Si algo en común hay en la novelística dominicana es el espacio, físico y sentimental, que define su dominio. Vemos así que, desde Enriquillo (1879), el barro fundacional de la eficacia evocativa de nuestros más conspicuos autores del género ha sido por lo general el acontecer local: las hazañas y desaventuras del protagonista criollo; el rol de sus costumbres y disposiciones anímicas en el desencadenamiento de sus confrontaciones ideológicas, conflictos políticos, económicos y sociales, y en las causas que determinan su destino.
Esa tendencia, centrada en el restringido ámbito de nuestros hechos, no responde a un patrón exclusivo del narrador dominicano. Como corriente literaria muy en boga en tiempos pasados, su enfoque localista, evidenciado sobre todo en obras de renombrados autores latinoamericanos, además de constituirse en medio de reafirmación de la identidad nacional y vehículo de denuncia ante la ocurrencia, ocasional o persistente, de situaciones problemáticas, parece obedecer, si no a una intención ética, por lo menos a la urgencia de incorporar elementos narrativos imprescindibles en la novela para definir la suerte de los personajes que concurren en su desarrollo.
Ciertos novelistas dominicanos, a pesar de haber situado la trama de las suyas más allá de las fronteras geográficas del país, han acertado en abordar el drama anclado a calamidades o hitos plausibles de compatriotas tanto de origen como de otros que, por circunstancias apremiantes o expectativas racionales, habrían dejado el país para terminar como emigrantes forzosos o voluntarios. Pero el otro país al que en ambos casos se habrían acogido esos dominicanos de nacimiento u origen, resulta a fin de cuentas ser una extensión de la patria nativa, a cuyo terreno el relato se habría trasladado sin menoscabo de su trasfondo localista.
Hay quienes, agrandando el campo de visión sobre el tema, se inclinan a favor de la idea que sustenta que la novela en sentido general complementa lo que por rigor disciplinario le está vedado a la historia. Así lo entiendo también, y en congruencia con esa línea de pensamiento, creo además que, a diferencia de la historia, la novela está llamada a trascender al plano que ausculta en la condición humana con todas sus vertientes. En esa capacidad inherente a su propósito, de escarbar en el terreno de las pasiones y la tragedia, y ahondar en las huellas del sufrimiento, la novela se realiza a sí misma y encuentra la arcilla en que se esculpe su anatomía. Hablo de la tragedia y el sufrimiento que mediante decisiones deliberadas se acarrea el hombre contra sí mismo. Porque ambos padecimientos suelen también derivarse de eventos fortuitos, pero cuando es el hombre quien los causa, adquieren la categoría de crimen prohijado por la irracionalidad y el salvajismo.
Solo cuando se adentra en esas consideraciones sustantivas: del alma, la psiquis, la conducta del ser humano como hombre de carne y hueso, con vicios y virtudes, contradicciones y confrontaciones consigo mismo y de frente a sus congéneres, alcanza la novela el punto de su redimensionamiento, y logra reafirmar su genuinidad como género. En otras palabras, es en ese punto que la novela alza el vuelo con que gana su máxima elevación. Porque el dolor, la tragedia y el sufrimiento como categorías epidémicas universales, en capacidad de hundir al ser humano en la desesperanza, no conocen de convencionalidades sobre cartografías políticas, sino que, el trazado de su mapa se dibuja indeleble en el alma del ciudadano del mundo.
Entendida de esa forma, todo cuanto gravite en la cotidianidad existencial del hombre con el efecto de agravar y perpetuar sus penurias, pierde en la novela esa constreñida visión de localidad, y en cambio adquiere la fatal calidad de una ubicuidad planetaria ajena a todo concepto asociado a límites, territorios o ciudadanías.
Es justo lo que transcurre en Ciudadano póstumo (Huerga & Fierro, 2025), de Luis R. Santos que, enmarcado en esos lineamientos, además de trasponer los límites de la insularidad mediante un salto cualitativo sobre las barreras del localismo, ahonda con voz sonora de alerta en la desgracia que en sus querellas ancestrales, ambiciones desmedidas y abismos existenciales se agencia el hombre contra su propia raza. Para cumplir su cometido, Ciudadano póstumo se convierte en una ventana con vista al pasto del poder hegemónico secular, una ventana amplia abierta por el autor contra brisas imperantes, a fin de mostrarlo en su codicia permanente por la dominación a costa de los miserables.
El instrumental con que Santos va en esta novela sembrando líneas abonadas de nutrientes enriquecedores extraídos de una prosa llana, fluida y llamativa, es la palabra precisa en armonía perfecta con una caracterización adecuada, y el empleo de recursos narrativos que le permiten hurgar en el agreste terreno del infortunio, la congoja y la desesperación.
Si nos propusiéramos establecer la preeminencia de un aspecto específico sobre cualquier otro de los que forman la estructura de Ciudadano póstumo, nos embarcaríamos en una tarea complicada. A partir de ciertos rudimentos que los entendidos en el arte de escribir historias suelen llamar, por ejemplo, tono, efecto o anticipación, y en función de la pertinencia de los diálogos, la introspección oportuna y los escenarios elegidos, el autor demuestra en esta última entrega, como en todas las demás de su dilatada carrera, estar en posesión de la pericia que reafirma su perfil y corrobora la seriedad con que aborda el exigente oficio de escritor. Por consiguiente, favorecer, digamos, el fondo a expensas del estilo, el símil a costa de la metáfora, o las sensibilidades de los personajes en vez de los efectos que en ellos genera la nostalgia, y así sucesivamente, resultaría para nosotros una misión difícil, y en esa dificultad, de inclinarse de manera preferente por uno u otro elemento, se incuba algo de sumo interés, que es el amago alusivo a las propiedades estéticas de la obra.
El hecho, sin embargo, de que Santos la haya dotado de esa suerte de equilibrio, diría yo, mágico, por lo imperceptible que se vuelve en la medida que la prosa llana y comprensible fluye sin atropello, no contraviene la pertinencia de que, como otro punto luminoso, y hasta necesario para el toque de excelencia que todo autor quisiera darle a la suya, se valore también la coherencia, esa unidad de trama que el autor logra preservar en toda la extensión de Ciudadano póstumo.
Como en muchas otras novelas, también en ésta el azar juega el papel sigiloso de darle un giro inesperado al acontecer, interrumpiendo rutinas, suspendiendo proyectos y tronchando planes diseñados muchas veces en procura de un mejor porvenir. Suele presentarse como cualquier otro personaje, pero a diferencia de los demás, de forma invisible, inmaterial, y provisto de la facultad de influir al igual que el autor en las vidas, conductas, interrelaciones y el final a que se deben enfrentar los personajes.
Otro rasgo distintivo evidenciado a lo largo de las cinco partes que componen a Ciudadano póstumo, radica en la eficacia con que Santos logra transmitir las cargas emocionales que pesan sobre los diferentes personajes. Sobre todo, en el soldado de origen salvadoreño que estuvo en la Guerra de Irak. Este joven, llamado Antonio Montoya, víctima de las jugadas más espantosas del azar, reducido tras su participación en el conflicto bélico a una porción humana que él mismo desprecia, será el personaje en torno al cual habrán de suscitarse hechos de consecuencias terribles para los demás protagonistas, pero con mayor contundencia, para Martín Araya. Este periodista de origen chileno insistirá en darle seguimiento a la tragedia que le roba al joven las ganas de vivir en un cuerpo mutilado tras la explosión en Irak de un artefacto de muerte.
Marcado también por la desgracia de haber perdido a su madre tras desaparecer en Chile por disentir del régimen autoritario de Augusto Pinochet, Martín Araya irá en Ciudadano póstumo surgiendo como la figura principal de la trama, y casi a la par, sin que por más que lo intente consiga escapar del alcance del infortunio, Daniel Lara, su amigo inseparable desde que el destino se ocupó de presentarlos, y que además de ser el narrador omnisciente, lo será también en calidad de narrador homodiegético que participa y relata los hechos en primera persona.
En Ciudadano póstumo la vida de Martín Araya transcurrirá en el tramo comprendido entre los treintaicinco años que van desde el golpe de Estado que en 1973 depuso a Salvador Allende de la presidencia de Chile, y las elecciones norteamericanas que en 2008 le dieron la victoria a Barack Obama. Ambos eventos marcarán el inicio y el final del período histórico que abarca la novela, y el tiempo que el azar ha de emplear para entretejer la madeja que ligará la suerte de Martín Araya a la del soldado salvadoreño que estuvo en la Guerra de Irak, así como a la que, en su vida turbulenta, le tocará enfrentar a Daniel Lara y a un puñado de inmigrantes que a riesgo de perder la vida insistirán en su afán desesperado por encontrar en Estados Unidos algún medio de supervivencia.
Se verá también cómo en el curso de esos treintaicinco años va el autor profundizando a la vez en el espinoso expediente del terrorismo como arma de persecución empuñada por ciertas instancias de poder contra personas que, como Martín Araya, nada tienen que ver con ese tipo de actividad delictiva. Se apreciará hasta qué punto la contienda intestina que por espacio de doce años dividió y enlutó a miles de familias salvadoreñas, influirá en la suerte que el destino le tiene reservada a Antonio Montoya y, además, cómo la Guerra de Irak convertirá más tarde a este joven soldado de origen salvadoreño en un despojo humano.
Si bien es cierto que, para calibrar las fibras íntimas de la sensibilidad humana, Ciudadano póstumo tiene que mostrar las crudezas del dolor, el sufrimiento y la desesperanza, no por eso prescindirá su autor de incluir escenas de recreación terapéutica que en medio de la incertidumbre demanda a veces el espíritu para reconfortarse y renovar sus energías. Como lo haría un sibarita consumado, Santos va a tal fin a auxiliarse en las propiedades benévolas del vino como inductor ideal de relajación capaz en ocasiones de mitigar los efectos pesarosos de las contrariedades. Veremos cómo a semejanza de los veintiún personajes que desfilan con participación directa por la pasarela de Ciudadano póstumo, entre ellos, once principales, ocho secundarios y dos a los que considero parte de un elenco pasivo, habrá por igual de circular un muestrario de vinos de diversas procedencias cuyas botellas Martín Araya y Daniel Lara abrirán en determinados momentos para descorchar ideas y airear de lúcido bouquet sus frecuentes conversaciones acerca de la vida, el mundo y los intríngulis del poder.
Lo que en principio pudiera verse como una digresión resultará en Ciudadano póstumo un elemento de articulación textual del hilo conductor de un desenlace imprevisto. Shib Magandhi, por ejemplo, que debutará como líder de la agrupación Nuevo Universo tratando de implantar la idea “redentora” de un nuevo orden, cumplirá el propósito de influir en la concepción que Martín Araya se ha formado en torno a temas trascendentes que entre copas ocasionales irá dilucidando con su amigo Daniel Lara. Por igual, y sin conexión aparente con esa relación entre Araya y Shib Magandhi, la muerte del soldado de origen salvadoreño que estuvo en la Guerra de Irak unida al descubrimiento de actividades ilícitas por parte del grupo Nuevo Universo, le dará un giro a los acontecimientos en una dirección que involucrará a Martín Araya en un intrincado proceso judicial de graves consecuencias penales.
En un momento que las ideas de este artículo revoloteaban como bandada sin orden en mi mente, recordé que también Ubres de novelastra (Editora Corripio, 2008), innovadora propuesta literaria cuya trama el laureado ensayista Federico Henríquez Gratereaux, ido ya, sitúa mayormente en Europa del Este, representa otro ejemplo admirable de la novelística dominicana que traspone los límites de la insularidad.
Al apartarse por igual de la tendencia localista, la de Santos nos transportará al fatídico período que siguió en 1973 al derrocamiento de Salvador Allende en Santiago de Chile, ciudad donde Martín Araya crecerá y presenciará las arbitrariedades del poder en contra de su madre. Aterrizará luego en el pantanoso terreno de la historia centroamericana que a partir de 1979 sumió a la sociedad salvadoreña en el horror de una guerra fratricida concluida en términos convencionales en 1992, pero no así en el campo del rencor y la venganza entre hermanos. Allí habrá de recrearse la caótica atmósfera de barbarie que durante el conflicto se apoderará del paupérrimo suburbio de Chalatenango llamado Los Jícaros, donde de niño y para quedar marcado por el resto de su desgraciada y corta existencia vivirá Antonio Montoya.
Pero los mejores escenarios de Ciudadano póstumo los hallará el autor en dos ciudades norteamericanas, Saint Cloud y Davenport, del Estado de La Florida, así como en el condado de Orange y en el distrito neoyorquino del Bronx a los que Santos nos conducirá mediante traslados frecuentes que tejerán el telón de fondo de un relato verosímil y dinámico no exento de tensiones y de giros sorpresivos.
Daniel Lara, posible heterónimo del autor, así como su problemática esposa Samira y el joven soldado Juan Alcántara, y quizás la compañera de éste también, serán los únicos dominicanos que aparecerán en esta acabada pieza que Santos entrega a sus lectores. Algo que llama la atención es que en toda la extensión de la novela el nombre de Juan Alcántara se mencionará solo una vez, pero esa sola vez bastará para que su dramático final y la ciudadanía post mortem que a cambio de ofrendar su vida en la Guerra de Irak le otorgará el Gobierno norteamericano, lo conviertan en símbolo y motor de inspiración del título que Santos le da a esta obra, como resumiendo en dos palabras la ironía de pretender, con la inutilidad de un certificado, compensar todo el dolor y todas las lágrimas derramadas por la pérdida de un ser querido en el fragor de una guerra ajena. Fue entonces que le di crédito al epígrafe, del que no estaba del todo convencido, que aparece en Ciudadano póstumo: “No hay nada más cínico y estúpido que el poder; y cuando el poder es ostentado por cínicos y estúpidos tenemos, entonces, una peligrosísima combinación”.
Se verá que, con igual aserto, los 37 personajes reales, como Obama, Einstein, John Dos Passos, Salman Rushdie y Hillary Clinton, que sin ver acción se citan en la obra, figurarán en un contexto que ilustra y amplifica los alcances del relato episódico que paulatinamente se irá integrando a una totalidad narrativa coherente. Así, el nombre de la activista mexicana Elvira Arellano, que en 2006 se refugió en una iglesia de Chicago para evitar que la deportaran y separaran de su hijo, no aparecerá como un relleno caprichoso, sino como un referente válido de lo que en una situación parecida, temerosa de ser atrapada por agentes de Migración, pudo hacer Lupe Reséndiz para regularizar su estatus, en lugar de permanecer en territorio norteamericano amparada en una bomba de tiempo como lo era el “Número Mágico” fraudulento que más tarde le acarrearía peores consecuencias.
Aunque por motivos diferentes, semejante razonamiento aplica para el resto de los personajes reales sin participación directa en Ciudadano póstumo. Verbigracia, para Ramón Sampedro, el escritor coruñés condenado a existir, pero sin vivir, en un cuerpo condenado a la inmovilidad de la tetraplejía que, en 1998, a despecho de las instancias legales a las que recurrió, y siguiendo un guion de novela de ficción decidió, mediante el recurso del suicidio asistido, desconectarse de la fuente del sufrimiento. Con su ejemplo y precedente azaroso de la desgracia que forzó en España la decisión de legalizar la eutanasia, Ramón Sampedro aparecerá en la obra de Santos, no de modo circunstancial o aislado del relato global, sino como refuerzo elocuente del final parecido que por equiparables motivaciones ansiará también tener el soldado salvadoreño convertido en residuo humano en la Guerra de Irak.
Asimismo, Natalie Maines, principal vocalista de la banda femenina de música country conocida como las Dixie Chicks, que por su opinión desfavorable en 2003 sobre el presidente George W. Bush fue objeto de un prolongado boicot orquestado por la derecha norteamericana que afectó por años las ventas de la agrupación, cumple en Ciudadano póstumo la misión de justificar la sospecha que Daniel Lara se formará en torno a la posible influencia de los estamentos de poder sobre el jurado que determinará la inocencia o culpabilidad de Martín Araya.
Hay momentos especialmente impactantes en la historia que en esta obra Santos aporta al acervo literario dominicano. La carta del profesor Tarik Mahfuz al presidente de Estados Unidos con ocasión de la invasión norteamericana de Irak, es uno de esos trozos vibrantes en capacidad de surtir en el lector un efecto conmovedor. Tanto por su apellido como por la fonética del nombre y la descripción que en su misiva a Bush hace Mahfuz de las calles de Bagdad, intuyo que este retirado catedrático iraquí podría ser un recurso empleado por el autor alusivo al premio Nobel Nagib Mahfuz, cuyos pormenores sobre las calles de El Cairo en El callejón de los milagros habrían posiblemente despertado su interés de darle vida a un personaje del nivel y la autoridad moral necesaria para dirigirse al presidente de Estados Unidos en el tono que Tarik Mahfuz utilizará.
Algo parecido concitará en el lector la contundencia de los alegatos de conclusión que el fiscal identificado solo por Daniel Lara por su gran parecido con el actor Keanu Reeves, expondrá al cierre de los debates del juicio que se le seguirá a Martín Araya para perseguir una sentencia ejemplarizante en contra del inculpado.
La publicación de Ciudadano póstumo, hace ya cuestión de seis meses, se dio en un contexto de grandes perturbaciones en el orden internacional. Para septiembre de 2025, cuando la obra de Santos se ponía en circulación, soplaban los vientos inaugurales de una tormenta que amenazaba con socavar los pilares de las soberanías. De vuelta Trump a la residencia presidencial de la Avenida Pensilvania se daban las condiciones para lanzar serios cuestionamientos a la eficacia de los organismos multilaterales, y se asistía en territorio norteamericano a una agitada oleada de dislocación de los preceptos migratorios convencionales.
Alguien podría entonces preguntar por qué esperé tanto para reflexionar sobre lo que trata Ciudadano póstumo. Quienes saben que sin llegar aún a publicarla sigo revisando una novela que terminé en 2021, lo podrían atribuir al mal de la procrastinación, pero la verdad es otra. Lo cierto es que decidí esperar a ver si del sacudimiento que sufre el orden mundial afloraban elementos que reforzaran la vigencia e intemporalidad del drama que Santos trata en la suya como fatalidades recurrentes del ser humano.
La espera valió la pena, pues los encontré. No en el arsenal doctrinario de la política exterior norteamericana, entre cuyas piezas el actual inquilino de la Casa Blanca optó por la que a su juicio mejor se adaptaba a su consigna de hacer grande a América de nuevo. Una elección previsible, situada entre el talento de Monroe y la osadía de Teddy Roosevelt, lo que equivale a decir, entre la estrategia de que America sea para los americanos y la que empuña el garrote y reparte zanahorias como método de intimidación y reminiscencia del destino manifiesto para quererlo todo para Estados Unidos. Tampoco fue en la avalancha de aranceles a granel impuestos por el Ejecutivo de Washington a partir de su slogan de campaña Make America Great Again.
Fue en las cacerías migratorias desatadas hoy en día por agentes de ICE en las que visualicé esos elementos de apuntalamiento a la obra de Santos. Los vi en la misma lógica de persecución que en Ciudadano póstumo obligará a Daniel Lara, a Lupe Reséndiz, y a un amalgamado ejército de latinoamericanos huidos de la miseria de sus respectivos países, a vivir en constante sobresalto, a ocultarse y cambiar de domicilio para evitar que, una vez descubiertos, una orden de deportación les tronche sus sueños.
Los figuré también en la rimbombancia ceremonial de nuevas entregas de certificados de ciudadanía post mortem a familiares de muchos soldados que, como Juan Alcántara en la Guerra de Irak, y como otros en Ucrania y en la Franja de Gaza, caerán también en las calles de Teherán, Bagdad, Dubái y de otras ciudades pertenecientes a naciones arrastradas por el conflicto de Irán.
Deslizarme por las páginas finales de Ciudadano póstumo me produjo la sensación de tener en mis manos una de esas novelas raras veces compuesta del principio activo de lo perdurable. Comprobé su naturaleza atemporal y su capacidad de trascender los límites de la insularidad, y concluí que de poder releerla dentro de cien años no me sorprendería ver que aún para entonces conserve toda su vigencia.
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Nasarquín Santana es un economista y novelista dominicano reconocido por su labor en la literatura y su participación en la vida pública. Autor de cuentos y ensayos que abordan temas trascendentales y con un estilo narrativo cuidadoso.