Lo escrito, escrito queda. Lo mismo que la Muerte, la escritura es inmortal. Solamente morimos los humanos, porque podemos vivir la muerte. Y solo nosotros escribimos: es nuestro modo de seguir viviendo. Quod scripsi, scripsi parece una sentencia suficiente para definir a cualquier artista de la palabra, aunque la frase provenga de un contexto distinto en el Evangelio según san Juan.  Es nuestro punto de apoyo para delimitar la figura que fue José Rafael Lantigua (1948-2025), ente cultural por excelencia que dedicó su vida al libro. Lectura y escritura eran los ejes sobre los que su ser giraba, su spin fundamental. Por eso permanece en los libros que escribió, que de seguro incluyen los cuantiosos que leía.

Su cambio de plano, su cesar, ha conmovido al país letrado casi tanto como a su familia. Diarios, revistas, espacios de internet se volcaron en recuerdos, elogios, homenajes. Plenamar también lo hace, dedicándole el dossier de este septiembre, que como azar resulta la conmemoración del primer mes de su partida.

La sección abre y cierra con las palabras admirativas y conmovedoras de sus hijos José Rolando y Pablo. Al ser leído, el panegírico de José Rolando parece vuelto a pronunciar ya no en su sepultura, sino justo en nuestro oído atento. A seguidas, nuestra laureada poeta Soledad Álvarez escribe una elegía en prosa de su tan cercano amigo. El poeta y ensayista Basilio Belliard, de quien fuera tan cercano, detalla puntualmente las facetas de crítico literario, periodista cultural y promotor de la lectura que Lantigua tan bien desempeñó. Por otra parte, la gestora y escritora Marivell Contreras vierte pinceladas personales, cálidas, recónditas de su entrañable amigo, mientras que el poeta y editor León Félix Batista describe su vertiente editorial. Finalmente, su hijo Pablo Lantigua narra, en párrafos muy emotivos y expresivos, una historia personalísima en torno al último libro que leyó Lantigua.

Las restantes entradas son particularmente nutridas. Los colaboradores fijos Ariosto Antonio D’Meza y Jimmy Hungría alimentan la sección de cine con trabajos sobre El Padrino II y la película documental dominicana de inminente estreno Kacimiro. De la brillante poeta joven argentina Ana Claudia Díaz ofrecemos una selección variada. Y Christian Encarnación –otro escritor novel, igualmente descollante, pero dominicano– viene con nuevos aforismos. El escritor y catedrático Danilo Manera, pendiente a perpetuidad de la cultura nuestra, publica en esta Plenamar un texto sustancioso sobre la comunidad dominicana de La Spezia, Italia. Por último, el ensayista Jochy Herrera analiza la música del pianista domínico-estadounidense Julián Pujols Quall (Chicago, 2001), con quien también conversa.

Lo escrito, escrito queda. Y el hombre queda en su escritura. Lo sostiene Edgar Morin: la conciencia de la muerte es una construcción cultural profundamente humana, de ahí que creamos símbolos, mitos y memorias (ver El hombre y la Muerte). Por eso, y para eso, la palabra escrita, la literatura.