El lector encontrará en Materna un estilo peculiar. La escritura de los poemas se parece a las páginas de un libro o de un artículo de periódico. No se engañe el lector: es pura poesía, conmovedora, tan cerca de la vida y húmeda de la gracia de los tocados.

Son poemas de ruptura con la continuidad y por eso mismo, se convierten en tradición de las nuevas voces que vendrán. Ignacio Urunga inaugura un camino inédito en la poesía de nuestro tiempo, bebe de poetas griegos y romanos de la antigüedad y les da un significado otro, así como Ezra Pound transformó y dio vida a antiguos poetas chinos y a los trovadores del siglo XII. Pound decía que el trabajo de la poesía es convertir lo antiguo en algo nuevo y los poemas de Ignacio Urunga nos dan esa lección.

Safo dijo: “Me parece igual a un dios, el hombre que frente a ti se sienta… y eso me sobresalta dentro del pecho el corazón… la lengua se me hiela y un sutil / fuego no tarda en recorrer mi piel”. El autor de Materna escribe: “vos / yo: el mal manejo/ de las emociones, tuyas, mías, en simultáneo afectadas”. Un lenguaje contemporáneo cambia y eso es poesía de hoy y también una enseñanza de vida. Repetir el sufrimiento en uno mismo sin darle otro destino es una forma anticipada de la muerte.

Este es un libro de amor, lleno de hallazgos veloces que sólo un poeta excepcional puede encontrar. Amor a la madre fallecida, sí, amor a una mujer perdida, sí, pero ante todo amor a la palabra que trae “la nada dicha acerca de tu sueño para siempre”. Hadewich de Amberes escribe que las vías del amor son siete, pero Ignacio dice “espacio de la letra / donde hoy pasa mi conciencia ágrafa de lo suce-/sivo: te levantarás –en futuro– ayer”. Abre así un sendero de amor desconocido para la trovadora de Dios de Amberes, la que escribía música con dolor de espalda.

Materna no carece de menciones exteriores, Stalin o el dólar aparecen por ahí, intervenciones en un trayecto espiritual que no elude el real, aunque pudiera. Esto es parte de la sólida materia poética que Ignacio crea en su torre de sangre sin eludir sus componentes, “los desechos que exuda la zona industrial”, ni “si hubiera al fin, pues, acaso verdad sido tanta belleza”. La música de las palabras de Ignacio es un espacio otro, nos toca el corazón, la vida cotidiana, ésa que esconde un tesoro en cada insignificancia y él nos hace descubrirlo aunque no lo sepa.

México DF, 2013

 

NOTA: Este fue el prólogo escrito por Gelman para la edición original de Materna (Trilce Ediciones, México, 2013) y reproducido en No hay, no queda, acá, nada, poesía reunida de Ignacio Uranga (Paradiso, Buenos Aires, 2026).

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Juan Gelman (Buenos Aires, 1930-2014). Fue el tercer hijo (el único nacido en Argentina) de un matrimonio de inmigrantes judíos ucranianos. Recibió varios premios, entre ellos el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2005) y el Premio Cervantes (2007).