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La verdadera grandeza de un poeta representativo, va a depender, en cierta medida, de cuánto se le piense desde su tiempo y en cómo ha influenciado a los poetas contemporáneos a él. Si ocurre es por sensibilidad del tiempo afín, subjetivo e inaprensible como todo planteamiento que tiene que ver con la poesía. Aunado con lo mejor que despierta en sí mismo y transforma al otro. 

Se influencia al otro porque se tiene experiencias de vida en meditación, en la manera de vivir, aunque no se pueda explicar, en apariencia imperceptibles, diferentes, pero cuando se encuentran, la chispa enciende como la explosión de luces de bengala. 

Lo peor que le puede pasar a un poeta o a un artista en cualquier manifestación del arte, es escribir para ser mejor que su contemporáneo, en vez de ser mejor que él mismo ante cada obra producto de su “imaginación”. El que le antecede ya no es competencia, por razones obvias y el de su generación lo es por la rivalidad creada debido al mismo oficio. La rivalidad creada va a depender de la personalidad de cada quien y el reconocimiento de lo escrito y factores que no se pueden prevenir.

Cuando fue publicada Cien años de soledad (1967), los demás novelistas, por razones hoy explicables, se obsesionaron con publicar novelas parecidas y voluminosas, buscando encontrar, al igual que los personajes de la novela de García Márquez, el vellocino de oro y, de una forma u otra, se dijeron así mismos que podían escribirla y lo hicieron. Escribieron sus “Cien años de soledad”. Fueron los casos de Fuentes, Tierra nostra (1975); José Donoso, El obsceno pájaro de la noche (1970) y Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo (1981). Todas de gran calidad narrativa, pero no con la magia verbal, realismo fantástico, más los aciertos narrativos de la de García Márquez. 

“La casa del gato”, óleo del pintor Hilario Olivo

En el caso de la poesía, cuando un poeta logra un texto se convierte en una obcecación del otro poeta e inicia la búsqueda de otro, un texto “capital” dentro de su poética, dando la sensación de que no es por un drama espiritual que se escribe, sino porque el otro poeta escribió un poemario que “trascendió”. 

Al escribir por encargo del consciente aflora la envidia de que, si el otro pudo, por qué no yo, y es cuando empieza la creatividad a disminuir. 

Los poetas dominicanos (como los escritores del Boom, por celo de oficio e ideología) terminaron por repelerse unos a los otros, por “insano” que aparente. Hasta que el poeta no tiene éxito o lo que se conoce como tal, no se sabe la reacción del coetáneo. 

El escritor que se piensa como “centro del mundo”, en caso de que lo piense y los resultados no son lo que se esperan, da contra la tierra y es otro quien tiene que levantarlo. 

En arte, las personalidades son complejísimas, incluyendo al de talento menor. Aun se pertenezca a una misma generación, compartan privadamente, sean compadres, se reconozcan en el camino en la noche o en el día, aparentan, fingen ser “uña y carne” o estén casados con dos hermanas, se piensan diferentes en la labor que los une, en este caso la poesía, aunque simulen lo contrario, con sus excepciones.

Las razones que dan pie para las creaciones de cada quien, es todo un suplicio de Tántalo, laberinto de Creta o un círculo del infierno de Dante (el paraíso pertenece a los poetas “malos”). Las diferencias se evidencian en la escritura y aunque lean lo mismo, compartan la misma ideología, pasen horas de sus vidas dialogando (diálogo de sordos), en el fondo se rechazan. Lo que sucede en sus cabezas es imposible rastrearlo. Sus obras abundantes o no, deberían hablar por ellos en el lenguaje más elocuente de una obra literaria, que debe ser la calidad. El resultado de cualquier arte. 

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La influencia de Manuel del Cabral (1907-1999) en la poesía dominicana deja mucho que desear. Lo mismo podría decirse con otros grupos generacionales. En el caso de los Independientes del 40, cada uno sumergido en su “isla”, respecto al otro. Son independientes por motivos de exilio y autoexilio (físico y espiritual) viviendo en el mismo país, yendo y viniendo en cargos diplomáticos (el sueño americano de cualquier escritor criollo de antes y de ahora) desde la dictadura Trujillo. Es el caso de Hernández Franco y Héctor Incháustegui Cabral, vivieron siempre en el país; y de vez en cuando en el exterior, pero siempre regresaban. Manuel del Cabral y Pedro Mir, este último exiliado por muchos años en Cuba donde escribiría su célebre Hay un país en el mundo (primera edición publicada allá y una segunda temprano en 1962 al regresar del exilio). De todos ellos y de los últimos dos, el de la obra más acabada y reconocida es Manuel del Cabral. Vivió muchos años en la Argentina y peregrinó en varios países de América Latina y no como exiliado sino como funcionario del régimen trujillista y publicitando sus obras (En Colombia publicaría en 1948, en ediciones Espiral, primera edición de Compadre Mon). En Argentina escribiría y publicaría sus títulos mayores, como Sangre mayor (1945), Los Huéspedes secretos (1951) y Trópico negro (1942), entre otros libros de poesía y prosa, incluyendo su poesía de tema negroide, entre otros títulos sugerentes, dentro del aire de creación de la época. 

Si partimos de los títulos representativos en la poesía de Manuel del Cabral y de calidad innegable, diríamos que en el país debería haber una caterva de seguidores (no admiradores por adjetivos), que siguieran las líneas fundamentales de las dos o tres que posee con logros propios, que son, la metafísica, la negroide y la amorosa; pero sucede todo lo contrario. ¿Qué pasó que el poeta de más amplio registro expresivo temático, con las tendencias más acabadas, la erótica, por ejemplo, a cien años de luz de la poesía amorosa dominicana, dejó indiferente a los poetas que surgían y a los coetáneos de Manuel del Cabral, como si él no existiera o fuera de otro planeta? En el mismo orden, lo mismo podría decirse de Mieses Burgos y de Pedro Mir, por ejemplo. El dolor de Manuel del Cabral era no ser reconocido y glorificado lo suficiente después del ajusticiamiento de Trujillo. “Rechazado” por los nuevos poetas y “Rechazado” por los antiguos, porque demostró haber escrito una poesía de calidad en la lengua y a la vez fue beneficiado por la dictadura más que ellos (excepto Pedro Mir), pero le trataban como si no hubiese escrito nada que sirviera. 

Al vivir Manuel del Cabral en Buenos aires, Argentina, capital cultural de la literatura y la publicación del libro en América Latina, ocupar cargos diplomáticos, al igual que en Chile (en tiempo de los líos políticos de Pablo Neruda), gozó, por la calidad de sus obras poéticas, de difusión (un ejemplo su Antología Clave (1930-1956), edición Editorial Losada de 1956; de que se les publicaban y reseñaran, de acuerdo a la naturaleza y el carácter de Manuel del Cabral, en busca de divulgar su obra, no hay duda… pero eso es moneda de cambio en la poesía. En poesía el reconocimiento se busca, se rastrea, se sale a la caza. El poeta crea las circunstancias para la divulgación de su obra y Manuel del Cabral no tenía reparo en conseguirlas. Si el reconocimiento no viene a uno (como el poeta se comportaba), indudablemente que hay que salir a buscarlo como sea y donde sea. La personalidad, un tanto díscola del poeta, no lo ayudaba a que lo tomaran como el poeta que realmente era. Era, ese desparpajo, la manera en que demostraba su “genio”.

Autoría del pintor Hilario Olivo

Manuel del Cabral publicó en el extranjero tres antologías, impensable para un poeta dominicano en ese tiempo; la primera, Antología tierra, ediciones Cultura Hispánica, (1930-1949), edición de 1949, España; la segunda, Antología Clave (1930-1956), Argentina, Editorial Losada, edición de 1956 y Los Anti tiempo, Centro Editor de América, Buenos Aires, Argentina, edición de 1967. En Chile, Historia de mi voz (ediciones Andes, Chile 1964); en Argentina una novela, Presidente negro, y en Santo Domingo relatos cortos, micro relatos como se denomina ahora. Publicaciones que ningún poeta vivo de ese momento iba a emular ni a superar; y eso en vez de traer admiración arrastraba celos. Otros poetas publicaron en México, Brasil, como Incháustegui Cabral, poesía bien escrita, pero sin la gracia de la poesía de Manuel del Cabral, su primo. Por la razón que sea, en la Historia de mi voz (autobombo de biografía, que recuerda a una de un ruso célebre (Historia de Belcebú a su nieto), de Gurdjieff, prosas parecidas en la exageración de la vida de por aquí y de por allá (la de Gurdjieff, interplanetaria y la de Manuel del Cabral, terrestre). 

En su periplo de la poesía del “buen salvaje”, Manuel del Cabral en Historia de mi voz, nos relata y resalta la búsqueda de los reconocimientos de los grandes poetas (para él) de Colombia, Uruguay, Chile, no de México. Solo Incháustegui Cabral se compara en salida al extranjero, no en el orden de las letras sino en su labor de diplomático, pero que aprovechaba para publicar sus libros de poesía; de los sorprendidos mayores, Mieses Burgos, nunca salió del país, Fernández Spencer, estuvo en España estudiando y de embajador en Uruguay, Gatón Arce, tampoco salió, Aida Cartagena Portalatín, salió después de la muerte de Trujillo  y de los independientes, Pedro Mir, vivió en Cuba y Hernández Franco estuvo muy joven por Francia y en Centro América, donde ofreció su célebre conferencia sobre la poesía popular y negroide. En el caso de Domingo Moreno Jimenes sus viajes eran astrales, sin salir del paisaje y el cielo dominicano. En fin, todo lo que le estaba pasando a Manuel del Cabral en Argentina y demás países les era ajeno a los poetas del patio y si lo conocían o si el poeta remitía sus libros a los conocidos y amigos, estos los colocaban en el estante de los libros olvidados.

Indudablemente, Manuel del Cabral es el poeta de más reconocimiento, nunca alcanzado por poeta alguno, en su ciento y pico de historia republicana en el orden de las letras del país, pero sin influencias en los poetas anteriores y posteriores. Al único poeta que influyó en una fase de su obra, fue a Juan Sánchez Lamouth, que Manuel del Cabral incluyó en una selección que hizo en 10 poetas dominicanos (colección Parnaso dominicano, edición 1980). Manuel Del Cabral, no era de los que reconocía así por así a poeta alguno sin que él figure como centro. De ahí que los poetas contemporáneos a él, aun reconociéndole su valía, pero no para exagerarlo como lo podría pensar el mismo del Cabral cuando vino de retirada al país en la década de los 70, debido a que en América Latina y la misma Argentina, la situación política no andaba para andar por las nubes, además ya Trujillo no estaba dirigiendo el país, había sido ajusticiado unos años atrás. Las dictaduras militares y el anti comunismo, debido al caso cubano, se estaban poniendo de moda en América Latina y cualquiera dejaba el pellejo y venía a darse cuenta en el cielo; y como la sensibilidad social y la preferencia política de Manuel del Cabral era medio sospechosas, no porque no le salieran bien los poemas sociales ahora y negroides antes, y la política… Tuvo que volver para su amado país, porque no tenía para dónde coger y, para suerte de él, la generación de los 80 lo reivindicó unos años más tarde, con toda su valía como poeta importante, pero no para seguirlo como influencia. Eso no significa que uno que otro poeta no cite los Huéspedes secretos para adornar un poema, o los de orden eróticos, porque ya los negroides no estaban de moda.

Entonces, toda esa trayectoria de buen poeta, de ganarse por calidad y buena poesía en ultramar, aquí no olía a nada y eso debió dolerle a Manuel del Cabral, y no porque nadie es profeta en su tierra como suele aludirse como si fuera el comienzo de un dolor, no; es porque los poetas dominicanos se repelen unos a los otros, aunque digan que se aman y anden para arriba y para abajo. Se reconoce que el otro es bueno, pero sin entrar, solo en el adjetivo calificativo. Y para ser justo, Manuel del Cabral se merecería prolongar sus hallazgos metafísicos, eróticos (que tienen mucho del atrevimiento y desfachatez de este siglo y el anterior, que es toda una tradición clásica) por seguidores que buscaran “superarlos”, lograr poemas de innegable calidad como él; y ni decir de su narrativa breve, cercana a Gómez de la Serna, el de las millonésimas Greguerías, que a Manuel del Cabral les quedaban estupendas, también por sus hallazgos metafísicos y asombro sin par.

Donde cada quien se cree el “centro del mundo”, en el mismo trayecto de la noche, las coincidencias o lo que podría llamarse como tal, encontrarlas, sería para organizar una fiesta hasta “la amanezca”. Aquí solo se parecen los poetas de pocos logros expresivos o los que cultivaron los temas sociales y abandonaron al ponerse en buenas, también por la política. O empiezan a parecerse a sí mismos cuando van en decadencia, que Manuel del Cabral tuvo, pero no por repetirse. Su vendaval interior le llegó con lo que le tocó, con los méritos acumulados con sus libros mayores, escritos décadas atrás. A veces por estos lados se da que nadie quiere parecerse ni reconocer los logros expresivos del otro ¿compañero? No llego a tanto. Y aunque la poesía se escriba para el otro poeta, esta lo deja atrás, para colocarse por encima y al saltarle consigue un lector o creador sapiente, que siente y ve el poema como lo que es: un goce, no un striptease, que detiene el crecimiento, vital para toda buena lectura. Se lee para crecer espiritualmente y es el mejor “aporte” a la vida de parte del poema.    

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Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.