Yo no estaba en Nueva York, sí mis amigos.

Estaba en una calle de Santo Domingo,

Lo bastante lejos para haber olvidado ese día

Si no hubiese sido el 11 de septiembre.

 

Yo, al mediodía, estaba en la avenida Mella

Del Distrito Nacional, de la ciudad intramuros.

 

No recuerdo que hacía ese día, excepto

Que tenía un hijo y a esa hora siempre estaba

En la casa, que para esa época ya no tenía.

 

Ante un aniversario de las caídas de las torres Gemelas,

De las bombas atómicas a Hiroshima y Nagasaki,

De la otrora casa Imperial, todavía en pie, de Japón,

En un mismo año cumplido en cualquier lugar del planeta.

 

En mi memoria, el otro día preguntaba a mis amigos,

Que, si ese día estaban en Nueva York, esas horas,

Que fue de sus vidas de ahí en adelante.

 

Es como si yo hubiese estado viviendo allá

Para esa misma fecha, en el mismo lugar

Y alguien me preguntara, que si he oído

Lo de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki,

Una el seis de agosto y la otra el nueve

Al Japón Imperial, en un aniversario más, por supuesto,

Ahora este 11 de septiembre del mediodía, yo

Caminando, sin más preocupación, por la avenida Mella,

Que la de subsistir.

De pronto, la televisión presenta

Un avión estrellarse, luego otro y fueron tantos

Aviones estrellándose (la televisión pasaba una y otra vez

La imagen apocalíptica), que también hubiese pasado

Lo mismo con la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki,

De la casa Imperial Japón, de los campos de Vietnam,

El Golfo Pérsico, más tarde, en las noches o en el día.

 

Lamentando que la televisión de la época no fuera

Tan eficiente como la de ahora en pronosticar y dar

por hecho la muerte de tantos seres humanos

Que dejaron de serlo por como murieron.

 

No, no he preguntado a mis amigos que vivían,

Viven en Nueva York por ese día, ni ellos

Nunca me han dicho: “Ni esta boca es mía”

Respecto a ese día que no sé si por miedo.

 

El otro día, pensando yo, no sé si se puede pensar

O hablar a partir de ese día en Nueva York,

Que no sea para llorar, para pensar en vengarse,

Quizás fue lo mismo lo de la otrora casa Imperial de Japón.

 

Caminaba yo por la avenida Mella, más joven que ahora,

Más que mañana, más que cuando ya no esté en esta tierra.

Caminaba. También mis amigos caminaban. Lo he visto

Después de ese día más de una vez, decenas de veces,

hasta el que tenía años que no veía ni abrazaba.

Por tanto, años sin vernos y haciéndonos falta.

 

No, no me atrevo a preguntar, qué hacían ese día.

De seguro que era trabajando, que es lo más cerca

Que se puede estar de un día feliz en Nueva York.

 

Si antes de ese día era la ciudad que nunca duerme,

Quizás, de ahí adelante, era la que más sufría de insomnio.

 

El insomnio jamás visto ni oído ni padecido,

Como en Hiroshima y Nagasaki, de la otrora Imperial Japón,

Y no la del Último Emperador, la película de Spielberg,

Que vi y vieron mis amigos, sin que todavía preguntara:

 

Qué hacían ese día del 11 de septiembre… Yo, reitero,

Lo que hacía, como necio que no se cansa de repetir lo mismo:

Caminaba por la avenida Mella, quizás me detuve

Ante la imagen de la televisión; antes de ir a recoger

A mi hijo al colegio, creyendo que eran los avances

De una película que se iba a pasar de un cine cerca de usted.

 

¿Sí, usted? El que quiero que recuerde qué hacía

El 11 de septiembre del año 2001, mientras las gentes

Gritaban, corrían, quizás hablaban del fin del mundo

En la ciudad de Nueva York donde los sueños tienen

El tamaño de sus habitantes.

 

Llámenme necio, si lo desean, no encuentro la manera

De preguntar qué hacían ese día mis amigos, sin que las caídas

De las Torres Gemelas puedan compararse a las bombas

Atómicas en Hiroshima y Nagasaki de la otrora casa Imperial Japón.

Hoy, del grupo de los siete, desarrollados, ricos por demás,

De los que tienen al mundo agarrado por su parte.

 

Sigo neceando, qué hacían mis amigos, los de la Gran Manzana…

Ojalá y no sea por miedo que no quieran hablar, bajo el temor

De que les lean los pensamientos, la orina, o rastrearles…

Si un día les pregunto qué hacían, si estaban trabajando

Aquel 11 de septiembre del 2001, sin que yo pueda

Evitar pensar lo que yo hacía, reitero, paseaba

Por la avenida Mella, pensando en ir a buscar a mi hijo.

Al colegio, o sin decidirme para donde coger,

Porque ya no tenía hogar, “Dulce Hogar”,

así con mayúscula, como se escribe Hiroshima,

Nagasaki, 11 de septiembre, las caídas de las Torres Gemelas

O “No hay ningún momento bueno para morir, Baby”.

 

Preguntaba a un amigo, tampoco estaba en Nueva York…

“Comía y bebía –dijo− una tostada, un jugo de lechoza.

Con quien andaba salió a buscar a su casa un libro

Sobre el apocalipsis, que me iba a devolver, cuando vi

En la televisión, creía que era una película…”.

 

Podría preguntárseles a la media isla por el 11

De septiembre. Esta vez no diré que caminaba

por la avenida Mella, pensando en mi hijo

Al ver aquellas imágenes en la televisión, en vivo.

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Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en Derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.