En “Let that be your last battlefield”, traducido como “Que ese sea su último campo de batalla”, el episodio 15 de la temporada 3 de la serie original Star Trek, encontramos una muestra de la ceguera e intransigencia en torno a la identidad. También podría tomarse como alegoría del uso de una insignificancia identitaria para erigir y perpetuar guerras y tiranías.
En fecha 5730.2, la USS Enterprise rescata a un alienígena al borde de la muerte, de nombre Lokai. Luego, en la nave se apersona Bele, quien ha estado persiguiendo a Lokai durante 50,000 años terrestres. Bele representa al poder gobernante, tiránico y brutal, la raza que se define superior. Lokai, a los rebeldes de la resistencia, de “la raza inferior”. El perseguidor exige al capitán Kirk que los lleve a Chadon, su planeta, donde se juzgará al líder rebelde. Lokai exige ser tratado como refugiado político. La intransigencia de los dos chadonistas es absoluta. Bele usa sus poderes para quitarle el mando de la USS Enterprise al capitán de la nave. Lo que consigue al final. Cuando se acercan a Cheron, se descubre que en el planeta no hay vida. Sus habitantes se han aniquilado unos a otros en la guerra sin tregua. Lokai y Bele se teletransportan por separado a su planeta muerto.
Ahora bien, ¿dónde está el quid de la discordia infinita? La atención es dominada obsesivamente por la fisonomía de Lokai y Bele: el rostro de ambos es mitad negro y mitad blanco. Una línea perfecta divide la cara. Cuando Bele argumenta sobre la superioridad de su raza, frente a la de Lokai, Spock, el científico vulcano, personaje inigualable de la serie, señala que es imposible la superioridad racial de uno sobre otro, puesto que son claramente iguales: cara mitad blanca, mitad negra. Entonces, Bele, el de la “raza superior”, ofuscado y rebosante de cólera, señala la enorme (y única) diferencia: uno de ellos tiene el color blanco del lado izquierdo, el otro lo tiene del lado derecho.
Una guerra fratricida que terminó aniquilando una civilización tuvo por origen la jerarquía cimentada en la posición de un color en el rostro. Nos luce extravagante, tragicómico, pueril y tonto. Es ciencia ficción. Sin embargo, ¿esto no les suena un tanto conocido? En la Tierra, en nuestra historia, lejana, reciente y presente, en distintas escalas y proporciones, no son pocas las muestras de situaciones parecidas. Por ejemplo, los miembros de la etnia hutu están convencidos de ser superiores a los de la etnia tutsi por la diferencia en la nariz. En 1994, el gobierno hegemónico de hutu asesinó a alrededor del 70% de los tutsi en una carnicería cuyos ecos aún erizan los pelos. Los asesinados, hombres y mujeres de todas las edades, se calculan entre quinientos mil y un millón. En más de trescientos mil las violaciones sexuales. Que una población se proponga con perturbadora obcecación exterminar a otra no es cosa de ficción. La centuria del más fascinante desarrollo científico y tecnológico, siglo XX, fue un tiempo de exterminios basados en absoluta irracionalidad.
El episodio “Que ese sea su último campo de batalla”, fue producido a finales de los sesenta, tiempo en que Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían al mundo en vilo con las guerras declaradas y las guerras sucias por control de territorios, mares y aire, la carrera armamentista y los artefactos nucleares de destrucción masiva. Un teléfono rojo se elevó en símbolo de terror en el subconsciente colectivo: una llamada podría desencadenar la hecatombe atómica. El error de uno sería el detonante de un desenlace trágico, fatal, para todos.
Es probable que Miguel Alfonseca (1942-1994) escuchara las noticias sobre la masacre en Ruanda, iniciada el 7 de abril de 1994. Él murió el 16 de ese mismo mes y año. Había vivido la Guerra de Abril de 1965 y la invasión de marines a nuestro territorio. Sorbió el amargor de la derrota, como otros poetas. Poseedor de una sensibilidad poética, social y mística, sufrió la Guerra Fría y, a través del poema “MAÑANA CCCP Y USA MIRARÁN SIN LLORAR”, describió el camino de fraudulencias y absurdos que podría llevar a decir “Que ese sea su último campo de batalla”. El poema fue publicado 14 de mayo de 1967 en El Nacional de ¡Ahora!, antes del mencionado episodio de ciencia ficción.
MAÑANA CCCP Y USA MIRARÁN SIN LLORAR
Mañana será un sol estéril
entre las flores de hormigón,
el día roto,
la llamada del viento entre las ruinas
donde asomarán huesos y letreros oxidados
sin que nadie responda.
El aire nuevamente solitario y tranquilo,
perfectamente sano
como antes del vagido nuclear.
No bocas,
narices,
tampoco alas
porque el mundo habrá perdido el eco.
Mañana serán los colores brillantes en un mundo sin ojos.
La luz, abierta, caminará con el sexo desnudo
y los senos sueltos
en un mundo de enterrada mandíbula.
Un exmundo.
Las piedras organizadas
que trataron de alcanzar el cielo
no tendrán más que desvaídas pinturas,
pátinas como voraces epidermis
y boquetes para las trepadoras y el aire.
No parejas amándose en la tarde
ni ancianos estirando su vida en las mañanas azuliblancas,
en las horas amarillas sobre trenes
que despiertan ciudades
y sobre palomas y sombrillas,
sobre los fusiles selváticos
y porras y ametrallamientos de gobiernos decrépitos.
La luz amarilla cayendo sobre la UNESCO
y Josué de Castro.
Cada día
de cada semana
diez mil personas mueren de hambre sobre esta tierra:
muchas más que en ningún otro período de la historia.
Y sobre hombres que asumieron su tiempo
hasta la risa, el empleo, la cabeza
¿y la esperanza?
La luz amarilla, las horas amarillas,
sobre niños escolares
y sobre mujeres de agrios trabajos,
de feria-cinematógrafos-restaurante los sábados
antes de borrachamente abrirse
porque de lo contrario se matarían.
Mañana un mundo sin oído ni lengua
como un cráneo sideral per secula seculorum.
Mañana un exmundo sin amanes,
sin Max Planck ni Einstein,
sin Oppenheimer ni Enrico Fermi,
grandes brujos de ecuaciones y probetas,
y mucha tiza y pizarrones
en un siglo parricida y suicida.
Mañana será la yerta
buscando las piernas de papel
de mujeres que anunciaren
dentífricos,
trusas,
automóviles,
sostenes,
Coca-Pepsi-Ginger-Scotch
Y jets de tres números y la palabra boing,
sin saber que de nada valían la ONU y el Papa,
que de nada valía el terror de los viejos
ni el amor de los jóvenes,
sin saber que el fuego corría la mitad de la mecha,
que la mecha estaba en cada hogar
como un dios terrible.
Mañana mirarán tan solo los satélites CCCP y USA
sin llorar jamás desde sus órbitas.
Notas:
-CCCP: abreviatura o un acrónimo de “Unión de República Socialistas Soviéticas” de acuerdo a su nombre en ruso.
-Este poema lo localizamos gracias a la colaboración de Muriel Alfonseca, hija del poeta. Su extraordinario valor radica en retratar, con una penetración que casi roza lo místico, el sentimiento que agitaba la humanidad ante la amenaza de una hecatombe nuclear; y qué tan gélida, ominosa y estrafalaria puede llegar a ser la racionalidad de los poderosos, e incluso de los científicos. (Al parecer, al transcribirlo en el periódico, se incurrieron en algunos errores, por lo que se perciben ciertos saltos).
-Josué de Castro: brasileño, activista contra el hambre en el mundo. Médico, nutriólogo, geógrafo, escritor. En los años cincuenta del siglo XX presidió la FAO y fue distinguido con el Premio Internacional de la Paz.
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Ángela Hernández Núñez (1954) es poeta, narradora y ensayista. En 2016 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, por el conjunto de su obra.