En contexto

Haití se deshace…, titulaba hace unos días El País, en España, confirmando así el entenebrecedor diagnóstico que reiteran las redes sociales y confirman los más diversos medios de comunicación. Todos hablan de Estado fallido, de rupturas sociales, de inseguridad ciudadana, de miseria humana y material, de notables sancionados por gobiernos foráneos, de “gangas” criminales y secuestros, de la indecisa comunidad internacional, e incluso de toda una población metafóricamente sumida por “gusanos recorriendo los pliegues de una herida”.  

Presa de sí misma por lo menos, la República de Haití y su aglomerada población resisten tanto como empeoran. En el ínterin, “todas las instituciones colapsan. El sistema educativo, la justicia… Es un país moribundo”. 

Moribundo sí, mas no muerto. Imagínese un idílico en aquel entonces; pues bien, desde ese tiempo imaginario la situación no parece mejorar. La gente sale a la calle. Vende y compra lo poco que tiene o puede. Inventa cada día su laberinto de la soledad y procura evitar el mal camino y el de las gangas. Haití ha devenido lo que era, el país del día a día de todo un aglomerado social que no deja de naufragar.Frente a la inmovilidad de quien pueda ser gobierno, hoy Henry o el que con anterioridad lo haya sido, la posibilidad de que una nueva crisis estalle prescinde de actos de previsión en cualquier hoja del calendario haitiano o de la insuperable e incuestionable valía de sus múltiples y mejores habitantes. 

Pero paradoja de paradojas…, el país antillano podrá asomarse a la implosión y al caos, mas no a su “desintegración” y desaparición. Independientemente de conjeturas, probabilidades y predicciones, de ese fin no hay evidencias, solo decires retóricos e improbables posibilidades.

De ahí que -para no repetir diagnósticos de quienes sean los que auscultan lo que tiene tiene lugar en ese tercio isleño- conviene advertir algo tan obvio como esa realidad cotidiana que Haití ha llegado a ser. 

Diálogo de sordos y mudos

Haití parece ser que agotó la paciencia de sus interlocutores y ha dejado de ser foco de atención prioritaria de la comunidad internacional. Como disco rayado, repite un diálogo de sordos y mudos entre personeros haitianos e instancias de dicha comunidad. Mientras tanto, su crisis deviene la norma habitual de toda una población. La sociedad, su liderazgo y aglomerado poblacional se reproducen cancaneando, de crisis en crisis, sin que surja algo diferente e inusual. Sobresalen individuos probos, insignes, preocupados; a pesar de todos ellos, el país ha entrado finalmente en el limbro de los justos, léase bien: sitio reservado a aquellos que -sin méritos suficientes- terminan siendo incapaces de superarse a sí mismos en algo superior, ideal, siempre mejor, debido a la infinidad de oportunidades perdidas, de compromisos fallidos y de esperanzas malogradas. 

La preocupación y el crujir de dientes de todos en y fuera de ese territorio antillano se expresa solidariamente, aunque solo de la boca para afuera, por medio de la subsecuente inactividad.

En Haití da la impresión de que es lo mismo firmar que denunciar uno u otro pacto nacional. Por vía de consecuancia, cuantas veces se apela a la solidaridad y al sentido de responsabilidad internacional, por esto, por aquello y por lo de más allá, empero, en medio del agotamiento e incredulidad de los actores, ningún remedio efectivo se recibe a cambio de tantas y tan frecuentes apelaciones. La no respuesta a tanto clamor de malestar da a entender que los de fuera ya están cansados de oir siempre las mismas razones. Y están cansados porque ni los de dentro del país transgreden sus diferencias ni los de fuera saben qué hacer con un caso nacional en franco estado de coma. Es como si el sol se extraviara y no saliera más en ese rincón de la tierra en el que los unos no dicen palabra alguna y los otros nada oyen. En tales condiciones solo resta la resignación y aprender a vivir soportando la infranqueable perpetuidad de lo que por propio hado evidencia ser insuperable.  

Después del último concierto internacional fallido a propósito de Haití, iniciado en 2004 y contando en alguno de sus tramos con la insigne presencia, ese país ha quedado marcado con la adversa categoría de experimento malogrado; como quien dice, arrumbado junto a países como Afganistán, Yemen, Somalia y otros pocos países desheredados, si no desahuciados de todo tipo de suerte mundana. Países esos -a los ojos de tantos otros- faltos de instituciones occidentales y sobrados de belicosidad e irremediables malquerencias internas y hacia los extraños. De todos ellos se habla, pues hay que mantener diplomática y civilizadamente la compostura, a pesar de que a todos ellos se les tiene bien etiquetados en carpetas con el cuño de caso cerrado, misión imposible, rompecabezas político y sin solución, razones por las cuales se les elude y no se corre en su auxilio. 

Su caso ahora ocupa sitio en la sección política de los archivos muertos y en lo sucesivo Haití está fuera de la agenda internacional de agencias y gobiernos amigos y ajenos. Ni siquiera su reiterado clamor oficial a favor de un contingente militar internacional -con la misión de restablecer el orden perdido en dicho país- ha sido consecuentemente acogido con una respuesta de sí o de no, de parte de países amigos y, por ahora, ni siquiera de parte de la Organización de las Naciones Unidas.

Una única excepción confirma esa regla en este contexto: la Norteamérica. En particular, en la medida en que queda por ver si la reciente ayuda canadiense comprometida por su Primer Ministro Trudeau -el pasado 16 de febrero, en Bahamas, durante el transcurso de la conferencia del Caricom- se materializa y fructifica, aun cuando por veces pareciera tan desorientada como brindar respaldo con dos naves en alta mar, o a mujeres requeridas de asistencia legal en la frontera con la República Dominicana y no a ellas mismas aquejadas como están de evidentes situaciones de injusticia e inseguridad en su propio territorio patrio. Otro tanto hay que dejar en suspenso a propósito del imprevisible impacto político y económico que tendrán las sanciones canadienses y estadounidenses a distintos personeros de la encumbrada élite económica y política de Haití. O, por fin, la acogida, si no los privilegios legales, que México, Estados Unidos y Canadá brindarán a los recurrentes flujos migratorios de haitianos que también tocan sus respectivas puertas terrestres, fluviales y marinas. 

Al margen de ese contexto norteamericano de excepcionalidad, el susodicho diálogo de sordos y mudos ahonda lo que de hecho ahonda: la ausencia de Haití de la agenda de las instituciones internacionales. Fenómeno ese que deja al descubierto la realidad última del siniestrado país. 

Limbo haitiano

En tanto que reverso de la comunidad internacional, la población y los más diversos grupos que configuran la sociedad y el Estado político haitiano enfrentan en estos precisos momentos este dilema: (i) hacer causa común entre ellos y fundamentar la endeble conciencia de una descompuesta nación de diversas agrupaciones y etnias; o bien, (ii) consagrarse en la inopia característica del agónico estado de cosas haitiano digno de cualquier imaginario limbo de los justos. 

El reto es monumental. Si hacen causa común, Haití superará el actual estado de cosas gracias a su propio esfuerzo; pero de lo contrario, si faltos de méritos y vigor se conforman con el sobresaliente marasmo que arropa a ciudadanos e instituciones, entonces quedará con todos ellos toda impávida y conforme con la esterilidad de un espacio solariego quebrantado y reducido por tanta rencilla e inoperancia a menos. 

En ese contexto -so pena de errar-, el único destello de luz que queda como recurso para salir del túnel en el que se encuentran Haití y los suyos proviene ahora mismo del tratamiento que den al último de sus consensos nacionales: el del pasado 21 de diciembre 2022, a favor de la transición inclusiva y unas elecciones transparentes. 

Surge ahora, en efecto, esa nueva oportunidad. Cierto, ese acuerdo político no ha sido recibido con vítores de aprobación  y firmas generalizadas e incondicionales; empero, no menos cierto es que se trata de una alternativa factible que goza de ciertos tintes democráticos -por desteñidos que estos queden- debido al desmedro actual de la sociedad haitiana. 

El asentimiento político -logrado luego de más de 12 meses de postergaciones- fue rubricado por el primer ministro Ariel Henry y diversos representantes de partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil y miembros del sector privado. No por eso deja de causar resquemores entre las élites económicas y políticas del país. Los representantes de estas instancias de poder, sean políticas o económicas, han de reconocer que no pueden seguir pescando en río revuelto, pues ellos mismos, si no otros también, han conducido a Haití donde está. Malinterpretaron ayer y hoy juzgan peor la situación, cuantas veces creen que la violencia indiscriminada, la inseguridad individual, el galopante empobrecimiento de la población y las amenazas de terrorismo en y desde el territorio haitiano, forzarían a la comunidad internacional a intervenir en favor del restablecimiento del status quo convencional.   

En cualquier instancia, si bien aún hay actores resilientes que denuncian la firma del acuerdo nacional por tildarlo de sectario, sin embargo, al mismo tiempo crece el número de firmantes de un documento que fija la salida del primer funcionario de esa república para el 7 de febrero de 2024.

En lo sucesivo, en medio del consuetudinario río revuelto, el ejercicio más difícil para los actores haitianos seguirá siendo sentarse en una mesa de negociaciones concertadas, poniendo aparte sus negocios e intereses particulares y respetando lo pactado, como única vía de salida a los intríngulis que sustentan la multifacética crisis haitiana. 

Para muestras un botón, a la luz del sinuoso proceso que condujo al “consenso nacional” puesto en mientes el pasado mes de diciembre del año 2022. 

En los meses previos a dicha fecha, los portadores de los acuerdos del PEN y Montana se reunieron en varias ocasiones con el primer ministro Ariel Henry con el objetivo de encontrar una fórmula para poner fin a la crisis política que atraviesa el país. Cada vez, éste, aquél, el de más allá o todos, terminaron siendo acusados de estar boicoteando las reuniones.

Bajo la presión de la comunidad internacional, el ocupante del Primature se reunió cara a cara con la exministra Magalie Comeau-Denis, una de las miembros influyentes del Acuerdo de Montana. En la perspectiva de preparar el terreno para la realización del diálogo, el representante del Acuerdo del 30 de agosto pidió a Henry que suspendiera una serie de iniciativas gubernamentales consideradas ilegales, para mostrar su buena fe en las negociaciones. De poco valieron las buenas intenciones. Después de varios intentos fallidos, los patrocinadores del acuerdo Montana/PEN acusaron al primer ministro de aferrarse al poder. Y por ello, de conformidad con notas de prensa, el Acuerdo de Montana abandonó la mesa de diálogo. La Oficina de Seguimiento del Acuerdo hizo el anuncio durante un encuentro con la prensa el 2 de agosto de 2022. No estaban dispuestos a continuar enfrascados en un diálogo estéril.

Sobrevino entonces una reunión entre la representante del Secretario General de la ONU en Haití, Helen La Lime, y líderes de organizaciones políticas que habían rubricado algunos acuerdos para salir de la crisis. Entonces se creó una comisión de mediación integrada por un representante de Religiones por la Paz-Haití, la Cámara de Comercio e Industria de Haití (CCIH) y la Conferencia de Rectores, Presidentes y Dirigentes de las Universidades e Instituciones de Educación Superior de Haití (CORPUHA). ¿Objetivo?, intermediar entre las fuerzas enfrentadas con el objetivo de conseguir que los protagonistas al menos dialogaran y eventualmente negociaran.

De acuerdo a los medios de comunicación social, finalizados casi dos meses de consultas, esa estructura, encabezada por el obispo Ogé Beauvoir de Religions for Peace-Haiti, Laurent Saint-Cyr, (CCIH) y el Dr. Jean-Robert Charles, (CORPUHA), presentó un proyecto de acuerdo nacional, que refleja las tendencias de la mayoría en ese momento.

Entre los puntos más espinosos del proyecto de acuerdo publicado por el Comité de Mediación luego de una consulta con cerca de 170 organizaciones políticas y de la sociedad civil, se destaca que Henry permanecería solo en el poder, se establecería un lapso de dos años transitorios, se requeriría el restablecimiento de la seguridad en el país, se procedería a un referéndum para cambiar la Constitución, al nombramiento de los jueces del Tribunal de Casación, a la celebración de elecciones generales, así como a la remodelación ministerial y la formación de la CEP.

Pero ni qué decir; la propuesta fue rechazada por la clase politica bajo el alegato de múltiples sesgos y parcialidades. 

Fue entonces que, como una granada mortal, el Acuerdo de Montana implosionó. El Consejo Nacional de Transición, organismo instituido por ese Acuerdo, instó al presidente electo del susodicho acuerdo: Fritz Alphonse Jean, por medio de una nota suscrita del 22 de septiembre de 2022, a involucrarse activamente en las negociaciones políticas con el fin de sacar al país fuera de la crisis.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Brian Nichols, Subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado estadounidense, tuvo una sesión de trabajo con dos delegaciones del Acuerdo de Montana por separado. De un lado, el Presidente electo del Acuerdo, Sr. Fritz Jean, y del otro, dos delegados de la Oficina de Monitoreo del mismo Acuerdo.

Por fin, probablemente como consecuencia de la visita al país de varios emisarios estadounidenses y canadienses, irrumpió en la palestra pública el ya mencionado “Consenso nacional para una transición inclusiva y elecciones transparentes” el pasado 21 de diciembre.

El documento prevé la creación de un Alto Consejo de Transición cuyos 3 miembros ya han sido seleccionados, a saber: Calixte Fleuridor de la Federación Protestante de Haití, quien representará a la sociedad civil; Mirlande Manigat lo integrará en representación de los partidos políticos y Laurent Saint Cyr representará al sector privado. Este consejo se reunirá por lo menos una vez al mes.

Esa instancia tendrá la tarea de participar en la elección de los miembros del Consejo Electoral Provisional, del comité de expertos encargado de la revisión de la Constitución y en la reconstitución de la Corte de Casación. También participará en la reorganización del gabinete, los cambios en la alta dirección de la administración pública y la reforma de la diplomacia haitiana.

Conmovido así el escenario, muchos de sus actores han salido de su silencio para denunciar un enfoque que, según ellos, no conduce al deshielo de la crisis. Al mismo tiempo, sin embargo, aumenta el número de grupos y organizaciones signatarias del pacto nacional. En particular, el Grupo de Signatarios del Acuerdo de Montana, el GROSAM, informó en nota de prensa haber suscrito el documento de referencia “a fin de dar una señal clara, para probar la buena fe del gobierno de turno y de los demás socios interesados”.

Ni haitianos en el limbo ni diálogos simulados

Ariel Henry sigue siendo muy criticado y, en no pocas ocasiones denigrado, con o sin razón. Ahora bien, la firma del referido Consenso Nacional para la transición inclusiva y las elecciones transparentes le otorga momentáneamente a él, en tanto que jefe del gobierno haitiano, un cierto reconocimiento de la clase política, especialmente con la prórroga de 14 meses que le otorga el documento.

Pero lo determinante no es eso. Una indeleble línea de Pizarro divide, de un lado, la iniciativa, y del otro lado, la inactividad haitiana. O salen o no salen del limbo de los justos al que tantísimos impenitentes arrojan y condenan al pueblo y a la nación haitiana. La decisión final es responsabilidad exclusiva de los hitianos. Ellos son los verdaderos y únicos actores encadenados a sí mismos, en la medida en que Haití permanece excluida de la agenda internacional. Apelar a cualquier libreto ajeno, independiente de sus buenas o malas recetas e intenciones, es condenar a todos los afectados en y fuera de la República de Haití a perpetuarse en un imperecedero estado de cosas ambivalentes que es denunciado con rigurosa ineficacia, tanto allá como allende sus fronteras. 

En definitiva, por Haití no se puede hacer lo que sus propios connaturales no hagan. He ahí la dura y pura verdad de los hechos. La responsabilidad por el destino de Haití recae eminentemente en hombros haitianos. O trabajan de forma mancomunada e interdependiente entre sí, o agonizan aislados y dessamparados ante la mirada impotente o indiferente de los demás. 

El final del limbo de los justos haitianos, así como el subsecuente abandono del diálogo internacional de sordos y mudos, lo decide una vez más el curso de los eventos que ellos mismos impongan al último de sus consensos nacionales. 

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Fernando I. Ferrán. Antropólogo y filósofo, coordinador de la Unidad de Estudios de Haití, UEH, y director del Centro de Estudios Económicos y Sociales, P. José Luis Alemán, SJ, de la PUCMM.