Agua, elemento esencial para la supervivencia del planeta y de todas las formas de vida que en él existen, constituyente fundamental de sus estructuras, materia de incesante movimiento en el ciclo de evaporación, precipitación y desplazamiento que la lleva desde el aire a la superficie terrenal, y desde allí hacia el mar. Agua, destino final del todo, metáfora que hace visible lo invisible y comprensible lo desconocido; río que nutre la memoria que sustenta la palabra. Como el de Heráclito que todo lo rige, cambio incesante, fundamento de todo. 

Agua, como en la casida beduina que canta al amor frente al portentoso desierto que la esconde, o como el agua sexual de Neruda que recuerda a la “que cae como un desgarrador rio de vidrio, mordiendo, golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma, rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro”. Así es también el agua de Soledad Álvarez que, esparcida en su poemario Autobiografía en el agua, cumple con eso que para Gastón Bachelard constituye la primera tarea del poeta: el desanclar en nosotros la materia que quiere soñar. 

Pocos han estudiado la fenomenología de las imágenes de los elementos como lo hizo el Bachelard visionario conformador de un robustísimo cuerpo teórico sobre la creación artística que desmenuza la relación entre la imaginación poética y el fuego, el aire, la tierra y el agua. En el que se exploran las imágenes primordiales presentes en la búsqueda del mundo a través del agua y de los sueños, que en este caso no son más que el poema mismo. 

El agua de Bachelard, que aparece en su Ensayo sobre la imaginación de la materia, representa las “fuerzas imaginantes” que ahondan en el fondo del ser pretendiendo encontrar en él lo primitivo y lo eterno; lo acaecido en el andar de nuestro existir. En suma, eso que fluye en las páginas narradas en este libro de Soledad Álvarez, hermosa autobiografía que podría ser la de cualquiera de nosotros e indudablemente, la biografía de una generación. 

¿Cómo puede el agua entonces acoger aquellas fuerzas imaginantes? Pues bastaría recordar que el agua-camino, espejo del transitar, tal cual el tiempo, se escurre por los rincones penetrando todas las sendas, imitando al hombre que vive su destino. Como la poeta que regresa al germen de su ser ya no al encuentro del asombro ante lo inesperado, sino para a través de una exploración de lo íntimo, alcanzar con y desde la obra misma, la permanencia de lo transcurrido. 

Asistimos, pues, en estos textos a un viaje fantasmagórico que conduce a la autora en dirección a la sentencia primigenia que la condena al sueño terrenal y a la soledad con s mayúscula; al retorno de memorias infantiles pobladas por hombres y mujeres que en aquel 1961, …abrían grietas al muro del oprobio treintañero, deslumbrada la niña por efigies que rodaban por el suelo derrumbadas por la cólera de todos. Los senderos de este libro acogen a la quinceañera detenida en esa última estación de la inocencia, en el lugar donde el cuerpo invita al deseo apostado al doblar de la esquina mientras ella mira incrédula …cómo estallaban simultáneamente abril y sus pechos sin comprender la herida infligida a la patria invadida

Este es un viaje que sorprende a la joven inquiriéndole a Dios si acaso no llora, si no toma partido ¡Si acaso no se espanta la eternidad imperturbable! Es también el viaje de la mujer aturdida por un dolor que no cabe en la historia, ni en la suya ni en la nuestra; por el dolor de la muerte del amigo con quien nunca jamás podrá ir a recoger caracoles en la playa. El dolor de una atrocidad apellidada Orlando Martínez asesinado.

Tras visitar estos pasajes tempranos a través de la primera parte de la obra, Soledad Álvarez se torna intimista en un segundo grupo de poemas donde la sorpresa ha sido sustituida por el sobrecogimiento; por el meditar ante la inevitabilidad de la entrega del amor o la inexorabilidad de la asesina muerte; por el reconocimiento de lo nimio en el orden cotidiano o por los temores provocados por el qué y el porqué. Y por el convencimiento de que ni el amor alborozado en la jaula del pecho, ni el odio, ni Dios o su anverso, pueden salvar al poeta. Por eso, se confiesa: Solo tú me salvas, poesía.

Quienes conocemos las preferencias literarias de Soledad sabemos de su admiración por la excelsa ensayista, filósofa y poeta María Zambrano; es casi inevitable entonces el que busquemos, desprovistos de paralelismo alguno, huellas del pensar zambraniano en su planteamiento poético formal. De hecho, en el introito del poemario la autora nos confiesa a priori que la malograda pensadora deambula por entre las páginas de Autobiografía en el agua ya que es ella quien aparece en el único epígrafe del volumen. 

Y esto es así no sólo por la vocación salvadora de la poesía que Álvarez asume sin tapujos (en reminiscencia de la misma Zambrano quien, a su vez, ya ha dicho que al poeta le basta con hacer poesía para existir), sino también porque aquella búsqueda de la razón poética que obsesionó a la gran española está inserta en los textos de la obra que nos ocupa. Lo sabemos cuando, explícitay simbólicamente, Soledad lo hace constar a través del poema mismo diciendo…súbitamente mi sangre reconociéndose en la sangre derramada/ mi cuerpo en los cuerpos sublevados… Al afirmar que la que yo era dejó de ser por la que sería… Cuando pletórica de maternidad pregunta… ¿cómo imaginar el yo gestado en ti? Y cuando, deseante, establece reglas para un ayuntamiento corporal…Si las cosas no son en sí sino en mí,/ de mí emerges de mi mirada/ el ámbar de la tarde filtrándose por la ventana…  

Ese deseo (acaso inconcluso) cúmulo de emociones postergadas, delineado en un contundente único poema, domina las páginas de la segunda mitad de este volumen. Es el mismo deseo que había provocado a Ovidio en el siglo II a.C. cuando cantaba al placer del amor ilícito y el furtivo permitido que libraba de crimen al poema; el deseo del amor que Diotima narraba en el Simposio platónico; aquel contra el que Sartre advertía por el peligro de su cercanía a la posesión, escenario del encuentro del Sí –el sujeto mismo– con el otro, objeto del sujeto: el deseado. Y hasta el deseo contrario a la razón, el Samudaya, perturbador del progreso espiritual según el pensamiento budista.

Soledad Álvarez asume aquí el deseo con insistencia, como leit motiv de lo ya ido. El deseo como eje de una atracción no compartida, no consumada, impedida por la brecha que aleja al amor: …Yo te miraba al otro lado de la mesa/ te veía sonreír en tierra inalcanzable/ pero tú no me mirabas al otro lado de la mesa/ no me veías salir de la cárcel de hielo quemándome en mi propio fuego/ toda labio que busca el otro labio… 

Una suerte de deseo este que alimenta las incertidumbres del exacto corazón negado a salir a la intemperie, quizás temiendo lo peor. Porque lo peor, dice la poeta, …no fue el dolor en medio del pecho como disparo/ el manotazo/ la dentellada del desamor…/ lo peor era despertar cada día con la musiquilla enamorada/ vestirme de rosa rizarme el pelo/ lo peor era la dicha de imaginar lo que no era: lo peor era la esperanza. Este es, a todas luces, un imperdonable deseo que, cual marea que todo lo arrastra, condena el deseante a la soledad que sólo aguarda por el cadáver del amor. 

El filósofo contemporáneo Slavoj Žižek ha categorizado cómo “la desaparición del amor como evento trascendental” expresa lo sucedido a este sentimiento ante la vorágine mediática y tecnológica de la posmodernidad. Ante la certidumbre que la preponderancia de lo material como condición sine qua non que el vivir de hoy nos otorga, el amor a riesgo, el amor entregado al azar de la aventura y a las consecuencias de su permanencia o de su fin, el amor sugerido en estos poemas, en suma, parecería estar destinado a morir. 

Hablo aquí de un amor kamikaze incapaz de existir sin el convencimiento de su propia absurdez y sin la danza cuasi-mortal del enamoramiento –que no del amoramiento. Es el amor que no desea prescindir del convencimiento de que su riesgo lo vale todo, similar al amor que con la misma obstinación del piloto suicida que se reconoce inmortal, se arriesga a ser “muestra mortal de la inmortalidad”, como diría Pessoa.

Recordemos que el agua, según Novalis, es una llama mojada; certera afirmación esta si somos capaces de percibir el fuego de los versos que aparecen en Autobiografía en el agua; se trata de poemas que se escurren entre las aristas de la realidad y los linderos del imaginario a la mano de un sujeto que habla en primera persona y que no cesa de sorprendernos. Un sujeto que podría ser el hecho mismo, la autora, el lector, o el sentimiento reminiscente de la sentencia del maestro Borges: Mirar el rio hecho de tiempo y agua/ y recordar que el tiempo es otro rio/ saber que nos perdemos como el rio/ y que los rostros pasan como el agua…  

(Palabras de presentación del poemario Autobiografía del agua en la Quinta Dominica, Santo Domingo, 13 de octubre de 2015)

_____

Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, cofundador de la revista Plenamar.do y autor de Pentimentos. Apuntes sobre arte y literatura (Ediciones Cielonaranja, 2021).