1

Soñar hace que se despierte

donde nunca se ha estado ni se estará.

El lugar donde se sueña la barca,

semeja flor de loto, a la hora

en que el sueño adquiere la intensidad

del súcubo y un nombre.

 

Sueño íncubo, recámaras, espíritu

irreconocible por el intelecto,

aún bajo el asedio de la hora del día.

Dentro, flor de loto deshojada,

manera de retener las formas

de las antorchas de fuego y el apagarse.

 

Larga la noche del sueño, los demonios

de las estaciones metamorfoseándose

en la arena, en las olas: formas irreconocibles

brotan como de paredes acuosas,

aprendiendo a reír de los gestos fallidos,

de la misma barca a la deriva, de las ansias

pirómanas de: ¿dónde encontrar

la angustia que no se sienta dormida?

 

¿Dónde los gritos que solo se recuerdan

al despertar? El danzar de la claridad

entusiasta, entrando por las ventanas

y la luz repentina que dibuja los ocasos

en las palmas de las manos reflejada

en los ojos, entre remolinos de agua,

semejando esta vez a lo imaginado

metamorfoseado en suspiros tras haber

sobrevivido a la noche, a los demonios

de concavidades óseas entre vientos circulares.

¿En qué lugar de la noche, del sueño fue?

correspondencias: olas de día, de noche: regocijo.

 

 

 

El de la barca, Yo. ¿Quién más, además,

que a cada intento de encender las concavidades

oscuras del agua, antorcha en mano, quiera

prenderle fuego a su sombra sin conseguirlo?

 

El Yo, sin ser el Ser, adrede busca

correspondencia sin conseguirlo, sino por destino.

 

Ah, el orbe representado por un rostro

desencajado en la locura de la palabra

cuerdo, en los azogues de la tierra blanda,

de las paredes como cuerpos desmembrados,

sonriendo ante el sufrimiento en hacer

lo que no se ve, pero como se queja sabe

que hay alguien, aunque no se muestre.

 

El de la sombra, el que se quedó varado

en la barca, en su ascenso y descenso de las olas.

El de la barca, Yo, ¿con todo y haber despertado?

 

 

3

La barca, el súcubo, ¿lo que desea el íncubo?

Donde alguien deshoja flores de loto tal vez;

donde el agua, que solo exista en el recuerdo,

flote, abrume, y solo conserve los rostros

donde dijo que amaba y de las huellas

nazcan alas, pompas de jabón del agua.

 

Seguir siendo el que no se es en el camino.

En la barca, la respuesta la dio el fuego;

en el despertar, a quien menos se espera.

 

Quien sobrevive a su propio sueño de naufragio

llega a imaginar: ¿cómo lo haría en el próximo

despertar? De quien menos se espera llega la mano.

 

La correspondencia, donde hay que buscar

a ese lugar no se ha llegado, ni por sueño, ni despertar.

—-

Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.