Feliz Navidad de parte de Hegel

Fue el año que murió mi hermano. Yo vivía en el norte y tenía pocos amigos o todos se habían ido. El día de Navidad estaba sentada en mi sofá, leyendo algo sobre Hegel. Les ruego me disculpen si saben mucho de Hegel o comprenden sus ideas, yo no y por eso voy a parafrasearlo torpemente, pero me pareció entender que decía que estaba harto de las críticas populares a su horrible prosa, a lo que añadía que la gramática convencional, con su burda dicotomía de sujeto y verbo, estaba en conflicto con lo que él llamaba «especulación». Siendo la especulación el asunto propio de la filosofía. Siendo la especulación el esfuerzo por apresar la realidad en su totalidad interactiva. La función de una frase como «la razón es el espíritu» no era afirmar un hecho (decía), sino poner a la razón junto al espíritu y permitir que sus significados se mezclaran tiernamente en la especulación. Esta noción de un espacio filosófico donde las palabras van a la deriva en una suave y mutua redefinición de sí mismas me produjo una gran alegría, pero también me sentía sola y desdichada porque toda mi familia había muerto y encima era el día de Navidad, así que me calcé mis grandes botas, me puse el abrigo y salí a visitar la nieve.

¡No lo había hecho desde la infancia! Había olvidado lo asombroso que es. Me interné en un bosque. Abetos, los maestros de todo esto, alrededor. Veinte grados bajo cero con viento, pero entre los árboles no hay viento. El mundo se sustrae a sí mismo por capas. Los ruidos externos como el tráfico y el roce de las palas se desvanecen. Los ruidos internos se vuelven audibles, chasquidos, suspiros, caricias, ramitas, el aliento de los pájaros, las uñas de las ardillas. Los abetos se mueven con enormidad. El blanco está perfectamente curvo, pasmado de sí mismo. Soplos de bruma helada y algunos chismes dorados flotan hacia arriba. Las sombras rastrillan su inmovilidad a través de la nieve con una vibración de otras sombras que se cruzan con ellas, sombra sobre sombra, a velocidades precisas. Hace mucho frío, luego también eso comienza a sustraerse a sí mismo, el cuerpo se enfría en la superficie, pero el núcleo está caliente y es posible desconectar la superficie, retirarse al núcleo, donde fluye una paz deslumbrante, tan deslumbrante que no me avergüenza usar la palabra deslumbrante, y no es la paz de la separación de los sentidos, sino la paz limpiadora del mirar, escuchar, sentir en el núcleo mismo de la nieve, en el núcleo mismo del cuidado de la nieve. No tiene nada que ver con Hegel, y él no admiraría las frases burdamente convencionales con las que he intentado contarlo, pero sospecho que si ese día de Navidad no hubiera decidido probar el estado de ánimo de la particular indignación gramatical de Hegel, nunca habría salido a visitar la nieve, o me habría quedado a especular con ella, o habría tenido la paciencia de sentarme y hacer un registro especulativo para mí como si fuera una forma valiosa de pasar la tarde, una forma plausible de transformar el horror helado de la jornada festiva en una especie de regreso al hogar. Feliz Navidad de parte de Hegel.

(Del libro Flota, 2020)

 

El viejo cárdigan azul de mi padre

Ahora cuelga del respaldo de la silla de cocina
donde siempre me siento, como estuvo colgado
del respaldo de la silla de cocina donde él se sentaba.

Me lo pongo siempre que entro en casa,
como él hacía, pateando el suelo
para quitarme la nieve de las botas.

Me lo pongo y me siento en la penumbra.
Él no habría hecho esto.
El frío baja desmochando desde el hueso de luna del cielo.

Sus normas eran un secreto.
Sin embargo, recuerdo el momento en que supo
que estaba enloqueciendo dentro de sus normas.

Un día me lo encontré en la rampa del garaje.
Llevaba puesto el cárdigan azul con los botones abrochados hasta el cuello.
No era sólo que fuera una tarde calurosa de julio

sino la expresión de su rostro…
igual que un niño al que una vieja tía ha vestido de buena mañana
para un largo viaje

en vagones helados y andenes borrascosos
se sienta muy derecho al borde de su asiento
mientras las sombras como largos dedos

sobre las balas de heno que pasan ante sus ojos
no dejan de sobresaltarle
porque avanza hacia atrás.

(Del libro Hombres en sus horas libres, 2007)

 

Hombres de TV: Tucídides conversa con Virginia Woolf en el plató de La Guerra del Peloponeso

T: El sonido del timbre se extingue en siete segundos, luego se enciende una luz y te vemos andando.

VW: Puedes explicarme otra vez ese andar.

T: Comienzas con el pie derecho, luego el izquierdo, das nueve pasos así y luego vuelta a empezar en la dirección contraria.

VW: Esto es algo que hace todos los días.

T: Sí, es una rutina.

VW: Sin sentir.

T: Rutina.

VW: Y cuándo empieza a hablar.

T: Con el cuarto paso. La primera frase termina justo antes de darte la vuelta.

VW [caminando]: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos.

T: Camina encogida al principio. Cuando empieces a hablar yérguete ligeramente.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades.

T: Demasiado color. No muevas la cabeza. Se monótona, muy distante.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades. Los costes indirectos…

T: Es una improvisación, no un relato. Estás buscando las palabras, corrigiéndote todo el tiempo. Voz de epílogo.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades. Los gastos indirectos incluyen las pérdidas económicas provocadas por la muerte…

T: Demasiado sonsonete. El tono tiene que ser más frío. Pero tenso.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e…

T: Tal vez deberíamos calcular el movimiento de los labios.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes… No.

T: Estás buscando el tono, no puede ser. Piensa en visionario. Prueba de nuevo a partir de «muerte».

VW: … la muerte de efectivos, los daños a la propiedad, problemas de producción y abastecimiento, ayuda humanitaria y demás. Por ejemplo, los costes directos de la Primera Guerra Mundial se estiman en $186.333.637.097 y los costes indirectos en…

T: Mantén la tensión.

VW [alzando la voz]: $151.646.942.560 lo que eleva la factura de la guerra a un total de $337.980.579.657 (calculado en dólares americanos) para todos los participantes.

T: No del todo. Recuerda que sientes frío todo el tiempo. También tu cuerpo. Hay viento norte y sur.

VW: Qué me dices de un cigarrillo.

T: Y no suenes triste, en ninguna circunstancia debe sonar trágico. Tal vez deba dejarte sola un rato.

VW [caminando y murmurando]: A pesar de estas cifras, la Primera Guerra Mundial se sostuvo básicamente gracias al crédito bancario.

T: El movimiento de los labios debería tener más o menos la misma duración. De hecho, uno dura 22 segundos, el otro 24.

VW: De ahí la Segunda Guerra Mundial.

T: ¿Podemos jugar con esa banda de luz?

(Del libro Hombres en sus horas libres, 2007)

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Anne Carson, Premio Nobel 2026, nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo. Jordi Doce (Gijón, España, 1967) es ensayista, editor, poeta y traductor. Doctor en letras por la Universidad de Sheffield.