El pozo de Silban
Cuenta Melville cómo Clarel desciende
hacia el pozo sagrado, el agua santa.
El agua
que hace a los ciegos ver
sanarse a los enfermos.
El agua brota en cuevas escondidas
de ríos subterráneos.
Suena de a ratos y de a ratos calla.
Un silencio, un sonido:
un rítmico misterio.
El peregrino baja
con cuidado, sintiéndose muy cerca
de aquello incomprensible, milagroso…
De pronto
el ruido de una piedra suelta
golpea el mágico silencio
y cae el agua como caen todas
las piedras en el agua, con el mismo ruido.
Nada extraño: la piedra, el agua
se ven de pronto como piedra y agua.
Nada más, solo eso.
Receta para hacer una vela de parafina
En un recipiente cilíndrico, ancho y chato
–no queremos una vela finita y alta–
ponemos parafina líquida, previo calentamiento,
y antes de que endurezca se le agregan
algunas sustancias colorantes; también
piedras o semillas secas. En el medio, el pabilo.
Después de estar sólida y fría
se retira del molde –ya está pronta–.
Tienes entre las manos un objeto
que te envía a los ojos un paisaje brumoso
y a la piel la más lisa sensación, pero
quedaron como úlceras en una piel finísima
unos pequeños huecos, donde asoman
las semillitas, muy amontonadas.
Al girar la mano se ve detrás la abierta
herida oscura.
Es cierto
que de lejos nada de esto se nota.
(Tampoco notas mucho en la mirada
de los demás, pero seguro llevan
–seguro es que llevamos– las bruscas aberturas
¿hacia qué, hacia dónde?)
No es nada claro
el efecto final, salvo cuando la vela
se enciende en una pieza oscura:
como llamados desde un largo sueño
despiertan a su luz –cálida, breve–
las tapas de los libros, las cucharas
a cuanto la llama temblorosa se arrima.
El soplo que la apaga
devuelve todo a su silencio seco
y la vela regresa a su mezclada
realidad: la lisura
rota en heridas.
Visita del arcángel Gabriel
(El paraíso perdido – Milton)
Sorprendidos, escuchan
Adán y Eva al ángel
explicar que unas cosas
se alimentan de otras, más livianas.
Hay variados ejemplos. Lo más denso,
la tierra, absorbe al agua; el agua, al aire
el aire, al fuego.
Ellos, los ángeles,
–sustancias sutilísimas–
también, en cierto modo, se alimentan…
¿Cómo si no, podrían vivir?
Así, sentado,
con un vaso en la mano
diserta el ángel
–con las alas
plegadas, suponemos–.
El Jardín del Edén escucha.
La manzana
espera.
Prisionero
Así que no hay manera de librarse.
Bastará darse vuelta para verla.
Allá viene, siguiéndote
moviéndose –en apariencia lentamente–
y en realidad muy rápido.
Y si huyes, por un momento sientes
muy lejano el ruido de las calles
discusiones, motores y ruidos y bocinas
son un sordo rumor.
Y de tan lejos
apenas brillan ahora las ventanas más altas
tal vez un campanario.
Pero cuando por fin llegas a otro
lugar, a otra ciudad desconocida
tu ciudad te ha alcanzado bruscamente:
ya no es cuestión de darse vuelta. Adentro
muy adentro de ella te paseas
y a la otra le ruegas que te espere
que no se vaya lejos.
La otra no se mueve, pero se decolora
pierde tibieza, sus sonidos bajan
sus olores apenas se perciben
y el viejo aroma de la que te envuelve
no te suelta.
Superficies
Del mar se puede, pero no del cielo…
–digo– el hablar de superficies, Ana.
Se habla del brillo de la superficie
del mar, y el gran contraste
con su oscuro interior, lleno de seres
misteriosísimos… (¿Recuerdas
las veloces langostas
–las que filmó Cousteau–
en fila por el fondo del océano?)
La superficie, en cambio, luminosa;
cambiante, movediza, pero clara.
Por lo menos los ojos la reciben
así, reconociéndola, admirándola:
—Mirá el mar, qué sereno o qué encrespado
está hoy –como quien dice–
te levantaste bien o estás nerviosa
por el tono en que suenan tus palabras.
Pero así como nadie sabe nada
–en el fondo– de ti y ni tú misma
te entiendes bien,
así, de igual manera
es tanto y tanto y tanto lo ignorado
lo detrás, no visible, no pensable…
¡Pero peor del cielo! Eso quería
decirte en esta noche, mientras brilla
la Vía Láctea entre los árboles.
Tu mano, que rasguea la guitarra
saca sonidos suaves
escasamente audibles –me parece–
desde lo alto.
Los sonidos remontan en el aire
hacia el cielo tranquilo, de allí vienen
también tranquilas, radiaciones suaves
que apenas vemos. (Tintineos breves
de campanas atrozmente remotas).
¿Cómo romper ese telón de fondo
detrás del pino? Ni con telescopios
iríamos más lejos, siempre habría
otro telón de fondo del cielo, como aquellas
langostas oceánicas…
Trastabilla
el pensamiento contra lo infinito
y prefiere, por último,
aferrarse a los limpios,
claros sonidos de tus cuerdas, Ana.
Protestan
Cuando descubres
que lo real se ve desde el lenguaje
cuando ves que se envuelve en trajes coloreados
todo lo que antes era vago e indefinido
te ves como un señor, un rey, o al menos
un paje en el cortejo que todavía marcha
dando nombre a las cosas, diciéndoles:
«Tú eres
esto y tú tienes
este otro nombre y tú ahora debes
obedecer al nombre tal y cual… Ahora
ya no más juegos a ser –no ser, ni cambios
imprevistos, ni entradas ni salidas
a escena que no sean preparadas
por algún texto previo… Mucho ojo
con salirse de tono y de maneras.»
Y los brillantes trajes
se apagan, decoloran y se encogen:
en la palabra “lluvia” ya no suena
la lluvia entre las hojas
y la ese de «sol» apenas brilla.
Doblegando al lenguaje, lo real se comprime
dentro de las palabras;
cada idioma le añade un cinturón y un lazo.
Y así quedan envueltas con diez vueltas
y anudadas con nudos
de diferente forma
todas las cosas, desde las más pequeñas
como una semillita o el ojo de un insecto
hasta las más extensas como el humo
al ras de la llanura.
Y a veces –maniatadas– se sacuden
porque no se resignan
y dice la tristeza, por ejemplo:
Este pequeño nombre
singular, femenino, no me sienta
me queda un poco estrecho y ya gastado.
A ver –nos pide– si se lo cambiamos
un poco, al menos,
para que pueda verse por la calle
y no desentonar con el asfalto.
No aquella eternidad
No aquella eternidad de la dicha, ni aquella
eternidad del llanto
No el continuo aletear de ala de cielo
ni la continua llama,
sino la eterna vida de estar, de haber estado
desde que todo fue por vez primera
y no morirse más, seguir con todos
y siempre fuéramos.
Porque no sé de dicha pura, sola
limpia, limpia y sin sombra
polvo ni arena
sino de aquel surgir de la alegría
como que amaneciera
como reír después de haber llorado
como luz sobre el agua y en la tierra.
No sé, en realidad no entiendo
pero sí que quisiera
mirar desde muy lejos sobre días y años
haber estado entonces
estar después que muera.
Conocer los que no han nacido ahora
–no sé de qué hablarán, ni sus vestidos–
pero seguramente habrá horas como esta
el viento como ahora
noches como las nuestras
igual caer de luz y de agua triste
igual miedo de muerte
el mismo llanto y risa y la gran ansia
de vida para siempre.
—-
Circe Maia (Montevideo, Uruguay, 1932). Premio Nacional de Poesía (1958 y 2001) y Medalla Delmira Agustini (2012). Realizó estudios de Filosofía y de Lenguas Modernas. Ha traducido poetas griegos e ingleses. Entre sus libros: En el tiempo (1958), Destrucciones (poesía en prosa, 1987), La casa de polvo sumeria: sobre lecturas y traducciones (2011), La pesadora de perlas (2013), Transparencias (Visor, España. 2018) y Múltiples paseos a un lugar desconocido: antología poética (1958-2014) (Pre-Textos, España. 2018). Mereció el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2023 y en 2026 recibió del gobierno de Chile, el premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.