Allí estaba, girando en el aire. Brillaba esplendorosa, solo como ella sabe hacerlo, parecía danzar hasta que cayó. Cara o ceca. Nervioso la miré ya sobre el piso. Subí de nuevo al auto y arranqué.

 

Debía tener cinco años si mal no recuerdo, mi abuelo me sentó sobre su regazo y me preguntó: “¿Te gustan los cuentos?” Era de esas personas que siempre iban al grano y no te contaba historias porque sí. “Sí, abu”, le contesté con un poco de ansiedad. “Este tiene que ver con vos. De cuando no existías, tu madre y tu padre eran muy jóvenes, estudiantes de medicina. Vivían en La Plata, lindo lugar. A pesar de que los ayudábamos no les alcanzaba para vivir, así que tuvieron que trabajar de cualquier cosa, hasta llegaron a vender alfajores en la calle ¿te imaginás? Vivían en una pensión chiquita. Pero un día te anunciaste, los sorprendiste tanto que dudaron mucho sobre qué camino seguir. Y tiraron una moneda al aire para resolverlo. Tuviste suerte, salió cara”, afirmó con orgullo. No terminaba de entender lo que quería decir pero me quedé muy intrigado, ¿Cómo era eso de la moneda? ¿Por qué me lo contaba? ¿Cuál era su enseñanza? Con el tiempo lo develaría.

Ya adolescente volví a darle vueltas al asunto. Tenía serias dudas sobre el sentido de la vida y la chica con la que salía me había dejado por otro así nomás, como si nada. Estaba destrozado. Una tarde, triste y meditabundo, sentado en el umbral de mi casa, me acordé del abuelo. Y pensé en sus enseñanzas, que siempre fueron tan profundas y sabias. ¿Qué me había querido decir? Por fin me iluminé: “Este soy yo, una moneda en el aire”, me dije. Y así fue como inicié mi nuevo derrotero. Había encontrado el arma para lidiar con mi destino.

Terminando el secundario mis padres me preguntaron qué iba a estudiar. Con algo de soberbia los miré, confiado en mi recurso. Me dieron a elegir entre abogacía y medicina. Yo les respondí, “Denme un ratito”. Salté disparado escaleras arriba a buscar la moneda para decidir la cuestión. En menos de cinco minutos bajé y les dije: “Abogacía”. Ellos se quedaron muy contentos por mi madurez y confianza en el futuro.

Pasados unos años me recibí de abogado. Penalista. La moneda volaba por el aire y resolvía los casos, lo que de vez en cuando me trajo algunos problemas. La pregunta que hacía era “¿Culpable o inocente?” Según esa variable, cara o ceca, sería mi defensa, lo que me costó algunos fracasos profesionales ya que no podía faltar a mi ética y buena conciencia; si lo declaraba culpable terminaba ayudando al fiscal para que vaya preso, ganándome algo de mala fama, además del odio de mi defendido y su familia.

Con las mujeres, qué decir, me fue como a cualquiera. La moneda era algo caprichosa y algunas veces terminé enredado con algunas que prefiero no recordar y otras que me trajeron ciertas amarguras. Tuve muchos amores y ahora, recordando, no puedo dejar de pensar en Rosa, a quien adoraba con fervor, solo de verla me palpitaba el corazón. Un día me preguntó: “¿Me querés?” Le dije “Ahí vuelvo” y fui al baño. Me temblaba el cuerpo y quería contestarle ya, pero debía consultar con mi pequeño disco de metal, así había sido sellado mi destino. Al lanzarla rogué que me saliera cara, pero no tuve esa suerte. Retorné y le contesté: “No”. Se puso a llorar, dio media vuelta, cerró la puerta y no la vi nunca más.

En las demás cuestiones de la vida me manejé bastante bien; mi moneda giraba y giraba en el aire y allí estaba yo resolviendo mis asuntos. Con ventura o desdicha siempre tuve una convicción: yo era esa moneda dando vueltas por el aire, la libertad que da el azar no la conoce cualquiera, y paradójicamente me hacía sentir cada vez más seguro, más sabio, tal como me lo había transmitido mi abuelo.

Y así me fue hasta que llegó el día que tuve que afrontar una encrucijada mortal. Era una noche de domingo, volvía de la casa de mi amigo Carlitos, tenía poca nafta en el auto y un cansancio acumulado que me hacía manejar con dificultad. Circulaba por Avenida Valparaíso y llegué hasta la intersección con las vías. Miré a ambos costados, no había más autos. De pronto se prendió la luz roja del semáforo y la barrera de paso se movió. Mi moneda ansiaba salir del bolsillo: la dejé libre. Bajé y la hice rodar, tenía que decidir. “¿Cruzo ahora, o espero?”

Ella giró alto en el aire y cayó cara.

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María Victoria Vaca Narvaja (Buenos Aires,1976). Licenciada en Filosofía. Odio a Paul y otros cuentos (Barnacle, 2026) es su primer libro publicado y donde aparece este cuento. Coguionista de “AMERITA: Otra imagen del mundo” (Animación Infantojuvenil), 2010.