Uno/El regalo

Cuando don Gustavo anunció la noticia solamente Amari estuvo completamente feliz. Clara, su hermanita más pequeña se asustó solo de oírla. Cesarín, únicamente ama a los perros, así que un caballo, aunque sea de la raza poni, no parecía lo mas correcto.

Pero don Gustavo, en una de esas noches de lectura de cuentos para dormir, le prometió que le compraría un caballo pequeño y estaba decidido a toda costa a cumplir la promesa que le hiciera a Amari. La esposa tampoco estuvo de acuerdo con la idea del regalo. Imaginaba el relincho en el corral del patio, la cabalgata en la madrugada que no la dejaría dormir con el galope, el olor a caca y a orín del animal y hasta lo peligrosa que podría resultar una caída desde su lomo. Pero don Gustavo no se dio por vencido. Efraín, el mejor ebanista del pueblo, le ayudó a salir victorioso.

Ese domingo, don Gustavo llegó a la casa con un caballito hecho con la madera del árbol de la caoba. Estaba recién pintado, hermoso y reluciente. Desde el cuello colgaban las crines largas hechas de tirillas de cuero. La silla de montar acolchada con un óvalo en forma de almohada y a un lado de las ancas del pony, la letra A gigante, como para que todos supieran que era el caballito de Amari.

 

Dos/La virtud

Juan Ángel no tenía buen oído para la música. Era algo torpe para bailar merengues y bachatas, y muy lento para las acrobacias y los malabares que realizaban los otros chicos de su misma edad. Nadie le había conocido una virtud que lo distinguiera de los demás muchachitos; así que todos, incluso él, estaban convencido de que el hijo de Antonia y Rubén había nacido sin gracia. Cuando faltaba un mes para tener los 15 años cumplidos, decidió salir por primera vez fuera del pueblo de Jamao, para ver cómo era el paisaje de las otras comunidades. Todo parecía normal. Nada resultaba extraño. Solo un niño que había nacido con su misma condición se percató de que cerdos, vacas, gallinas y caballos, también se marchaban en su misma dirección y que en el cielo, una nube de pájaros de todas las especies seguía a Juan Ángel.

 

Tres/La clase de Ciencias

Amari tuvo la idea mientras realizaba un trabajo en equipo con otros chicos del cuarto grado. La señorita Smith, su maestra de Ciencias, los había sentado en grupo de tres para completar una asignación del capítulo dos, el cual trataba sobre la reproducción de los seres vivos. Mientras buscaba las respuestas en el texto, un relumbrón de felicidad iluminó de repente su carita, volviéndola más pícara y alegre de lo que siempre había sido.

Al llegar a la casa puso en marcha su plan: En una cajita de madera que había sido el envase de los dulces de navidad, empezó la recolección de las semillas que juntaría para su propósito. Primero una simiente de mango banilejo, luego una pepa de aguacate, a lo que le siguieron semillas de lechosa, níspero, naranja, guayaba y mandarina, separadas una de otra por una barrera de servilleta y acomodadas cuidadosamente como si fuera una pequeña familia.

Dos meses más tarde, el veinticuatro de junio, día del cumpleaños de su abuela Juana, mientras los demás nietos hacían malabares para conseguir un presente para ella, Amari ni siquiera tuvo que romper el cochinito de su alcancía. Le entregó a la abuela la caja, ahora debidamente forrada con papel de regalo y un hermoso moño de cinta roja. Cuando Juana abrió la bombonera para ver su regalo, no comprendió de qué se trataba, pero Amari con un aire de pequeño científico, le dijo:

― Te he regalado un bosque, abuelita. Solo tienes que esperar un poco a que llegue la lluvia.

 

Cuatro /La chichigua

Durante el periodo de la Navidad del año dos mil veintisiete, una terrible noticia llegó a la familia de Amari. Pimpo, el perrito de la raza Boston Terrier que le habían regalado a su hermano Cesarín, desapareció sin dejar rastro. Aconteció la noche anterior a la festividad. El sonido de los fuegos artificiales asustó sobremanera a Pimpo, y en su desesperación corrió, corrió y corrió, hasta lo profundo del bosque que colindaba con el patio de la vivienda. Al parecer, el cachorro perdió el rastro de regreso y no pudo volver a su casita.

Al día siguiente, una brigada de amigos hizo un recorrido por todo el vecindario, mostrando una foto en la que aparecía Pimpo jugando con el abuelo. todavía Cesarin no se ha recuperado de la tristeza y sigue buscándolo cada vez que da un paseo en bicicleta. Amari tampoco ha perdido la fe de encontrarlo sano y salvo. Pero, por si no regresa para la primavera, ha tomado la foto de Pimpo y la ha pegado en el centro de su chichigua. Cuando sus compinches estén frente a la playa elevando sus barriletes, papalotes y chiringas de todos los colores, él va a encumbrar la suya lo más alto que pueda. Tiene la esperanza de que en el cielo de los animales alguien haya visto a Pimpo y le diga cómo volver a casa.

 

Cinco /Día de campo

El color de la pradera era espectacular. Un sol majestuoso de verano caribeño iluminaba todos los rincones del paisaje y Amari escuchaba con gran deleite un canto lejano que emergía de entre las ramas de los árboles. No llegaba a distinguir si era el trinar de un sinsonte o el gorjeo de un canario. Su abuelo silbaba imitando el cantar de las aves para que él pudiera reconocerlas, pero este sonido no se le parecía. Si hubiese sido una cigarra o el golpear de un pájaro carpintero no tendría dudas para identificarlo.

A lo lejos, unas pequeñas formas se movían como flotando. Eran ovaladas y de colores vivos y zigzagueaban como si ejecutaran un baile. Amari se fue acercando hasta que pudo identificarlas. Ahora estaba claro. Eran un enjambre de mariposas de San Juan. Unas grandes y amarillas, otras un poco más chiquitas y rojinegras. Realizaban su viaje migratorio para reproducirse en el camino. Las que iniciaban el trayecto paraban a la mitad del recorrido, y sus descendientes continuaban hasta terminar la aventura de multiplicarse y migrar.

Amari se mantuvo quieto para atraerlas y cuando se aproximaron: ¡zap!, atrapó una al vuelo. Arqueó el puñito de su mano ahuecándolo para encerrarla sin hacerle daño. Sentía en la piel de los dedos el cosquilleo que producía el movimiento de las alas.

Luego la liberaría para que viviera en libertad. Solo quería tenerla por unos instantes hasta que Marisol y Clara la vieran, pues ellas no le creerían que había visto una. La voz de la madre sacó a Amari de la maravilla de aquella ilusión:

― ¡Levántate, muchacho! se hace tarde para ir a la escuela, le dijo.

Aún estaba soñoliento cuando iba hacia el baño. Llevaba el puñito cerrado. Creía sentir el aleteo sobre la piel y se negaba a abrir la mano, con temor de que se le escapara la mariposa amarilla que había atrapado en el sueño.

 

Seis /Preguntario

El tiempo es un carro que corre muy veloz cuando de chiquillos se trata. No hace tanto tiempo, Amari era un bebé que a duras penas gateaba y, de repente, un día nos sorprendió a todos dando sus primeros pasos. No bien se había incorporado del suelo, ya parecía un ciclón tumbando juguetes, libros, macetas de flores, gafas de lectura y cuanto objeto encontraba en su camino. Apenas se había calmado un poco, comenzó la otra tormenta:

― Abuela, ¿El arcoíris tiene palabras de lluvia para hablar con las nubes?

Justo cuando ella empezaba a hilvanar una respuesta, Amari volvía a la carga.

―Abuelito, ¿Quién le quita el frío al río cuando llega la nieve?

No da un respiro, la tormenta preguntona arrecia:

―Mami ¿Por qué no vuelan las flores igual que las mariposas?

Para algunos, sus interrogantes no tienen lógica. Pero para mí, que quisiera volver a ser niño, me parecen de lo más juiciosas.

―¿Dónde se esconde la luna por la mañana?, ¿Quién pintó de verde la cotorra?, ¿Quién hizo la canción que cantan los grillos?, ¿La mamá del ciempiés le compra todos los zapatos?, ¿Dónde se esconden las palabras que pienso y no digo?…

Nada detiene el mar de preguntas que hace en un momento.

Pero, una vez, su madre le hizo a él una interrogante:

― Amari, ¿Quién dejó la toalla mojada sobre la cama?

Se hizo un silencio total. Podía escucharse el más mínimo sonido mientras Amari guardaba silencio. Por un momento todos fuimos niños y nadie sabía la respuesta.

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César Sánchez Beras es poeta, narrador y dramaturgo, que estuvo en la diáspora en Massachusetts por varias décadas. Obtuvo, entre muchos otros el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña 2025 y el Premio Biblioteca Nacional de Literatura Infantil 2026.