“Santo Domingo, primada y última, ciudad laberinto, ciudad abismo.

Santo Domingo, puta vestida de Armani, calzada con chancletas de goma y perfumada de Rococó. Tus axilas grajientas despiden vapores de salitre, mariscos y podredumbre.

Santo Domingo, ciudad que se traga a sus hijos más vulnerables, los digiere, los defeca y tira en sus cloacas inasequibles”.

Con esta embestida verbal, el escritor Luis R. Santos nos arroja dentro de Lukio Santo Domingo. No es una descripción ni un saludo cortés al lector, sino una cruda declaración de principios estéticos y sociales. Estas líneas iniciales funcionan como una radiografía de nuestra propia esquizofrenia urbana: esa capital que presume torres de cristal y etiquetas de lujo mientras, en sus costuras invisibles, se desgarra la dignidad de los que sobreviven con las chancletas rotas. Antes incluso de presentar a personaje alguno, Santos convierte a Santo Domingo en una entidad viva, contradictoria y devoradora; una ciudad capaz de exhibir belleza mientras esconde, entre sus márgenes, la tragedia silenciosa de quienes crecen en el abandono.

Existe algo que muchos lectores llaman “resaca literaria”: esa especie de vacío emocional, de intranquilidad persistente, que dejan ciertas novelas después de terminadas. Lukio Santo Domingo me dejó exactamente en ese estado. Recuerdo haber llamado a mi padre y a mi hermana porque necesitaba hablar de lo que acababa de leer; el silencio parecía insuficiente después de una novela así. Había admiración ante la potencia narrativa de la obra, pero también una sensación desconcertante frente a la crudeza humana y social que acababa de atravesar.

Ahora bien, lo que desconcierta y lo que atrapa desde la primera página, es que al dar vuelta a esa hoja el lector no se encuentra con el niño de la calle que el título anuncia, sino con Orestes Sotero, un niño que a los ocho años amputaba patas a sapos, torturaba ratones y vaciaba cuencas de conejos en un laboratorio financiado por su padre. Este salto brusco entre la miseria de la intemperie y la podredumbre de la mansión anuncia la apuesta narrativa más ambiciosa de la novela: construir un sistema donde cada personaje encarna una forma distinta de violencia y donde el verdadero tema no es la pobreza, sino la deshumanización absoluta que atraviesa todas las capas sociales. Porque la crueldad, parece decirnos Santos, no entiende de clases; sencillamente cambia de forma según el dinero que la financie.

La estructura de la obra es el primer mecanismo que sostiene esa idea. La historia no avanza de manera lineal, sino que alterna tiempos y escenas mediante una especie de contrapunto narrativo que mantiene una tensión constante. Mientras asistimos al descenso de Lukio hacia la marginalidad, también se desarrolla la perturbadora obsesión científica de Orestes. Ambas trayectorias corren paralelas hasta encontrarse, pero lo fundamental no es el encuentro, sino el contraste que se genera mientras se espera. Santos fractura el tiempo y siembra pistas que el lector no descubre sino cuando ya es demasiado tarde. La primera página menciona a “aquellos que son capaces de eliminar a su padre para que no obstaculice sus planes”, y uno lo lee como una digresión del narrador. Solo mucho después, cuando se revela que Orestes asesinó a don Vicente intercambiando su insulina, se entiende que aquello no era especulación, sino confesión. El dato estaba ahí, escondido en la niebla de una estructura que solo revela sus secretos a quien presta atención.

Esa misma lógica de la pista sembrada opera en el plano de los personajes. Santos nunca dice “la sociedad dominicana es violenta”. Nunca coloca a Ramón y a Orestes en la misma página ni los compara explícitamente. Sin embargo, ambos infligen daño a seres más débiles. Lo que cambia es el contexto que los envuelve. Ramón tortura a un niño en una casa sin recursos, empujado por el alcohol, la frustración y la certeza de que nadie va a pedirle cuentas. Orestes tortura sapos, ratones y conejos en un laboratorio privado, con instrumental quirúrgico, bajo la mirada indulgente de un padre que cree estar criando a un genio. Es el lector quien, al recibir ambas historias, hace la conexión; y en ese instante el sistema se revela con una nitidez desgarradora. La deshumanización no es un fenómeno exclusivo de la miseria. En el barrio se llama abuso doméstico. En la mansión, vocación científica. Que una misma novela pueda contener tantas formas sin contradecirse dice más sobre la sociedad dominicana que muchos tratados de sociología.

Portada de Lukio Santo Domingo, de Luis R. Santos, La Pereza Ediciones, La Florida, Estados Unidos

Este hallazgo (que la violencia no distingue entre el callejón y la residencia) encuentra su mayor respaldo en los personajes secundarios, que no son menos importantes para el engranaje. Milenia, la hermana gemela de Orestes, cose su vestido de novia mientras su hermano entierra el cadáver de Lukio en el patio. La novela nos dice al inicio, con la misma naturalidad con que se describe un mueble, que ella padece deficiencias mentales. Y durante decenas de páginas el lector la ve cocinar, soñar con casarse, sin comprender del todo qué lugar ocupa en la casa ni qué lazo la une al doctor. Cuando el dato regresa a la memoria, la incomodidad es inevitable: el incesto ha estado flotando sin que nadie lo nombre, sin que ella lo sepa, sin que Orestes se inmute. Su silencio no es complicidad; es otra forma de la invisibilidad, la de quienes habitan la tragedia sin comprenderla.

Por su parte, Melchor Polanski (el detective por correspondencia que se cambió el apellido Polanco por Polanski para darse más “filin”) encarna la imposibilidad de la justicia en un mundo donde los cuerpos descartados no dejan rastro. Acepta el caso de Lukio movido por una mezcla de necesidad económica y soledad afectiva, y su muerte, encerrado en el baúl del Mercedes de Orestes mientras el médico duerme la siesta, es de un absurdo tan cruel que roza lo grotesco. Lo más amargo, sin embargo, no es la muerte del detective, sino lo que ocurre después. Orestes va preso, sí, pero por el único crimen que no cometió. Por Lukio, por su padre, por quienes sí asesinó, no responde. El sistema penal castiga, pero a ciegas, sin entender qué está juzgando realmente. Y ahí la novela deja de ser ficción para convertirse en un comentario punzante sobre la realidad dominicana: un país donde la justicia llega tarde, mal y contra quien no debe; donde la incompetencia del sistema no solo deja crímenes sin resolver, sino que castiga a los culpables por razones equivocadas, como si el expediente se armara con los retazos que van quedando y no con la verdad. Orestes muere en su celda sin haber enfrentado jamás el peso real de lo que hizo. Y esa impunidad de fondo, esa desconexión entre el crimen y la condena, es quizás una de las denuncias más filosas que la novela deja caer sobre nuestra forma de entender (o de no entender) lo que debería ser la justicia.

Mayra, en cambio, es quizás la figura más compleja de la novela, porque encarna a la vez el abandono y la búsqueda, la culpa y la venganza. Emigra a Italia porque en su país “los hombres creen que una mujer vale un pica pollo y una cerveza Presidente”, y allí trabaja, envía dinero y luego se enamora de un muchacho italiano y desaparece durante dos años. Cuando regresa y descubre que su hijo se ha fugado de casa tras los abusos de Ramón, decide hacer justicia por su cuenta y contrata a un sicario de Capotillo. Pero la violencia, una vez desatada, no distingue entre culpables e inocentes: el asesino mata a Mercedes, no a Ramón. La confusión no es un capricho del azar, sino la consecuencia inevitable de un sistema donde el daño se ramifica y se equivoca de víctima. Leer ese desenlace es enfrentarse a una verdad dolorosa y amarga. Y es que en una sociedad donde la justicia institucional falla, la que se toma por mano propia tampoco acierta.

Uno de los mayores aciertos de la novela es que nada de esto se enuncia desde un narrador externo que observa la miseria con distancia piadosa. El lenguaje de Lukio Santo Domingo está tejido con la oralidad y el habla popular dominicana. Los personajes hablan como habla el dominicano real: con dominicanismos, expresiones callejeras y ritmos propios de la cotidianidad. “Abimbar a patadas”, “palomos”, “vitamina” para el cemento: cada voz refleja un contexto, una clase social y una forma de sobrevivir dentro de la ciudad. Ese registro no es decorativo, es una toma de posición. Significa que el narrador no viene de afuera a contar la pobreza; está adentro, conoce los códigos, respeta los nombres que las cosas tienen en la boca de quienes las viven. La literatura dominicana ha ensayado muchas formas de contar la marginalidad, pero pocas veces con esta cercanía: aquí no hay un escritor que traduce el barrio para un lector ajeno, sino un barrio que se cuenta a sí mismo con sus propias palabras. La novela no romantiza la marginalidad ni la convierte en espectáculo, sino que enfrenta al lector con una realidad incómoda y dolorosamente cercana. Hay fragmentos que parecen desgarrados directamente de la memoria colectiva dominicana, escritos con una sensibilidad que humaniza incluso los espacios más hostiles.

Lukio muere sin que su madre lo sepa. Melchor se pudre sin que nadie lo llore. Mayra huye hacia Italia cargando un cadáver equivocado. Orestes se corta las venas en su celda, no por arrepentimiento, sino porque ya no le quedan cuerpos que inyectar. No hay redención. Lo que sí hay es una arquitectura narrativa que, al negarse a separar a las víctimas de los victimarios, al insistir en mostrarlos como productos de un mismo suelo, obliga a quien lee a hacerse cargo de la conexión. La ciudad que abría la novela como una “mala madre, mal parida” cierra sus fauces sin haber soltado a nadie.

Y quizás lo más perturbador no sea la violencia que la novela narra, sino la naturalidad con que se reconoce. Ese realismo sin adornos, ese lenguaje dominicano filoso y legítimo, esas pistas sembradas en los pliegues del tiempo narrativo, son los recursos con los que Luis R. Santos ha construido no solo una obra maestra, sino un espejo donde la sociedad dominicana puede mirarse, si se atreve. Porque esta es nuestra realidad, es la realidad de los niños que vemos todos los días en los semáforos, en las esquinas, en la Winston Churchill. Basta con levantar la vista una tarde o una mañana para ver el paisaje cotidiano de una ciudad que se viste de Armani mientras abandona a sus hijos más vulnerables a la intemperie. La misma ciudad hermosa y ruidosa es la que deja que sus hijos duerman en las cuevas del malecón mientras nosotros pasamos ajenos. Y este es el resultado de una capital que aprende a convivir con la herida sin mirarla. La pregunta que queda flotando es cuántos Lukios están siendo digeridos ahora mismo mientras se camina por la ciudad con el perfume del Rococó. La voz poética que abre el libro lo preguntó sin rodeos: “Dime, Santo Domingo, hermosa, ruidosa, mala madre, mal parida, ¿qué hiciste con tu hijo Lukio?”. La respuesta no está en la última línea, sino en la mirada de quien cierra el libro y ya no puede fingir que no sabía.

 

Referencias

Santos, L.R (2025). Lukio Santo Domingo. Santo Domingo, República Dominicana.

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María Isabel Echavarría Montero es estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Su ensayo “Escribir sin escribir: inteligencia artificial y simulación del talento” obtuvo el primer lugar en el I Concurso Literario Universitario de la Región Sur. Es articulista de los periódicos Acento y El Caribe. Sus principales intereses se centran en la crítica literaria y en el análisis de los clásicos, especialmente desde su vigencia y proyección en la sociedad contemporánea.