Cada año, la República Dominicana se viste de palabra y emoción con el Festival Internacional de Poesía “La Semana de la Poesía”, convocado por el Paseo Cultural de la Fundación Espacios Culturales, bajo el impulso de su fundador, el poeta Mateo Morrison, y la dirección del también poeta José Mármol.
No es cualquier evento: es uno de los proyectos culturales más serios y esperanzadores que tiene nuestro país. En él se juntan voces dominicanas e internacionales para recordar que, mientras la poesía viva, la sensibilidad humana no está perdida.
Participar por primera vez en este festival fue para mí una experiencia entrañable. Me sentí honrado por la invitación que me hiciera Mateo Morrison, un gesto que agradezco profundamente. No se trataba solo de leer un poema, sino de formar parte de una comunidad que entiende la palabra como un bien común, una manera de resistir frente a la prisa del mundo.
Con los años he llegado a entender que la poesía no busca fama ni aplausos: busca conciencia. En un tiempo donde todo se mide por cifras, la poesía se mantiene fuera del mercado, respirando por cuenta propia. No tiene multitudes, pero tiene almas. No produce ruido, pero deja huellas.
Quizás por eso el sistema la ignora: porque no genera ganancias de capital. El capitalismo necesita productos que se vendan rápido, que creen dependencia, que alimenten la prisa. La poesía, en cambio, pide pausa. No se compra por impulso ni se mide en ventas, y en eso reside su pureza.
Mientras el mercado produce consumo, la poesía produce conciencia. Por eso incomoda, y a veces por eso la esconden.
Cuando pienso en lo que hace la Fundación Espacios Culturales, siento que estamos frente a un acto de fe. Convocar poetas en un país donde las pantallas dominan el alma es un milagro civil. Allí, donde la palabra parece ya no importar, la poesía aparece como un espacio luminoso: el espacio donde todavía se puede pensar y sentir a la vez.
Mi lectura estaba programada para realizarse en la Universidad Iberoamericana (UNIBE), dentro de un encuentro titulado La hora de las universidades. Sin embargo, la lluvia se adelantó con fuerza y la naturaleza nos cambió los planes. Los organizadores, con esa entrega que los caracteriza, no se rindieron: abrieron un espacio digital y seguimos adelante.
Éramos catorce poetas leyendo frente a nuestras pantallas, y llegaron a conectarse más de cien personas entre público, estudiantes, autoridades académicas y amigos de la poesía. Aun a la distancia, se sintió la cercanía. Cada palabra cruzaba la pantalla como una chispa viva.
Fue mi primera experiencia en este festival, y no tengo otra manera de decirlo: fue un privilegio. No solo por la invitación, sino porque confirmé que la poesía todavía une, todavía emociona, todavía salva.
Días después de escuchar a mis colegas, recordé una vieja película que me marcó: Fahrenheit 451, dirigida por François Truffaut y basada en la novela de Ray Bradbury publicada en 1953. En esa historia, los libros estaban prohibidos, y un grupo de rebeldes decidió aprendérselos de memoria para que no se perdieran. Cada uno se convertía en un libro: caminaban por los bosques recitando en voz alta las páginas que llevaban grabadas en el alma. Y pensé: nosotros, los poetas, somos un poco eso. Somos los hombres-libro del siglo XXI.
No porque alguien nos haya prohibido escribir, sino porque vivimos en una sociedad que ya no quema los libros, pero los olvida. Y cuando digo hombres-libro, no hablo solo de género; hablo de todos los seres humanos –hombres y mujeres– que preservan la palabra viva, que llevan en su memoria y su voz los libros que el olvido intenta borrar.
Cada poema leído en voz alta, cada verso guardado en la memoria es una forma de resistencia. Es decirle al mundo que todavía hay palabras que no se rinden. Algunos dicen que la poesía es un arte de élite. Y tal vez lo sea, pero no de dinero ni de prestigio, sino de espíritu. Es una élite compuesta por quienes todavía se atreven a sentir. Leer poesía exige detenerse, escuchar, entregarse; y eso, en este tiempo, ya es un acto heroico.
Recuerdo que cuando fui Comisionado Dominicano de Cultura en los Estados Unidos, organizaba encuentros con escritores y poetas dominicanos cada vez que regresaba al país. Aquellos encuentros, celebrados en mi casa, se convirtieron en una tradición que llamábamos Tertulia Gourmet. Bajo esa sombrilla de amistad y palabra, surgió también un espacio al que llamábamos –entre broma y respeto– Poesía Gourmet, donde los versos se mezclaban con el aroma del vino y el pan compartido. Era un refugio sin solemnidades, pero con una devoción silenciosa por la palabra.
Una noche invité a mi sobrino Sócrates, joven médico curioso por el arte y el cine. Participó con respeto, escuchando en silencio. Días después me dijo con franqueza:
—Tío, gracias por invitarme, pero sentí que la poesía no tiene público. Es como si ustedes fueran una pequeña sociedad aparte.
Le respondí que no se equivocaba, pero que eso no era malo ni nuevo. Le expliqué que la poesía siempre ha sido un acto minoritario, un lenguaje que nunca buscó multitudes. Esa noche entendí –y se lo dije– que no hay que lamentarlo: que precisamente esa aparente soledad es lo que mantiene viva su pureza.
Hay que decirle al mundo qué hacer con la poesía.
Me inquieta pensar por qué la poesía parece invisible. No es porque haya menos poetas, sino porque el mundo no sabe qué hacer con ella. El capitalismo convierte todo en mercancía, pero la poesía no se deja vender. Esa invisibilidad es una forma moderna de censura. Ya no se queman libros: se silencian. En las dictaduras, el poeta es perseguido; en los sistemas ideológicos cerrados, se lo tolera solo si sirve al discurso. En todos los casos, la libertad poética queda sitiada.
Por eso creo que el verdadero enemigo de la poesía no es una ideología específica, sino la utilidad. La poesía incomoda porque piensa, duda y desnuda. Y, sin embargo, sobrevive porque no pertenece a ningún sistema. Su territorio es la conciencia humana.
Pienso entonces en El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela. La Muerte le pregunta al poeta Oliverio: «¿Cuándo has visto un anuncio que diga: se busca poeta?». Esa frase resume la incomprensión del mundo utilitario frente a la poesía.
También recuerdo una anécdota de mi juventud, cuando siendo alumno de Pedro Mir le pregunté por qué ya no escribía poesía. Me respondió, después de un largo silencio:
«Porque estoy viviendo un mundo demasiado lógico para ser artista». Aquella respuesta me acompañó para siempre.
Mientras el sistema impone velocidad, los poetas conservamos el silencio. Mientras el mercado fabrica olvido, nosotros guardamos memoria.
Así, palabra a palabra, seguimos siendo los hombres-libro de nuestro tiempo: los que preservan la posibilidad de seguir siendo humanos.
Hay cosas que no dependen de la tecnología. Si un día se apagan las redes, se borran los archivos o se pierden las bibliotecas, quedará la voz humana. Eso somos los poetas: un archivo del alma que no necesita electricidad. El poema no ocupa espacio, pero lo llena todo. Vive en la memoria, en la voz, en el silencio.
Durante mi lectura en línea con la UNIBE, lo sentí con claridad: la poesía no necesita escenario, necesita presencia. Y esa presencia no viene de la multitud, sino del temblor compartido. Allí entendí que la poesía es el último refugio de la libertad: la palabra viva en medio de tanto ruido.
Mientras el sistema impone velocidad, nosotros conservamos el silencio. Mientras el mercado fabrica olvido, nosotros guardamos memoria.
Quizás por eso –como escribió Octavio Paz– “toda poesía es una tentativa por recuperar el silencio”.
Y así, palabra a palabra, los poetas seguimos siendo los hombres-libro de nuestro tiempo: los que preservan la posibilidad de seguir siendo humanos. Porque más allá del capitalismo, del socialismo o de cualquier dictadura, la poesía seguirá habitando ese territorio donde el alma humana no se deja administrar.
Su resistencia es secreta, pero su herencia es eterna.
Referencias bibliográficas
- Paz, Octavio. El arco y la lira. México: Fondo de Cultura Económica, 1956.
- Bradbury, Ray. Fahrenheit 451. New York: Ballantine Books, 1953.
- Truffaut, François (dir.). Fahrenheit 451 [film]. Universal Pictures, 1966.
- Steiner, George. Lenguaje y silencio. Barcelona: Gedisa, 1990 (ed. orig. 1967).
- Subiela, Eliseo (dir.). El lado oscuro del corazón [film]. Buenos Aires: Cinesur, 1992.
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Carlos Sánchez (República Dominicana). Poeta, escritor y gestor cultural. Durante once años se desempeñó como Comisionado Dominicano de Cultura en los Estados Unidos, impulsando proyectos de difusión literaria y artística para la diáspora dominicana. Su obra reflexiona sobre la palabra como espacio de resistencia, memoria y humanismo.