la aceptación social”. El precio de renunciar al derecho de lo imaginario resulta siempre demasiado alto: “la monstruosidad, la demencia, el delirio o un final que, aun siendo majestuoso en su tragicidad, le rinde un tributo inmerecido a la destrucción y a la muerte”. Para el autor, entre el creador y la sociedad, o bien entre lo poético y la realidad, “persiste un trazo de unión, cierta lógica de armonía. Pueden convivir, si no en la adecuación, por lo menos en el rechazo refractario de la fuga”, aun cuando esta relación para el artista se transforme en imposibilidad y angustia, y lo mantenga en un movimiento perpetuo de desilusión. No ser sensible a este grado equivale para Chahín a no ser poeta: “a no ser capaz de ser uno mismo un paria, un desesperadamente perverso de la vida.”

“Forma de creación” recoge dos interesantes ensayos, de naturaleza opuestas. Uno, “A propósito de las flores”, deviene en celebración tierna, conmemorante acaso de la paz y realización encontrada con su esposa Remedios Ruiz; este texto es quizás donde por primera vez y única, su decir fluye feliz, sin implicaciones ocultas; el otro titulado “La risa y la ironía: forma de creación”, en el cual con su estilo característico de goce y culta cachondería, define estos elementos como herramientas fundamentales de su existencia y ejercicio critico, acaso procurando alivianar de moralina los tópicos pesados y acaso de acallar miedos viscerales, como cuando dice: “En el origen fue la risa” de ahí que para él sea el mundo una carcajada: “un sarcasmo diabólico y cruel”. Frecuentemente, Chahín parte de una premisa pueril, acaso cómica, para sumergimos en peligrosas honduras, siempre a partir de una amplia referencia cultural, en donde fluyen nombres pilares de la creación y el pensamiento (verbigracia: Baudelaire, Cioran, Hegel, Freud, Aristóteles). Para leer a Plinio hay que estar presto para pasar sin transición de lo epidérmico a lo epistemológico, del frío al calor, del blanco al negro; nada es artificial ni circunstancial, su propuesta siempre dispara a la sensibilidad y a la inteligencia. “la alegría es un fantasma que se alquila. La alegría yo la invento cuando lloro. No río, estoy triste, es decir, alegre. Alegre y triste: muerto.”

Intelectual metódico, deja fluir su interés hacia todos los caminos, de ahí que, en “Trampas textuales”, se aventure a temas relacionados con aspectos de socialización del producto literario. Refiere cómo la literatura occidental se ha convertido en “objeto” de consumo light: “imagen global de los circuitos de venta de un proceso cada vez más agudo de materialización de la escritura como un objeto superficial y frívolo”, como resultado de la tendencia de homogenización de las identidades, hacia un “yo uniforme y empobrecido”, en la que “lo que dicta la norma es el efecto comunicativo y mercantil, y no la calidad o el riesgo de las obras y propuestas, que tienen que abrirse camino a través de la red cada vez más tupida de la ‘profesión’”. La proliferación del bestseller o literatura del mal gusto apoyada en la maquinaria global de transnacionales, solo puede ser contrarrestada, según el autor, mediante “la reivindicación de la soledad, la búsqueda de la coherencia y la intransigencia estética” de modo que la literatura se fortalezca “vías de la auténtica expresión de la creatividad.” El autor entiende que los escritores deben actualizar los medios a través de los cuales proponen su obra para llegar a esa masa cultural cada vez más apática; sin embargo, ni en su ensayo Hacia un nuevo lector, ofrece clave de cómo sensibilizarla. La respuesta acaso la encontramos en el exquisito texto “El libro: un objeto de placer” en donde nos contagia a la usanza antigua del mágico poder del libro abierto para remontarnos, más que a la contemplación de mundos ajenos, al ayuntamiento casi carnal con un ser dotado de razón, con una conciencia que ofrece el inaudito privilegio de permitir pensar lo que piensa y sentir lo que siente.

En “Grafías dominicanas” habitan miradas a mundos de sensibilidades de quienes detentan su personal afecto. A saber, Cayo Claudio Espinal, visto a través de La mampara. En el país de lo nulo (2002), obra de la cual expresa “es una obra de abolición y a un tiempo de apoteosis de la poesía. Esta es una obra que rompe cualquier tipo de clasificación. Un experiencia sumamente ambiciosa y compleja. De difícil descodificación en torno a una visión antirretórica y crítica”; también José Marmol, citado como aforista irreverente, a propósito de los fragmentos y aforismos contenidos en la obra Premisas para morir (1999), refiriéndonos que Marmol “articula un universo atormentado, donde la filosofía y la poesía/…/comulgan entre sí y sellan la unión definitiva de un hacer poético brillante”; asimismo, René Rodríguez Soriano, y sus boleros; Ramón Tejada Holguín y sus signos de postmodernidad, Freddy Gatón Arce, León Félix Batista y su propuesta neobarroca, Carlos Rodríguez (a propósito de su muerte acaecida en el 2001) y Basilio Belliard.

Tres temas generales completan esta serie de aproximaciones a autores dominicanos, a saber: “La generación de los ochenta: tradición y ruptura”, en el cual, como él mismo confiesa, establece de forma parcial y apasionada su visión del conjunto de autores que confluyen alrededor del taller César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Refiere los movimientos literarios de principios del siglo recién pasado (modernismo y vanguardias) para establecer parangones de cómo en cada época se relacionan indisolublemente posiciones de continuidad y renovación, para tocar las circunstancias presentes en los años ochenta, en las cuales se libró batalla campal entre las posiciones ideológicas vigentes entonces y los aires de renovación de la poesía entendida como fenómeno del lenguaje, que emergieron a partir de Manuel Rueda y su Pluralismo, hasta consolidarse como postura fundamental de los nuevos creadores. En otro ensayo, titulado “La trampa de las antologías”, expresa preocupación por la moda de este tipo de publicaciones, afirmando que desde De estos días (1984), su generación cayó en redes de vanidad: “siendo quizás más que ninguna otra generación de poetas anteriores, objeto de tantos y tan tempranos intentos de antologías”, y afirmando a seguidas que “en nuestro país no se ha hecho aún una antología con rigor de la Generación de los Ochenta, así como tampoco de toda la poesía dominicana.” Al final deja entrever la urgencia de una antología total como reto y desafió de todos. En “Teatralidad de la cultura”, Plinio arremete contra los esquemas tradicionales y actuales con los que el Estado gestiona los asuntos culturales y afirma que no existe propiamente una política ni una estrategia específica, ni siquiera con las últimas iniciativas realizadas a través del anterior Consejo de Cultura, la flamante y vapuleada Secretaría, hoy Ministerio. Al respecto, afirma: “la nueva corriente cultural acentúa la ‘vedettizacion’ de las actividades gubernamentales” y agrega que “no basta con celebrar frecuentemente eventos poéticos, cinematográficos y teatrales. Una política cultural bien definida requiere un estatuto simbólico e imaginario. Requiere inventar nuestra tradición a la luz de los nuevos valores”.

En “Visión hacia fuera”, Plinio hace un recorrido por tópicos y protagonistas que influyeron en su propia formación, y de gran influencia en el ámbito dominicano, a saber: la poesía chilena, con sus figuras fundamentales: Mistral, Neruda, Huidobro y Parra; también refiere la importancia de la obra de Oliverio Girondo, en su apuesta paralela a la experiencia y el lenguaje; Luis Palés Matos y su sabia asimilación del mestizaje de géneros y estilos de la literatura hispanoamericana. Asimismo, con devoción, aborda en tres interesantes ensayos sobre la imprescindible obra de Jorge Luís Borges, figura polémica, rica, legendaria, buscando respuesta a su pregunta de si el maestro es poeta o filósofo, hurgando en su concepto de poesía y la forma en la que el maestro concibe la identidad individual. Asimismo, es objeto privilegiado de atención el libro La llama doble de Octavio Paz, en el cual encuentra eco su particular gusto por la carne consumada, y también Trazos, obra en línea con su propia búsqueda espiritual y filosófica (Tao, Zen) en la cultura oriental.

En “Pintura y creación” recoge las miradas solidarias del poeta sobre las provocaciones visuales ofertadas por pintores y fotógrafos dominicanos, a saber, José Ramón Medina, Maritza Álvarez, Hilario Olivo y Dionisio Blanco. Plinio viene a confirmar el maridaje referido por Danilo de los Santos en torno a que el mejor público para los artistas visuales son los poetas, quienes pueden decodificar en palabras los sentimientos y el pensamiento atrapados en el papel o en el lienzo. En “La literatura y los medios” enfoca la atención en la modernidad de la comunicación, traslada su abigarrada cultura y sensibilidad para decodificar el impacto de los medios electrónicos satelitales en el individuo: “una sensación ontológica de comunicación de uno con el mundo”. Refiere que a través de la red global y el correo electrónico: “estamos condenados, indefectiblemente, a cambiar de conducta. No hay salida de las parábolas vertiginosas y las leyes ciegas de Intenet”, agregando: “que la telepresencia, las comunidades virtuales, las comunicaciones televirtuales, nos hacen experimentar nuevas formas de ser, no la simple presencia o estacionamiento en el mismo, sino una manifestación, una epifanía, una presentación.” En “Al margen de lo propio”, se permite otra flor tan extraña al conjunto, como los textos recién citados; a partir de la figura de Juan Pablo Duarte, las obras El ocaso de la Nación Dominicana (2001) de Manuel Núñez; La Ideología Rota. El derrumbe del pensamiento pseudonacionalista dominicano, de Odalis G. Pérez (2002) y del análisis realizado por este último autor a la obra La Patria Montonera de Ramón Francisco, Plinio Chahín apuntala su posición critica ante conceptos como heroicidad, patria e identidad dominicana, y propone aproximaciones científicas para la ponderación de las propuestas de Nuñez y Pérez, al margen del contenido.

En “Dos espectros filosóficos” que hubiese preferido colocado en el orden tercero o cuarto por lo definitorio de la posición estética del autor, presenta sus fuentes filosóficas y acaso existenciales por excelencia. Tanto Jacques Derrida, con su concepto de deconstruccion para la subversión del pensamiento occidental y como base metódica para la aproximación textual, como George Bataille y su “negatividad” como leitmotiv existencial y estético, han impregnado el pensamiento y hacer intelectual de muchos de los autores ochentistas, pero, sobre todo el suyo. El capítulo XI, “La otra puerta”, cierra este abigarrado inventario del tiempo artístico finisecular dominicano, con dos artículos críticos sobre teatro. El primero “Bochinche o la dramaturgia del goce”, refiere una visión critica del montaje realizado por el Teatro Guloya bajo la dirección de Claudio Rivera y Ángel concepción, sobre una obra cimentada, según el autor, en el juego como aspecto de danza; también incluye un estudio de la obra teatral “Las sirvientas” del Jean Genet, uno de los principales representantes franceses del teatro del absurdo.

En definitiva, ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos nos invita a un apasionante viaje de reflexión estética, filosófica y literaria a través de cuatrocientas páginas bien escritas y amenas que auscultan con sensibilidad y visión aguda el tiempo presente. Con su peculiar estilo, a la vez desenfadado y profundo, Plinio Chahín ofrece maduros frutos del lenguaje para el gozo y la disensión.

(En portada: Chelsea series #3, acrylic on canvas, 36 x 33 inches, 2022. Derechos: Juan Luis Landaeta)

—–

Fernando Cabrera es poeta y académico. Posee un Doctorado (PhD) en Estudios de Español: Lingüística y Literatura. Maestría en Administración de Empresa e Ingeniería de Sistemas y Computación.