La publicación de la obra poética total de José Mármol en el catálogo de la Editorial Visor, bajo el título Donde todo triste ruido hace su habitación (2026), constituye, no solo un hito editorial para un escritor dominicano, sino la validación de una de las trayectorias más rigurosas de las letras hispánicas contemporáneas. A través de este volumen de 868 páginas, la tradición dominicana se proyecta hacia el canon global y ofrece una bitácora en la que la identidad insular trasciende su geografía y se transforma en una categoría universal del ser. Mármol ha logrado liderar un desplazamiento fundamental en la poesía caribeña: la transición de una poesía basada en las emociones a una verdadera poética del pensamiento, arraigada en el rigor de la metafísica y la conciencia histórica plena.

 

El tiempo como círculo y el límite de la materia

En la génesis de su obra, el autor establece una obsesión central por la temporalidad y la finitud. Influenciado por una concepción del devenir que entabla un diálogo con el eterno retorno de Nietzsche, Mármol rechaza la linealidad del progreso. En su cosmovisión, el avance no es una flecha que se dirige hacia el futuro, sino una fuerza que retorna inevitablemente, como se expresa en el poema «30 de abril, 1960» de su poemario inicial El ojo del arúspice (1984): «El progreso retorna al corazón de un círculo clavado».

Esta imagen anula la linealidad histórica para abrazar un eterno retorno en el que el sujeto se desgasta frente a la finitud material. Al entablar un coloquio con el pensamiento de Heráclito, el poeta logra una síntesis entre el concepto y la palabra; despoja al destino de su peso místico para reducirlo a un mero riesgo semántico, tal como sentencia el texto: «Destino es un decir; un riesgo a no decirlo nuevamente». Así, el cuerpo se presenta como «el límite de hueso», una frontera infranqueable de la mortalidad que contrasta con la expansión del deseo.

Su lenguaje poético se apoya aquí en la amplitud del versículo y la cadencia del salmo, recursos que subrayan magistralmente la sensación de estancamiento y el carácter cíclico de la obra.

 

La subversión de la lógica y la trampa de la conciencia

Un motivo recurrente en toda su producción es la imagen del vuelo, que evoluciona desde la pesadez hasta el vitalismo. Inicialmente, el vuelo se concibe como una deconstrucción del movimiento o como una cicatriz que el aire olvida, una intención inacabada de un ser que reconoce su naturaleza precaria. En

«Esquicio del vuelo», incluido en el poemario La invención del día (1989), el acto de elevarse se presenta como una huella efímera de dolor: «El vuelo es una cicatriz que el aire olvida». Sin embargo, en 1999, en el libro Criatura del aire, este concepto se transforma en un imperativo ético en el poema «Invitación al vuelo», donde se advierte que la parálisis es una forma de aniquilación: «Lo plegadizo es signo de la muerte».

Paralelamente, Mármol logra encarnar su metafísica en lo cotidiano. En «Recuerdo de provincia», del poemario Lengua de paraíso (1992), la casa familiar se convierte en un microcosmos animista en el que los objetos tienen voluntad propia y la figura materna actúa como sacerdotisa de un culto doméstico: «Hace maravillas con su peso y su color […] A la izquierda se movía un equilibrio sordo, un quejido de sombras, una luz de cayena como dichosa lumbre, un amenazante orificio de piedad. Para el alma de la casa, una efigie de sol, un racimo de tedio, agua hirviendo, más unciones y un ensalmo diligente para mi curación».

Esta capacidad de encarnar la metafísica en lo mundano y ordinario se extiende a la cultura popular. En «Es un bolero todo», de la obra Torrente sanguíneo (2007), Mármol eleva el género musical a una categoría ontológica de la pérdida. El poeta traslada su rigor metafísico al terreno de la cultura popular y la memoria urbana, y eleva el género del bolero a una dimensión existencial que define tanto la realidad como la ausencia. El poema se basa en una estética de la herida, donde la música no es un simple acompañamiento, sino un agente activo de violencia emocional: «Un bolero es un puñal que destaja corazones en alcohol».

«Es un bolero todo lo que ya nunca será», sentencia, consolidando la idea de

que la existencia misma es una estructura de pérdida y nostalgia, y de que la identidad del sujeto está indisolublemente ligada a lo que se ha desvanecido en el tiempo.

 

El desafío teológico y el Dios jugador

En sus momentos de mayor tensión existencial, el autor despliega una épica de la desesperación teológica. En el poema que da título a su obra Deus ex machina (1994) hay una crónica del desgarro espiritual en la que el sujeto lírico interpela a la divinidad no desde la sumisión, sino desde un desafío existencial. El poema subvierte la imagen del Dios ordenador y lo presenta como un jugador que debe asumir la responsabilidad del caos que ha creado. El uso del invierno y el verano como marcos temporales extremos subraya una sensación de agotamiento cósmico, en la que el mundo, cubierto por una «piel de ceniza», espera una intervención que ya no puede ser providencial, sino meramente fáctica.

El sujeto lírico exige a Dios que abandone su silencio y asuma la responsabilidad del azar: «Arroja tú los dados, Señor, te ha llegado el turno». Esta visión sacrificial –en la que resuena Mallarmé– resulta desoladora al reconocer la ausencia de propósito en la suerte y en la vida, desenlace que se consuma en el verso final: «A los ocho lados de la suerte nada espera».

El poema cierra un axial ciclo de pensamiento: el «Deus ex machina» no es la solución mágica que desciende al escenario, sino una entidad obligada a lanzar los dados hacia una «muchedumbre y el desastre» que ya no puede controlar, consolidando una poética del desamparo absoluto ante lo ineluctable.

 

La madurez de la mirada

En su etapa de madurez, José Mármol alcanza una plenitud gnóstica al establecer una distinción entre el órgano biológico y la capacidad trascendente de la percepción. En el «Poema I» de la obra Miradas paralelas (2009), el autor sentencia: «el eclipse es del ojo; no de la mirada», sugiriendo que, mientras el cuerpo es finito y falible, la mirada –entendida como conciencia o espíritu– permanece invicta ante las sombras.

Este poema se basa en una premisa de fijación y movimiento, en la que el sujeto lírico se libera de la limitación física para habitar una dimensión puramente contemplativa. La pregunta retórica «¿Adónde posar el cuerpo para ligero descanso?» revela un cansancio ontológico tras el largo proceso de hominización («He caminado tanto desde que me hice hombre»). Estos versos, con ecos de Cortázar y Neruda, remiten a la fatiga existencial y a los golpes de la vida propios de la condición humana.

El «Poema I» de Casa de sombras (2013), concebido a partir de fotografías artísticas en blanco y negro tomadas por Herminio Alberti, explora la arquitectura del horror mediante una crítica feroz a la Casa de Caoba de Trujillo, utilizada aquí como metáfora de un sistema corrupto en el que la opulencia y la belleza se degradan hasta convertirse en mercancía y opresión. A través de una narrativa sombría, el autor denuncia la inviabilidad ética de la existencia bajo el poder absoluto y la explotación patriarcal, y eleva el miedo a la categoría de fenómeno atmosférico, en el que ni siquiera el lujo de la muerte ofrece un refugio habitable. Estos versos reflexionan sobre la pérdida de la ternura ante la soberbia humana y sentencian que el legado de la tiranía es una «fiesta del escarnio» que anula cualquier posibilidad de trascendencia o descanso.

En la creación lírica «Existir», de A través de mis ojos (2014), el poeta alcanza una de sus cumbres dialécticas al explorar la existencia como un fenómeno de intersubjetividad y contraste. La pieza abandona la angustia del solipsismo al sugerir que el ser es una construcción delegada: «Existes, es verdad, porque ella te imagina», en clara referencia invertida de lo real planteada por la filosofía del ser planteada por René Descartes. Se revela una ontología en la que la identidad no es una esencia aislada, sino un diálogo con la alteridad, y se llega a la conclusión radical de que «existo porque soy el otro enajenado». En estos versos, el «otro» o el «extranjero en mí» no son una amenaza, sino el espejo necesario para que el sujeto adquiera una dimensión real en medio de la incertidumbre.

El último texto que mencionaremos es «Yo, la isla dividida», del poemario homónimo publicado en 2019. El mismo confirma y profundiza en la dialéctica de la fragmentación que caracteriza la obra madura de José Mármol. Muestra una evolución desde una dependencia ontológica hasta una soledad metafísica radical. En la primera sección, la identidad se define mediante la contraposición: frente al «rayo» y el esplendor del otro, el sujeto elige el «último pasillo del ocaso». Esta voluntad de marginalidad no es pasiva, sino una búsqueda del «vacío» y el «resquicio», espacios donde el lenguaje agota su capacidad de nombrar y el sentido, finalmente, «se resbala».

La división del sujeto se desplaza desde lo exterior (la isla dividida por el mar y por la presencia del otro) hacia lo interior, culminando en la impactante imagen final: «Yo, como la isla siempre, / ahora sin ti, / rodeado de mi propio animal por todas partes». Esta conclusión transforma la geografía en psicología. Al desaparecer el «tú» (el otro, el rayo), la isla no recupera su unidad, sino que se halla sitiada por su propia naturaleza instintiva o irracional. El «propio animal» representa la otredad interna, la soledad absoluta en la que el sujeto ya no lucha contra el mundo, sino que habita su propia clausura biológica y existencial.

Este poema, y todo el poemario, suponen el cierre perfecto de un ciclo iniciado en 1960: el hombre ya no mide lo que sueña, sino que es medido por la circunferencia de su propia soledad.

 

Conclusión

A modo de conclusión, la poética de José Mármol –analizada desde su génesis en 1984 hasta su madurez en 2019– describe una progresiva depuración ontológica que transita desde la angustia del tiempo cíclico y el «límite de hueso» hacia una metafísica donde la insularidad se acepta como destino trascendente. Tras superar la etapa marcada por la «virulencia» del azar y el estatismo del

«círculo clavado», el autor alcanza una abstracción lógica en la que el ser se libera de toda cronología para residir en la paradoja de aquello que «jamás empezó y ya es eterno». El poeta dominicano, de La Vega por demás, ha erigido un monumento a la interrogación persistente, donde el lenguaje agota su capacidad de nombrar y el sentido se desliza, finalmente, hacia la luz de una mirada absoluta. Lograr tal hondura a una edad que aún promete una vasta producción augura, sin duda, nuevos y excelsos capítulos para su obra.

 

Bibliografía

Belliard, Basilio: «Selección poética de José Mármol», Revista Plenamar, mayo de 2026.

Mármol, José: Donde todo triste ruido hace su habitación. Poesía (1984-2019), Madrid, Editorial Visor, 2026.

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Fernando Cabrera es poeta y académico. Posee un Doctorado (PhD) en Estudios de Español: Lingüística y Literatura. Maestría en Administración de Empresa e Ingeniería de Sistemas y Computación.