Enana tenía que ser, y bruja, según dicen. Aunque, lo que se dice enana, enana, no lo era, realmente, es decir, no como esos del circo que lucen deformes y con ciertas partes de su cuerpo que parecen haber sido encargadas a distintos suplidores… No, nada que ver. Ella se daba incluso el lujo de verse bonita cuando se arreglaba, y sobre todo después de pasarse varias horas mirando fijamente un espejo colocado entre dos cirios encendidos en una habitación a oscuras hasta que los ojos se le licuaban en la cara. (“¿Y se quedará ciega, la muchacha?”).
Aquella era una época en que los días iban y venían como rueda de amolador. Algunos incluso traían su música por dentro y su pan debajo del brazo. Había que saber cogerlos, eso sí. Uno a uno, porque si no… Desde chiquita, con tal de hacer que la gente le creyera, era capaz de meterse en más berenjenales que Eneas, aquella Enana. De hecho, si es cierto el chisme que todavía hoy se cuenta, esa debe ser la causa de que su crecimiento se haya detenido cuando apuntaba a convertirse en todo un cromito. ¿Te acuerdas? Hace décadas que nadie usa esa palabra. Los cromitos eran cosas dignas de verse durante mucho rato, sobre todo si traían fotos de mujeres desnudas. La Enana tenía de veras un talento descomunal para la mentira, y un aljibe repleto de anécdotas, muchas de su propia invención, pero la mayoría basadas en hechos y situaciones en las que se vieron involucrados cientos de personas reales, conocidas suyas o no.
Así han funcionado todas las máquinas de fabricar mentiras desde que el mundo es mundo: basta con ajustarse al tema y seleccionar los rasgos más efectivos de la interminable lista de documentos humanos perpetuamente disponibles en cualquier sociedad. La memoria propia y la imaginación ajena se encargarán del resto. De hecho, a la mayoría de las personas les resulta totalmente imposible distinguir qué parte de todo aquello que se les dice es verdad y qué es mentira, sobre todo cuando se trata de familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, etc. Este tipo de personas es capaz de creer cualquier cosa que se les diga, y esto así precisamente porque están convencidas de que nos conocen y se han acostumbrado a mantener bajas sus defensas. Pero si manejarse entre este personal de confianza resulta fácil, con el resto de la gente resulta mucho más fácil todavía, ya que la mayoría ignorará siempre que lo único que pueden saber acerca de ti es lo que tú mismo les dices o lo que logran averiguar de parte de otros a quienes ya te has encargado de mentir antes que a ellos. En cualquier caso, sin embargo, el mentiroso debe tener buena memoria y suficientes recursos histriónicos para saber de qué manera y en qué momento cambiar de cara o de papel. Y entre todas las características de la personalidad de la Enana, esta última fue la que más le favoreció.
—Mi abuela era una india azteca mexicana a la que mi abuelo violó y preñó cuando tenía dieciocho años. Mi papá es el fruto de esa violación. La segunda vez que mi abuelo quiso violar a mi abuela, ella le arrancó toda la piel de la espalda con sus propias uñas, y después de eso no volvió a verlo nunca más.
Ella podía decir cualquier cosa y su contrario y como quiera daba igual. Un día descendía por línea directa del último tlatoani, que, según ella, era en realidad una mujer que se escondía bajo la máscara del Sol. Otro día pertenecía por el lado materno al noble linaje de la misma Blanca de Castilla y de los reyes Capetos, y por eso estaba totalmente blindada y protegida contra toda clase de ataques en cualquier parte del mundo donde viviese. Mientras tanto, según ella, necesitaba mantenerse en low profile, y por eso había movido ciertas relaciones para lograr ingresar al estrecho círculo personal del Doctor y así poder pasar desapercibida y disimular la que, siempre de acuerdo con su propio testimonio, era una de las mayores y mejor consolidadas fortunas personales de toda la región del Caribe y de buena parte de América Central.
¿Y se puede saber entonces qué más hacía la Enana, aparte de mover el culo más rápido que la escoba de un barrendero mientras caminaba por las aceras y calles del Polígono Central? Negociaba impunidades, prebendas, coyuntas, pensiones vicarias, tantos por ciento de una infinidad de contratos, comisiones, expediciones de cheques en pago de viejas cuentas por cobrar, becas, sinecuras, favores supra e infra ministeriales, tú ponles el nombre que ella te lo resuelve. ¿Ahora? Y en la hora de tu muerte, ya que, según ella, también era la “sobrina” preferida de un cardenal masón y singón, lo que se dice un padrote que sabía atender como una reina a su mamá en la época en que esta última dirigía a las Siervas de María. Dicho pater noster era además uno de los poquísimos individuos que tenían libre acceso a la puerta trasera del Doctor, por donde no entraba ni la brisa si él o ella no lo permitían. ¿Y tanto poder tenía la Enana? Ya te dije que era bruja, no me obligues a repetirme, que eso me azara el estilo. Ahora, si te interesa, te diré en qué rama, escuela, capilla, postura o posición encajaban mejor sus incontables talentos. Capaz de envenenar vidas era, sí, pero no para matar, sino para producir lisiados espirituales a troche y moche. Una verdadera legión de tullidos morales, cojos anímicos, rencos intelectuales y tuñecos sociales la señalaba como la única culpable de su desgracia. Aparte de eso, era experta en procurarse ganancias de todo tipo: directas e indirectas, como rentas o como inversiones a fondo perdido, por vía de subvenciones, donaciones, o en la forma de contratos de capitalización, de fusión o de préstamos sin garantía para fines de aumento del capital de producción. También cobraba jugosos dividendos por concepto de una gran cantidad de préstamos con altas tasas de usura que ella facilitaba a clientes bien seleccionados y mucho mejor depurados entre los miembros más desesperados de la clase más pendeja y endeudada de la sociedad dominicana, que es la de aquellos que se sienten pertenecer a la clase media alta a pesar de que sus únicos ingresos dependen de la voluntad de sus jefes, los cuales componen una colección de chupasangres que se sienten casi nobles cada vez que los ven bajar la vista y la cabeza cuando pasan frente a ellos sin saludarlos.
Por otra parte, poseía un total de siete compañías de venta y alquiler de inmuebles distribuidas en distintos puntos de la ciudad de Santo Domingo con las que manejaba las propiedades que sus abogados iban decomisando e incautando por aquí y por allá a una serie de pobres diablos en cesación de pagos, y su capital crecía exponencialmente cada mes con todas las comisiones que cobraba por concepto de cabildeos, alcahuetería, pasamanería, limpiasaquismo, in house y off house lobbies y hasta por pago de servicios o favores sexuales realizados por sus docenas de reclutas rescatadas tanto de orfanatos y familias disfuncionales como de oficinas públicas y privadas. Aparte de eso recibía los beneficios e intereses que le producía un verdadero ejército de riferas de aguante, de jugadores de bingos benéficos, apostadores de bancas deportivas y de toda clase de juegos de cartas, desde el póker al uno, pasando por el 21, el Black Jack y hasta al Yu-Gi-Oh.
Se explica de ese modo la fama de mujer inmensamente acaudalada pero desafortunadamente demasiado excéntrica para el gusto de una sociedad hipócrita que la misma Enana se dejó crecer entre sus conocidos y sus menos próximos allegados. El rumor público le atribuía, entre muchas otras, la propiedad de unas 24,000 tareas de tierras, equivalentes a 15,096 kilómetros cuadrados, o sea, una vez y media el tamaño de la isla de Puerto Rico, repartidos en diversas fincas agrícolas y agropecuarias que estaban ubicadas en distintas localidades del valle del Cibao. Evidentemente, en una sociedad tan envidiosa de la dicha ajena y tan miserable como la dominicana resulta prácticamente imposible la posesión de una fracción de la quinta parte de la mitad de un tercio de semejante extensión de terreno sin despertar la angurria de todos los estreñidos, tiñosos, tumbapolvos, abrepuertas, lameculos, bañaperros, rascatripas y asquerosos sopeteadores de tragos ajenos, quienes no vacilarán en alquilarse la mitad de un capitán, siete libras de juez del Tribunal de Tierras, cuatro cuartas de libra de alguacil y tres de ujieres, ocho onzas de notario y hasta un chisguete de diputado para luego falsificar no solamente el título de propiedad, sino hasta los folios del papel de acta notarial y los ocho sellos de Rentas Internas de RD$25.00 con que se legalizan los trámites de sucesión por herencia de los terrenos en la República Dominicana. Era, pues, esa y no otra la verdadera razón por la que la Enana había logrado desarrollar desde muy joven una indescriptible capacidad de simulación, únicamente igualada, pero no superada, por la de los demás miembros de su familia.
A pesar de lo dicho, ni sus nunca bien ponderadas dotes como cabildera ni su increíble fortuna personal constituían la principal base del poder de la Enana. Ese lugar lo ocupaban, sin lugar a dudas, su insospechable talento para seducir a cualquier hombre valiéndose de engaños, trapisondas, juegos mentales, enredos afectivos, rompecabezas sentimentales, manipulaciones psicosociales y un conocimiento poco usual del sublime arte del tigueraje femenino.
En ocasiones, le bastaba con saludar con un sonoro beso húmedo aplicado con la mayor naturalidad del mundo en la comisura izquierda de la boca de su víctima después de haberlo mirado fijamente durante un segundo apenas y, en el preciso momento en que sus labios se juntaban, oprimir sus espesos senos contra el pecho del varón de manera tal que este sintiera la punta turgente de sus pezones acariciarlo sutil pero insistentemente por encima de su camisa. Eso, claro está, dependiendo de quién fuera la víctima que en ese momento estuviese a punto de caer en sus redes, pues, mientras otras veces tenía que recurrir al alcohol para desinhibir a su futura presa, en ocasiones debía fingir que estaba irremediablemente borracha antes de terminar de beber el contenido de su primera botella de 12 onzas de cerveza tipo Pilsener. Lo cual confirma la validez de aquel viejo axioma popular entre los biólogos del siglo XIX, según el cual: “A cada batracio le corresponde un proyectil en proporción a su tamaño”, popularizado como “Asigún ei maco, é la pedrá” entre los anónimos filósofos sibaritas cibaeños.
Raras veces, en sus correrías nocturnas, la Enana aceptó la cercanía de otras mujeres. Prefería actuar a solas y al amparo de las sombras. Así, más que dizque hija de una madre casi noble, más que dizque nieta de un presidente de la República y más que dizque descendiente de una reina indígena o de otra reina europea, la Enana era ante todo hija de su propia imaginación, o lo que viene a ser lo mismo: hija del azar, de sus filias y sus fobias, de sus pulsiones de vida y de muerte, de sus miedos y de sus pasiones. “Sameo Quefidia Toruva” era una frase que había leído por casualidad en las páginas de un ejemplar de la revista Vanidades correspondiente a un mes cualquiera de 1984 que había encontrado en la sala de espera de un salón de belleza una tarde de sábado de mayo de 2026, cuando ella contaba apenas con trece años de edad. “Sameo Quefidia Toruva”, se repitió a partir de entonces una y otra vez mirándose al espejo cada vez que tenía la menor oportunidad. De ese modo, “Sameo Quefidia Toruva” se convirtió en su bastón, su varita mágica, su ábrete sésamo y su abracadabra, todo incluido. Por ridículo que parezca, fue de este modo como tuvo lugar su primera incursión en el campo de la magia. No sería ni la última ni la más importante de todas, dicho sea de paso.
En cierta ocasión, mientras compartía en su casa junto a dos de sus primas un postre casero hecho a partir de churros con leche condensada y frutas en almíbar, Margot, la secretaria de su mamá, le dijo que, si quería ganarse el amor de cualquier hombre, sólo tenía que untarse la raíz de sus cabellos con una mezcla de aceite de ruda, aceite de culebra y elíxir de las Siete Potencias, y luego, antes del amanecer, escribirse con tinta negra en la planta del pie izquierdo el nombre del hombre al que quería dominar, el cual quedaría así definitivamente atrapado bajo su influencia hasta que decidiese deshacer el hechizo, para lo cual bastaba con escribir al revés las letras de su nombre en la planta del pie derecho después de haberse aplicado la misma pócima en el cuero cabelludo.
Esa misma tarde, aprovechando que las primas las habían dejado solas, Margot la inició en el sublime arte del cunnilingus mental, para lo cual debió aprender a repetir mentalmente las sílabas TOO GRASP GREL PAN, mientras miraba fijamente a los ojos de su propio reflejo en el espejo imaginando que veía la imagen de otra mujer que se desnudaba y se tendía en el suelo ante sus pies. Y cuando fuera capaz de verse a sí misma como otra en esa posición, podría dedicarse durante el tiempo que quisiera a procurarse a sí misma un placer que nadie más podría producirle e incluso alcanzar el orgasmo perfecto, el cual se diferencia del orgasmo común porque está compuesto de numerosos pequeños orgasmos en cascada que la sacudirán por completo desde la punta de sus cabellos hasta los dedos de sus pies.
Desde que se vio a solas en su habitación, la Enana puso en práctica esa misma noche lo que le había enseñado Margot. Durante los primeros días, por supuesto, a lo único que la condujeron aquellos ejercicios místicos fue a unas masturbaciones catastróficas que la dejaban totalmente exhausta, pues, al cabo de quince o veinte minutos de contemplarse al espejo, se veía en la imperiosa obligación de procurarse con las manos aquello que su mente estaba todavía en la incapacidad de alcanzar. Luego de tres semanas de práctica perseverante, sin embargo, comenzó a notar un cambio en la manera en que su mente reaccionaba ante aquellos ejercicios espirituales. Y a la sexta semana, ya era capaz de atravesar con facilidad la barrera del espejo y verse a sí misma tumbada desnuda en el suelo. Llegó a alcanzar tal maestría en ese campo que muy pronto se hizo inmune a toda clase de caricias, tanto las superficiales como las otras. Y a partir de ese momento, comenzó a dar los primeros pasos en el camino que terminaría convirtiéndola en una prostituta sagrada.
A ese fin la condujo su encuentro con el doctor Stephen Silverspoon (el nombre real se omite por razones legales), médico británico que había llegado de incógnito hacía menos de un año huyendo de las nefastas repercusiones de una serie de eventos relacionados con su participación en el desarrollo de una nueva técnica para realizar el cambio definitivo del sexo biológico en pacientes previamente seleccionados de acuerdo a unos rigurosos criterios de compatibilidad genética con el tratamiento a base de células madre obtenidas de las estrellas de mar. A lo largo de los diez años que había durado la aplicación de esa técnica en un hospital de la ciudad de Londres, una larga lista de suicidios, perturbaciones mentales y desórdenes fisiológicos en una gran cantidad de pacientes víctimas de ese tratamiento había logrado alertar a las autoridades acerca de sus incontables riesgos, y claro, Silverspoon había optado por abandonar precipitadamente su país tratando de desaparecer de la escena pública hasta que el asunto quedara olvidado y las aguas regresaran a su nivel normal.
La misma noche de su primera cita con el doctor Silverspoon, la Enana, quien durante mucho tiempo ignoró los trágicos episodios que habían manchado para siempre el nombre profesional del médico inglés, puso a prueba la eficacia de lo que le había enseñado su amiga Margot y, sin pestañear siquiera, se lo llevó a la cama. A partir de esa noche compartirían tiempo y placeres por espacio de tres años consecutivos. Se les vio bailar en sitios de moda, cenar en restaurantes carísimos, asistir a las galas de numerosos conciertos, pero lo que nadie lograba entender era cómo carajo lograban comunicarse si él, que medía siete pies y tres pulgadas y que hablaba seis lenguas europeas y tres orientales aparte del griego y el latín que había aprendido en la Universidad de Oxford, no hablaba una sola palabra de español y ella no pasaba del jelóu, jaguar llu, guas yornéi que le habían enseñado las monjas sanchinas del colegio donde había realizado sus estudios secundarios a pesar de haberse recibido de licenciada en Administración de empresas en una de las universidades locales de mayor prestigio, donde le concedieron los honores de otra persona, seguramente, ya que los suyos estaban totalmente fuera de cuestión en este caso. Amor Omnia Vincit, se limitaba a responder Silverspoon citando a Virgilio cuando alguien –usualmente una mujer– decidía jugárselas y le preguntaba en un inglés fluido y decididamente americano acerca de la serie de serias diferencias (de edad, de tamaño, de educación, de orígenes culturales, pero sobre todo de idioma) que había entre ellos.
Lo que a todas luces resultó evidente era que la Enana estaba lo que se dice de vuelta y media por su “doctorcito”, como empezaron a decirle a Silverspoon desde que se corrió la voz por toda la gente bien de la ciudad de que andaba para arriba y para abajo con ella. Durante los tres años que anduvieron juntos decía a quien quisiera oírla que no se cambiaba por nadie. A falta de una mejor manera para marcar su distancia respecto a lo que según ella era “la plebe”, comenzó a ponerse unos vestidos cuyo uso resultaría inconcebible en cualquier otro país caribeño que no fuera la República Dominicana, pero que a ella le parecían más dignos de llevar en compañía del doctor Silveipún, que era la manera en que ella pronunciaba su apellido ante los extraños, aunque cuando estaban a solas ella sólo le decía “Papi”, “Papacito” o incluso “Papaíto Piernas Largas”, asumiendo como la hipótesis más probable que el pobre Stephen no tendría la más puta idea de quién era Jean Webster ni de por qué su novela más famosa se titulaba precisamente así pues ella tampoco lo sabía. De hecho, lo único que conocía era la serie de dibujos animados japonesa que volvió a ponerse de moda cuando ella era apenas una niña, y tal vez ni siquiera eso, pues más de una vez le había sorprendido emocionarse al ver películas o al escuchar canciones de otra época como si realmente estuviera sintiendo las emociones que transmitían los actores y actrices o los cantantes. “¿Y quién se cree esta que es, la duquesa Job?”, preguntó en cierta ocasión una señora encopetada que la vio entrar a una galería de arte en compañía del Dr. Silverspoon. La señora en cuestión había hablado aparentando mirar para otra parte, pero todo el que la escuchó sabía que únicamente podía referirse a la Enana. “¿Te imaginas lo que sucedería si alguien de una estatura tan pequeña tuviese un complejo de inferioridad?”, preguntó otra mujer en el mismo tono risueño y burlón en que había hablado la anterior. “¡Claro que sí: desaparecería!”, gritó esta vez una tercera voz femenina.
Ficha técnica
Título: La Enana
Autor: Manuel García Cartagena
Editor: Carlos X. Ardavín Trabanco
Editorial: G.C. Manuel, Editor
Cantidad de páginas: 370
Obra de portada: Everlasting Spring, de Ariadna D. Ardavín-Musa
Fecha de publicación: 10 de julio 2024
Formatos: Kindle, tapa dura y tapa blanda
ISBN: 979-8-33-599229-9
Enlace de la novela en Amazon: Amazon.com: La Enana (Spanish Edition) eBook : García Cartagena, Manuel: Tienda Kindle
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Manuel García Cartagena es narrador, ensayista, poeta, novelista y traductor. Posee un doctorado de Letras francesas modernas por la Université François Rabelais de Tours (Francia, 1992), con tesis sobre «Las apuestas del “Yo” en las novelas de los surrealistas» («Les Enjeux du “Je” dans les romans des surréalistes»). Con La Enana obtuvo el Premio Anual de Novela correspondiente a 2026, otorgado por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana.