José Gabriel Cabrera Alva lo ve. Ve el lenguaje. El modo en que abandona la frase, el verso, la palabra; fluye, corre, se encabalga, repentinamente se desprende de sí, se suelta o se corta. Lo ve y lo nombra en la escritura como para poseerlo, pero en este libro escribir es desposeer, desposeerse, ver el abandono de las palabras que nos abandonan:

 

veo el abandono

de las palabras no creo nada

delicado es lo que fue

y ya no puede ser nombrado

anagnórisis es una bella palabra

pero para qué me sirve

vamos

 

Desposesión y abandono son las fronteras de este libro. Tienen que ver con el movimiento y con la temporalidad. El verso se suelta en el momento justo en el que iba a cerrarse sobre lo dicho. Parece que se paralizara, pero no. Mantiene su impulso y su urgencia; su golpe sordo en las fronteras o lindes del poema. 

Se trata de una contra-lengua, una contra-dicción o, más precisamente, una lengua que le da la vuelta a la tradición. Se contrae, contrae la sintaxis, que es el lugar más visible de esa ida contra la dicción. Ahí, en la plena superficie de la hoja, el verso se observa a sí mismo desprenderse, abandonar su sed y vocación de absoluto. Porque allí, en el extremo o borde o precipicio del verso, que es también el lugar donde se hace visible el abandono, la palabra queda inconclusa, sin remate, sin sentido cabal. Y entonces se contrae, se vuelve sobre sí misma una y otra vez; se retrotrae, esto es, se abandona, –la palabra francesa “bandon” (“poder”, “jurisdicción”) viene del germánico “bannan” (“hablar en público”)–; la escritura ensaya una “contralengua” que supone la renuncia al habla pública; una reivindicación de lo privado de la lengua.

Este extraordinario poema, articulado en diecisiete secciones o movimientos, se construye en ese flujo o viento o vaivén. Vemos ir y venir a las palabras. Las vemos huir, abandonar y experimentar su propio abandono. ¿Qué importa quién o cómo las abandona o si son ellas las que abandonan? Lo importante es ver, verlo, quitarle el velo y darle nombre a ese hecho. Desnudas, expectantes, huérfanas y desprendidas de cualquier lugar fijo en la oración, las palabras hacen de ese desprendimiento una práctica constitutiva; una condición “contra”. Construyen, así, la arquitectura abrupta del abandono.

Al hablar del final del poema, Agamben había dicho que el mismo daría cuenta de su imposibilidad puesto que la propia naturaleza encabalgada del verso lo haría imposible. José Gabriel Cabrera Alva parece llevar esta intuición a un lugar más radical; lleva la palabra a su propio precipicio para poner en escena la propia imposibilidad ya no del poema, sino del verso. ¿Qué hacen sino poner en escena esta imposibilidad de sentido cabal, cerrado, esas partículas de la dicción que parecen sueltas, vacías, al final del verso?  Al encabalgar ya no solamente el verso, sino la palabra, el poema hace la espera, pero también deviene el lugar donde no puede llegar nunca a decirse la última palabra. Aquí nunca se cierra el lenguaje; aquí ensaya su Contralengua, convirtiéndose en el lugar donde se esperan las palabras que aún pueden llegar. Por eso las palabras aparecen como anunciadas o anunciando su propio desprendimiento al final del verso. Son lo corrido, lo que se mueve y desplaza. Allí, en esa última palabra colocada al final del verso está el abismo de la palabra que viene. No la vemos, pero está ahí, viniendo. No la leemos, pero podemos escucharla si miramos bien el abandono de las palabras que él ve:

 

digo cara o cruz

amacuerpo    esto es deslizarse

cuando los velos

se desdicen conocimiento

no es nombrar

veo que la palabra no existe

aunque cuántas veces señalamos

con cuánta gracia

la razón no es

sino una piedra lanzada al aire

el temblor

al ridículo

en un papel giratorio

pero las manos

es como tener

constelaciones en los dientes

y decir que se va

y decir que regresa

ahora que ya nadie cree en nada

hubo un tiempo en que se

ahora solo el no

tiene carácter de esencia

¿te acuerdas del alfabeto?

de la e a la u

y después los puntos suspensivos

–envíamelo a mi correo–

piel es la piel

líquida esfera

contra la noche

se desdice el mundo

contracciones

esperar la marea

y no hablar

caer

como se vuelve al abismo

las orquídeas

son el precipicio de las obsesiones

yo tengo la intuición

de que el que escribe no vale nada

por eso abro mi escalera

y es como mirar un objeto deseado

la boca de las estrellas

tú creías que

yo qué creía

gaviotas en los ojos

el mar es la frontera del abandono

dios mío

[…]

 

El monosílabo, la preposición, el pronombre, el artículo, la conjunción adversativa, el conector subordinante, entre otros, forjan un efecto de “contralengua”. Se trata de palabras que arremeten contra los mandatos sintácticos de la misma (por ejemplo, una frase no puede terminar en preposición). Palabras, sí, que abandonan, –alteran su orden, atribuyéndose nuevos poderes en la lengua colocándose, por ejemplo, en lugares imposibles.

Parecería que se tratara de una lengua simple. A contrapelo del barroco, de la ornamentación. Sin embargo, se puede identificar en ella el otro extremo del barroco, que sería ya no el horror al vacío, sino la exploración y excavación de un lenguaje inexistente (“veo que la palabra no existe”, nos dice al comienzo del libro). ¿Con qué palabras nos habla entonces? Se trata, así, de una poética arrojada a su propio vacío, –excava en él– una poética que quiere ir hacia el precipicio y la caída y, por momentos, a la paradójica posibilidad de nombrar con palabras que no existen lo que tampoco existe. Se distrae, sí, hay digresiones, pero eso que el verso suelta, esa palabra que parece quedar en el final abrupto del verso sola, abandonada, en caída libre, no hace sino ir en busca de lo que se quiere decir y, sin embargo, permanece siempre debajo, subterráneo, elusivo, en la grotta de la lengua.

“El mar es la frontera del abandono” nos dice en este primer poema. O, quizás sería mejor decir, en la primera sección de lo que parecería un largo poema articulado en diecisiete movimientos, o intuiciones, epifanías. Porque en el centro de cada sección, como una fuerza centrífuga acaso, se manifiesta una intuición, una revelación o epifanía llevada por la síntesis contundente de lo nominativo. Y así, esas luminosas intuiciones parecen aflorar en la superficie y extenderse a lo largo de este extraordinario poema. Son momentos que parecen refulgir, venir del vacío, súbitamente; golpes sonoros que quedan reverberando en las fronteras del poema; entre los silencios anteriores y los posteriores, en la respiración subterránea de las palabras hasta emerger de repente, como animales desenterrados de la tela de la escritura, como “flores muertas”, sí, recién arrancadas y con “el velo errante que nos hace imposible / nombrar…”. He aquí algunos ejemplos: “el mar es la frontera del abandono”, “entre los labios se construye el mundo”, “la posesión es una mentira de las manos”, “hablamos con un velo nupcial entre los labios”, “cautiva es la lengua de su propio precipicio”.

Como aquello que tiene el poder tutelar de abandonarnos, estas intuiciones, cautivas “de su propio precipicio”, refulgen con mayor fuerza por su carácter intempestivo e inesperado. Como aquello que nos abandona, nos dan un transitorio cobijo y luego, movidas por su propia urgencia, siguen de largo. Son versos filosos, urgentes, se desplazan, van hacia un lugar abierto, sin mandatos y, por eso, devienen ecos de una dicha, (contra) dicha en la lengua.

¿Quién abandona a quién en este libro?, ¿la lengua al poema?, ¿el poema a la lengua?, ¿la lengua a las palabras? ¿Qué significa ver el abandono de las palabras? Es la preposición “de” la que cautiva: ¿son las palabras las que abandonan o, por el contrario, son ellas las abandonadas y el sujeto que realiza ese acto se omite en el poema? ¿Quién, en ese caso, abandona las palabras y por qué? Hablamos o, mejor dicho, escribimos desde lo incierto. Lo que sé es que esta voz poética trabaja la lengua hasta su propio precipicio, hasta que la voz abandonada en ese precipicio lo abandona. Lo hace intempestiva, bruscamente, porque abandonar es, como hemos dicho, alterar el orden, como lo hacen esas preposiciones, pronombres, conectores, que quedan sueltos y desprendidos al final del verso, resistiéndose a cualquier prescripción de la lengua ocupando lugares nuevos no preestablecidos por la sintaxis del castellano. José Gabriel Cabrera Alva nos insta a ver y habitar en los bordes, en el límite de lo que se puede decir, allí donde la última palabra del verso se corre y se arroja al precipicio como una flor muerta que nadie puede no ver. Abandonada de sí, ya nadie podrá abandonarla.

 

Ficha técnica

Título: Contralengua

Autor: José Gabriel Cabrera Alva

Editorial: Pájaro de Fuego Ediciones S. A. C.

Cantidad de páginas: 74

Impresión: Impreso en el Perú

Primera edición: setiembre 2025

ISBN: 978-612-49359-7-8

—-

Silvia Goldman (Montevideo, Uruguay, 1977) poeta, ensayista e investigadora radicada en Estados Unidos. Es doctora en Estudios Hispánicos por la Universidad de Brown y enseña en la Universidad de DePaul, EE.UU.