He asistido, confieso que no sin asombro, a conversaciones con amigos ilustres como los directores de las academias de la lengua, los doctores José Luis Vega y Bruno Rosario Candelier, en las cuales lo cuántico abandonaba la dureza de lo físico para orillar, en tono celebratorio, los espacios de la lírica. Por ello me propuse, y lo hago con igual fervor, desentrañar la seducción que ejerce esa singularidad.
Imaginemos que el universo es un entramado de relaciones dinámicas. ¿Y si las estrellas, los átomos y la materia no fueran entidades aisladas, sino estados potenciales que esperan una interacción con su medio para manifestar propiedades concretas?
Durante siglos, la ciencia clásica nos enseñó que el cosmos funciona como un reloj gigante e indiferente que opera con total independencia de nuestras observaciones. Sin embargo, la física cuántica ha desvelado una verdad revolucionaria: a escala subatómica, las partículas elementales no poseen propiedades fijas —como una posición o una velocidad perfectamente determinadas— hasta que interactúan físicamente con el mundo que las rodea.
Esta fascinante revelación transforma nuestra comprensión de la realidad al mostrar que el universo microscópico no está predeterminado en términos clásicos, sino que requiere la interacción física para materializarse en eventos concretos. No somos observadores místicos alterando la materia con la mente, sino partes inseparables de un tejido cósmico hiperconectado donde la realidad emerge de nuestras relaciones.
La paradoja macroscópica de Einstein
En la vida cotidiana, el sentido común actúa como una brújula infalible. Si guardamos un guante izquierdo en una caja y lo enviamos al otro lado del mundo —en sintonía con los experimentos mentales de Albert Einstein—, sabemos con certeza absoluta que seguirá siendo izquierdo durante el trayecto. No necesita que nadie abra la caja para confirmar su estado. Esto es así porque los objetos macroscópicos tienen propiedades fijas y el mundo ordinario se comporta como una realidad objetiva y determinista. Einstein defendió esta postura hasta el final: el universo físico debía ser predecible, lógico y real de forma local, independiente de cualquier proceso de medición.
No obstante, cuando la ciencia descendió al corazón del átomo, descubrió un paisaje desconcertante que desafiaba los cimientos del conocimiento y la filosofía occidental. A escala subatómica, la naturaleza no funciona como la fábrica de guantes antes descrita. Las partículas elementales, como los electrones o los fotones, se comportan de una manera que rompe con la lógica tradicional.
El misterio del código de barras vacío
Durante gran parte del siglo pasado, la física debatió si las partículas cuánticas nacían con variables ocultas o un «código de barras» predefinido. Si dos partículas interactuaban y luego se separaban por millones de kilómetros, la teoría cuántica dictaba que permanecían «entrelazadas». En otras palabras, una correlación matemática no local provocaba que el estado de una determinara instantáneamente el resultado de la medición en la otra. Einstein se negó a aceptarlo como algo definitivo y lo llamó despectivamente «acción fantasmal a distancia». Él insistía en que el valor final ya estaba fijado desde el origen, igual que en la analogía del guante.
El vuelco histórico ocurrió cuando los laboratorios pudieron poner a prueba esta hipótesis mediante el teorema de Bell y mediciones experimentales desde diferentes ángulos geométricos. La premisa era que, si las partículas tuvieran propiedades locales fijas al salir de su origen, los resultados estadísticos no podrían superar un límite numérico muy estricto conocido como la desigualdad de Bell, el cual establece las fronteras máximas que la física clásica puede alcanzar. Sorprendentemente, los experimentos violaron ese límite una y otra vez.
La conclusión científica fue radical: las partículas no viajan con un valor clásico asignado de antemano. La propiedad registrada no estaba predeterminada antes de que el aparato de laboratorio —o el propio medio— interactuara físicamente con el sistema.
El entorno define el valor
Antes de ser medida, una partícula cuántica se describe mediante una «función de onda», que funciona como un catálogo de posibilidades. Esto significa que la partícula habita un estado de superposición. No implica que su giro apunte a todas partes a la vez, sino que su dirección aún no está definida y conserva el potencial de manifestarse en diferentes posiciones en el momento exacto en que entre en contacto con su medio.
Solo cuando el sistema interactúa con el aparato de medición —una estructura macroscópica compuesta por billones de átomos— o con el choque caótico de los elementos de su medio, esa delicada configuración se desvanece en un proceso llamado decoherencia. Al tocar su medio, el misterio cuántico se disuelve: las múltiples opciones se cancelan entre sí y la partícula se ve obligada a manifestarse bajo el determinismo clásico que observamos a diario.
Por lo tanto, si la partícula carece de un valor inicial —al contrario de lo que plantea la teoría clásica—, la lógica física nos obliga a dar un paso audaz y aceptar que el valor registrado no es una propiedad intrínseca de la materia, sino el resultado de la interacción entre el objeto cuántico y el aparato de medición macroscópico.
Bajo esta perspectiva, la medición no funciona como una ventana transparente que nos permite espiar una realidad oculta sin tocarla. Al contrario, es un impacto físico sin vuelta atrás que obliga a la naturaleza cuántica a tomar una decisión concreta. El valor que registramos no es el producto de la mente ni de la consciencia humana, sino la respuesta del universo al diálogo experimental que hemos iniciado: el choque inevitable entre el microcosmos y nuestro mundo macroscópico.
Diseñadores del infinito
Al asumir que las propiedades de una partícula residen en la interacción y no en su aislamiento, se hace evidente el papel determinante de la medición. En la física cuántica formal, el «observador» no requiere de una conciencia mística, sino de un registro físico. Sin embargo, cuando el científico (el observador humano) calibra su instrumento en un ángulo específico, condiciona qué fragmento de ese infinito abanico de probabilidades se manifestará. A partir de esta intervención —un marco de referencia elegido por el investigador—, la ciencia deja de ser una espectadora pasiva de un teatro cósmico para participar activamente en la configuración de la realidad.
Al elegir qué pregunta le hacemos a la partícula, seleccionamos qué aspecto del cosmos tiene permiso para cruzar la frontera de la probabilidad y convertirse en un hecho tangible. Destruimos billones de historias alternativas para forzar el nacimiento de una realidad concreta. Así, el universo nos cede el control de las reglas del tablero, aunque se reserve el misterio del resultado final en una ruleta de azar puro.
El físico John Archibald Wheeler acuñó el término «universo participativo» para describir esta danza. De ahí nace la certeza de que el cosmos es un lienzo dinámico e inacabado; no una estructura estática y preexistente, sino un tejido que se construye y se solidifica paso a paso con cada interacción.
Al final del camino, la física cuántica nos invita a la profunda reflexión de que la realidad no nos espera de forma pasiva, sino que emerge activamente con cada una de nuestras preguntas al cosmos. ¿Acaso esto explica la extrañeza y curiosidad en aquellos diálogos de mis amigos académicos?
El reencuentro entre la física y la metafísica
Esta nueva perspectiva cuántica sale al encuentro de una honda crisis existencial. Mientras la física clásica nos confinó a la insignificancia de ser accidentes aislados en una maquinaria cósmica indiferente, el entrelazamiento y la indeterminación quiebran ese frío nihilismo. Al demostrar que el tejido de la realidad se define en el acto mismo de la interacción, la ciencia contemporánea nos reintegra un sutil protagonismo: ya no somos espectadores de un universo inerte, sino participantes de su continua manifestación.
Para devolver un lugar a la experiencia humana sin contradecir las ecuaciones, la epistemología moderna ha abierto el camino al QBism, también conocido como bayesianismo cuántico. Esta perspectiva nos recuerda que la función de onda no es una entidad física rígida suspendida en el cosmos, sino más bien una herramienta: un eje probabilístico con el que un agente calcula sus expectativas. Para entender este concepto a través de una analogía útil, piensa en la función de onda como una aplicación del clima. La aplicación predice un setenta por ciento de probabilidad de lluvia, pero esa probabilidad no es una nube física en el cielo; es simplemente una actualización de las expectativas. En el momento en que sales y sientes las gotas, las posibilidades colapsan en una sola realidad concreta.
Para el poeta y el artista, este viaje representa la validación de su intuición más sagrada: el mundo no es rígido, sino una materia plástica y una partitura abierta. Aunque el tejido físico se rige por interacciones matemáticas, el universo se resiste a ser definido en términos de significado humano hasta que alguien lo nombra y lo experimenta. Al final del día, mirar el cosmos con curiosidad es el susurro humano que despierta a la materia de su eterno letargo.
En síntesis, la física cuántica desafía el realismo clásico al demostrar que, a escala subatómica, las partículas carecen de propiedades fijas y coexisten en una superposición de probabilidades. En este escenario, la intervención del observador precipita la actualización del estado cuántico, obligando a la naturaleza a materializarse.
Así, lejos de ser náufragos en un cosmos indiferente, nos convertimos en arquitectos de una realidad física que se concreta cuando descartamos un sinfín de historias alternativas.
Bibliografía
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- Wheeler, J. A. (1983). Law without law. En J. A. Wheeler y W. H. Zurek (Eds.), Quantum theory and measurement (pp. 182-213). Princeton University Press. https://doi.org/10.1515/9781400854554
(Publicado originalmente en Compact News, New York, edition #881, con el título “The Interactive Gaze: Why Does the Universe Need Us to Materialize?” traducido por Christine Chen. El ensayo está disponible en formato bilingüe en inglés y en chino en el siguiente enlace: https://www.meipian.cn/5n3knvwq?first_share_uid=29579109&share_depth=1&first_share_to=copy_link)
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Fernando Cabrera es poeta y académico. Posee un Doctorado (PhD) en Estudios de Español: Lingüística y Literatura. Maestría en Administración de Empresa e Ingeniería de Sistemas y Computación.