Existe una paradoja que atraviesa buena parte de la poesía latinoamericana contemporánea: cuanto más se aproxima al cuerpo, más se aleja de toda representación naturalista; cuanto más intensifica el deseo, más se aproxima a la experiencia de lo sagrado. Esta inversión constituye uno de los desplazamientos más significativos de la sensibilidad neobarroca. Allí donde la tradición occidental había separado el cuerpo de la trascendencia, el erotismo de la espiritualidad y la carne del misterio, determinadas escrituras contemporáneas han comenzado a erosionar tales dicotomías hasta volverlas prácticamente irreconocibles. El cuerpo deja de ser el límite de la experiencia religiosa, se convierte, por el contrario, en el lugar donde la revelación acontece. La carne ya no representa el obstáculo para alcanzar lo absoluto, es el medio mismo a través del cual la experiencia de lo absoluto puede producirse.
Dentro de este horizonte estético, Inmaculada concepción (2026) de Roger Santiváñez (Piura, 1956) constituye uno de los proyectos poéticos más radicales de la literatura peruana reciente. Su radicalidad no depende únicamente de la intensidad verbal que despliega ni de la complejidad de sus procedimientos neobarrocos; reside, sobre todo, en la transformación profunda que opera sobre el imaginario religioso occidental. El presente poemario no desacraliza la tradición cristiana mediante una simple provocación iconoclasta, tampoco erotiza los símbolos religiosos como un ejercicio de transgresión superficial. La operación resulta mucho más compleja: el texto desplaza el centro mismo de la experiencia mística hacia el cuerpo femenino, convirtiendo el deseo en una forma de conocimiento y la escritura en un acontecimiento litúrgico.
Por ello, considero que Inmaculada concepción no representa una simple convivencia entre erotismo y religión, sino la construcción de una nueva economía simbólica donde ambos discursos dejan de funcionar como categorías opuestas. La sacralidad ya no pertenece exclusivamente al ámbito de la trascendencia, emerge desde la materialidad del lenguaje, desde la proliferación barroca del significante y desde la corporalidad femenina. Por su parte, el cuerpo deja de ser objeto de contemplación estética para convertirse en el lugar donde el lenguaje produce una experiencia de revelación. Esta transformación exige abandonar determinadas categorías interpretativas heredadas por la crítica tradicional. Durante décadas, buena parte de los estudios sobre la poesía neobarroca latinoamericana privilegiaron la exuberancia formal, la proliferación metafórica, la fragmentación sintáctica o la experimentación lingüística como rasgos definitorios del movimiento. Si bien tales elementos resultan innegablemente importantes, su análisis suele dejar en segundo plano una cuestión fundamental: ¿qué sucede cuando esa proliferación verbal reorganiza completamente la experiencia del cuerpo? ¿Qué ocurre cuando el barroco deja de ser únicamente una estética del exceso para convertirse en una ontología del deseo?
Inmaculada concepción desarrolla una poética de la liturgia del deseo, esta categoría —propuesta de mi lectura particular— designa un dispositivo estético mediante el cual el cuerpo femenino deja de funcionar como representación del deseo masculino para convertirse en el espacio donde confluyen tres procesos simultáneos: la materialización de la experiencia mística, la expansión barroca del lenguaje y la producción de una nueva forma de sacralidad inmanente. No se trata, por tanto, de interpretar el erotismo como metáfora religiosa ni la religión como alegoría del deseo, ambas dimensiones dejan de conservar autonomía conceptual para integrarse en una misma economía simbólica.
Esta perspectiva obliga, asimismo, a reconsiderar el lugar que ocupa el barroco dentro de la poesía latinoamericana contemporánea. Con frecuencia se ha definido el neobarroco como una escritura del exceso, de la proliferación y de la inestabilidad semántica. Sin embargo, semejante definición resulta insuficiente si no se examina aquello que dicha proliferación produce. La abundancia verbal no constituye un fin en sí misma, genera nuevas formas de percepción. El exceso lingüístico reorganiza las relaciones entre sujeto, cuerpo y mundo. Por ello, el poema deja de representar una realidad exterior; comienza a producirla.
Resulta significativo que Bataille sitúe el erotismo en las proximidades del sacrificio, del éxtasis y de la experiencia religiosa, no porque ambas realidades sean equivalentes, sino porque participan de una misma estructura antropológica: la transgresión. Allí donde las sociedades establecen prohibiciones, el erotismo inaugura espacios de suspensión. La experiencia erótica no elimina la norma, la hace visible precisamente al atravesarla, la sacralidad participa de un movimiento semejante y, finalmente, lo sagrado no aparece como simple oposición de lo profano, surge mediante un sistema de separaciones y rupturas que reorganizan la experiencia humana.
Esta concepción permite comprender uno de los procedimientos fundamentales del poemario porque no destruye el imaginario religioso, tampoco lo reproduce fielmente, lo atraviesa. La escritura introduce el deseo dentro del vocabulario litúrgico, incorpora la corporalidad allí donde la tradición había privilegiado la trascendencia espiritual, convierte la carne en superficie de inscripción simbólica. La consecuencia de este desplazamiento resulta decisiva: la mística deja de orientarse hacia la negación del cuerpo y comienza a producirse mediante su intensificación.
Los poemas dedicados a “Nara” constituyen quizá el ejemplo más evidente de este proceso. La mujer no aparece construida como personaje psicológico ni como figura narrativa plenamente individualizada, su presencia funciona más bien como una condensación simbólica donde convergen naturaleza, deseo, memoria, sonido y sacralidad. La identidad se disuelve progresivamente dentro de un flujo verbal caracterizado por la proliferación de asociaciones, desplazamientos fonéticos y encabalgamientos que dificultan cualquier lectura lineal del texto.
Lo verdaderamente significativo consiste, entonces, en observar que dicha complejidad formal no responde únicamente a una voluntad experimental. La fragmentación sintáctica reproduce el propio movimiento del deseo, el lenguaje deja de describir la experiencia erótica para comenzar a participar de ella y la sintaxis se vuelve respiración; la imagen, contacto; el ritmo, aproximación corporal. El poema ya no habla del deseo: desea.
Esta observación conduce a una reconsideración del estatuto mismo del lenguaje poético. Tradicionalmente, buena parte de la crítica ha interpretado el poema como representación simbólica de una experiencia previa. En Inmaculada concepción, por el contrario, el lenguaje constituye el acontecimiento mismo de la experiencia. No existe un cuerpo completamente anterior a la escritura, el cuerpo emerge mediante la escritura. El poema no registra el deseo, lo produce. Esta diferencia resulta decisiva para comprender el funcionamiento del libro.
En consecuencia, la corporalidad femenina deja de pertenecer exclusivamente al ámbito de la representación. El cuerpo se convierte en un principio organizador del lenguaje: cada desplazamiento fonético, cada proliferación metafórica y cada acumulación sintáctica participa de una lógica corporal que transforma la lectura en una experiencia sensorial. El lector no se enfrenta únicamente a una serie de imágenes, atraviesa una materia verbal cuya densidad exige otra forma de percepción.
Será precisamente esta transformación de la palabra en cuerpo, del cuerpo en liturgia y de la liturgia en deseo la que orientará las siguientes páginas, donde el diálogo entre la teoría del erotismo, la reflexión sobre la mística y la tradición neobarroca permitirá mostrar que Inmaculada Concepción no solo reformula el imaginario religioso, sino que propone una de las concepciones más complejas del cuerpo desarrolladas por la poesía peruana contemporánea.
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Josué Barrón (Perú, 1983). Escritor, pedagogo y comunicador cultural. Colaborador de varios medios informativos locales e internacionales. Ha sido ganador del Premio de Literatura del Gobierno Regional de Lima, mención cuento (2014), y Premio Centenario PUCP, mención poesía (2017). Dirige Editorial Qwerty.