Se está en un invierno eterno
Que es la realidad;
La primavera es la imaginación.
Con la entrada del solsticio de invierno
El Hada muerta del río seco, en procesión
Los árboles cortados en fuego
De niebla del bosque y algo desconocido
Del orbe por disolverse en arena (en la superficie
Un mar de plástico sustituyendo a los peces).
Quien acaba de soñar esta casa vacía
Que un día fue familiar a una familia
Compuesta de padres, abuelos e hijos, sabe
Que en un momento una casa están todos
Los ritmos y en otro apenas está el vacío.
Ahora de muchedumbre, ahora de a poco
Habitada, acaba de ver llegar como nubes gentes.
Todo silencio es memoria afectiva.
El perdido, el sueño, el soñado en esa casa,
Es tomado en cuenta como portador
De manos vacías, de ríos invisibles
Como quien alcanza, en quiromancia,
A interpretar… en vez de rosas florecidas
El recuerdo de las últimas vistas a lo lejos.
Lo que significa el bosque encantado es una infancia
Que sin poder ya ser recobrada, es una manera
De despertar como quien deja caer piedrecitas
En el camino, para cuando vuelva de regreso,
Bajo la salvedad de que, si no es el mismo camino,
Lo sea cuando quien recuerde, sueñe…
Todo solsticio es magia tan antiguamente
Representada, quizás polvo de estrellas,
De transeúnte, aunque no se vea, sentirlos…
Que, cuando, en el trópico altera lo indescriptible,
En frescor de alas lo desconocido da sosiego
De medianoche por soñar, propiciando luces;
La inocente magia de la luz solar no bien se despierta.
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Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en Derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.