El 3 de junio de 1924, en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, moría Franz Kafka. Al día siguiente, su amigo, albacea literario y primer gran intérprete, Max Brod, publicaba en el Prager Tagblatt una necrológica titulada Franz Kafka gestorben (Franz Kafka ha muerto). Aquel texto, escrito bajo la conmoción inmediata de la pérdida, constituye mucho más que un obituario. Es uno de los primeros intentos de descifrar a un autor cuya verdadera dimensión histórica permanecía todavía oculta incluso para sus contemporáneos. En sus líneas iniciales ya se perfilan algunas de las claves interpretativas que, durante décadas, marcarían la recepción de la obra kafkiana: la búsqueda de la verdad, la experiencia del juicio, la relación problemática con lo divino y la singular tensión entre esperanza y condena que atraviesa toda su literatura.
Hoy, ciento dos años después de aquella publicación, resulta inevitable releer las palabras de Brod desde una perspectiva distinta. No como el testimonio de una despedida, sino como el anuncio involuntario de una presencia que no ha dejado de crecer. Kafka murió antes de ver el ascenso de los totalitarismos europeos, antes de Auschwitz, antes del Gulag, antes de la vigilancia masiva, antes de la burocracia digital y antes de que millones de seres humanos aprendieran a vivir bajo sistemas tan complejos que nadie parece ya comprender quién toma realmente las decisiones que afectan sus vidas. Sin embargo, en sus páginas aparece una inquietante familiaridad con nuestro presente.
La paradoja es notable. Kafka jamás pretendió ser profeta. Desconfiaba profundamente de los sistemas filosóficos cerrados y de las grandes teorías históricas. No elaboró programas políticos ni predicciones sociales. Y, sin embargo, pocos escritores han demostrado una capacidad tan extraordinaria para identificar las estructuras invisibles del poder moderno. Allí donde sus contemporáneos veían únicamente oficinas, reglamentos o procedimientos administrativos, Kafka percibió algo más profundo: la transformación gradual de la existencia humana en un laberinto de mecanismos impersonales, donde la responsabilidad se diluye, la culpa se vuelve difusa y la dignidad individual parece sometida a fuerzas inaccesibles.
En una época como la nuestra, marcada por algoritmos que toman decisiones opacas, por instituciones cada vez más distantes del ciudadano común y por una creciente sensación de impotencia frente a sistemas globales que nadie controla por completo, la lectura de Kafka produce una impresión perturbadora. No parece un escritor del pasado. Parece un cronista adelantado de nuestro tiempo.
Max Brod comprendió algo esencial cuando escribió aquella necrológica de 1924. Percibió que la obra de su amigo contenía una profundidad espiritual y una dimensión moral que excedían cualquier moda literaria de la época. Lo que quizás ni siquiera él podía imaginar era hasta qué punto el siglo XXI confirmaría la vigencia de aquella visión. La angustia kafkiana ya no pertenece exclusivamente a la literatura: se ha convertido en una experiencia cotidiana para millones de personas que se enfrentan a procedimientos automáticos, decisiones incomprensibles y estructuras que parecen existir sin rostro ni centro.
Publicar hoy el artículo de Brod no constituye únicamente un ejercicio de memoria literaria. Es también una invitación a reflexionar sobre la extraordinaria capacidad de ciertos escritores para comprender las corrientes profundas de la historia antes de que estas se hagan visibles. Kafka no predijo acontecimientos concretos; hizo algo mucho más difícil: identificó las condiciones espirituales que harían posibles esos acontecimientos.
Quizás por eso, ciento dos años después de que Brod escribiera estas líneas apresuradas para despedir a un amigo, seguimos regresando a Kafka con una mezcla de admiración y desasosiego. Porque en sus novelas, en sus diarios y en sus cartas no encontramos únicamente el retrato de una Europa desaparecida. Encontramos, con inquietante precisión, el espejo de nuestro propio tiempo. Y a veces, cuando ese espejo nos devuelve la mirada, tenemos la incómoda sensación de que Kafka continúa viendo más lejos que nosotros.
Artículo necrológico escrito por Max Brod poco después de la muerte de Kafka y publicado bajo el título en periódico praguense (Prager Tagblatt) el 4 de junio de 1924:
Franz Kafka ha muerto
Por Max Brod
Ayer falleció en el sanatorio de Kierling, cerca de Klosterneuburg, el poeta Franz Kafka.
En su cuadragésimo primer año de vida sucumbió a una enfermedad pulmonar. Nació el 3 de julio de 1883 en Praga, donde cursó estudios, obtuvo el doctorado y permaneció durante largo tiempo vinculado a su ciudad natal. Más recientemente ocupó el cargo de secretario superior en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo.
Hace dos años escribí acerca de él en el volumen colectivo Juden in der deutschen Dichtung (Berlín) lo siguiente:
¿Por dónde comenzar?
Da igual.
Porque entre las particularidades de este fenómeno se cuenta el hecho de que, desde cualquier lado que uno se aproxime a él, siempre llega al mismo resultado. Ya de ello se desprende que aquí existe autenticidad, una pureza inquebrantable, una fidelidad absoluta a sí mismo.
La mentira ofrece siempre un aspecto distinto según el lado desde el que se la contemple; lo impuro oscila y cambia.
Pero aquí, en Franz Kafka, me atrevería a decir que únicamente en él dentro de todo el ámbito literario de la modernidad, no existe semejante desplazamiento de perspectivas ni semejante oscilación de bastidores.
Aquí hay verdad, y nada más que verdad.
Tomemos, por ejemplo, su lenguaje.
Los recursos artificiosos —las palabras inventadas, las combinaciones sorprendentes, los juegos sintácticos y demás procedimientos— le son ajenos. Decir que los desprecia ni siquiera sería exacto. Son para él tan inaccesibles como la impureza lo es para una naturaleza verdaderamente pura.
Su lenguaje es cristalino. En la superficie parece no perseguir otra cosa que la exactitud y la claridad. Sin embargo, bajo ese transparente espejo verbal se mueven profundidades inmensas. Uno contempla ese cauce sereno del lenguaje y queda cautivado por su belleza y singularidad.
Pero aún más profundamente que en el estilo penetran en la obra de Kafka las fuerzas espirituales y religiosas.
En ella se entrelazan de una manera singular la fuerza y la debilidad, la elevación y la derrota.
A primera vista podría parecer que existe en Kafka algo emparentado con la decadencia, con el satanismo, con la fascinación por la ruina y la muerte, tal como aparece en Poe, en Villiers de l’Isle-Adam y en algunos autores modernos.
Sin embargo, esa impresión es completamente falsa.
Una narración como En la colonia penitenciaria nada tiene que ver con Poe, aunque puedan aparecer motivos exteriores semejantes.
Lo que llena la escena en Kafka es la profunda seriedad del hombre religioso.
No siente curiosidad por los abismos.
Los contempla contra su voluntad.
No siente ninguna atracción por la descomposición.
Recuerdo una conversación con Kafka acerca de la Europa contemporánea y del derrumbe espiritual de la humanidad.
—Somos pensamientos nihilistas —dijo—, pensamientos suicidas que surgen en la cabeza de Dios.
Aquello me recordó inmediatamente ciertas concepciones gnósticas: Dios como un demiurgo maligno y el mundo como consecuencia de su error.
—No —respondió Kafka—. Nuestro mundo es solamente una pequeña habitación dentro de la casa de Dios, una pequeña estancia lateral.
Le pregunté entonces:
—¿Existe fuera de esta forma de manifestación que llamamos mundo una esperanza diferente?
Sonrió.
—Oh, esperanza hay bastante, infinitamente mucha esperanza; sólo que no para nosotros.
Y entonces comprendí que toda su vida y toda su obra podían resumirse en esa frase.
Infinita esperanza, pero no para nosotros.
No se le puede llamar ni optimista ni pesimista. Es una desesperación que, aunque extrema, permanece dentro de límites precisos. Una desesperación a la que le falta la ilusión y que se alimenta de fundamentos profundos y legítimos.
Precisamente por eso sus obras —La metamorfosis, El veredicto, La condena y otros— producen una impresión tan sobrecogedora.
Porque nada hay en ellos que sea efectista o artificial.
No son sombríos por principio.
Al contrario.
Por principio son luminosos, heroicos, rectos, afirmativos; inclinados hacia todo lo joven y lo bueno, hacia el cuerpo floreciente de la muchacha que al final de La metamorfosis resplandece bajo la luz de la mañana; hacia el espíritu de la montaña, hacia el vegetarianismo, hacia el trabajo en la naturaleza, hacia la sencillez y la paz.
Nunca se encuentran en Kafka el culto a la muerte ni el deleite en la destrucción.
Todo eso aparece únicamente porque existe detrás un trasfondo de bien, de voluntad divina.
Es precisamente ese trasfondo el que vuelve tan estremecedor el «pero no para nosotros».
Kafka no se dirige contra Dios.
Lo que le preocupa es el Juicio.
No la ausencia de sentido, sino la terrible severidad del sentido.
No el vacío, sino la inaccesible plenitud.
Por eso los personajes de sus obras se ven constantemente confrontados con tribunales, castillos, mensajeros, leyes y autoridades que apuntan siempre hacia una instancia superior.
Porque nada hay en ellos de efectismo ni de artificio.
No son «pesimistas» por principio. Al contrario: combaten voluntariamente todo lo mezquino, lo vulgar, lo egoísta; combaten el espíritu de rebaño, el culto al dinero, el materialismo, la codicia y la búsqueda egoísta de placer.
Pero jamás lo hacen desde la moralina convencional.
Su actitud nace del trasfondo más profundo de una voluntad divina orientada hacia el bien.
Esta es una breve necrológica escrita por Milena Jesenská y publicada en el periódico checo Národní listy el 6 de junio de 1924, tres días después de la muerte de Kafka.
Franz Kafka
Por Milena Jesenská
Anteayer falleció en el sanatorio de Kierling, cerca de Klosterneuburg, en las proximidades de Viena, el doctor Franz Kafka, escritor alemán residente en Praga. Pocos lo conocían aquí, pues era un hombre solitario, un ser profundamente vulnerable ante la vida, que desde hacía años padecía una enfermedad pulmonar. Sin embargo, mientras intentaba combatirla, también la acogía y sostenía conscientemente en su mundo interior.
«Cuando el alma y el corazón ya no pueden soportar una carga, los pulmones asumen una parte de ella para que el peso se distribuya con mayor equilibrio», escribió una vez en una carta. Y así era también su enfermedad. Le otorgaba una delicadeza singular y una sensibilidad intelectual extrema. Kafka era de una honestidad despiadada consigo mismo; había concentrado en su dolencia todo el miedo que le inspiraba la existencia.
Era tímido, reservado, amable y bondadoso; sin embargo, escribía libros crueles y dolorosos. Veía el mundo poblado de demonios invisibles que acechan, destruyen y desgarran al ser humano indefenso. Era demasiado lúcido, demasiado clarividente para poder vivir con tranquilidad; demasiado sabio para acomodarse a las ilusiones; demasiado débil para combatir aquello que veía con tanta nitidez. Pero era la debilidad de los espíritus nobles y bellos, de aquellos que no pueden soportar la incomprensión, la hostilidad ni la mentira intelectual, y que, conscientes de antemano de su impotencia, se rinden con una dignidad que termina por avergonzar incluso a los vencedores.
Conocía a las personas como sólo pueden conocerlas quienes poseen una sensibilidad extrema y viven en soledad. Le bastaba un gesto, una mirada fugaz, para percibir al ser humano casi de manera profética. Conocía el mundo de una forma extraordinariamente profunda, y él mismo constituía un mundo extraordinario y profundo.
Escribió algunas de las obras más importantes de la joven literatura alemana. En ellas se refleja la lucha espiritual de la generación contemporánea, aunque sin consignas ni palabras de orden. Son obras verdaderas, desnudas y dolorosas; tan verdaderas que incluso allí donde recurren al símbolo conservan una fuerza rigurosamente realista. Están impregnadas de una ironía seca y penetrante, y de la mirada sensible de un hombre que vio el mundo con una claridad tan insoportable que no pudo sobrevivir a ella; un hombre que prefirió morir antes que refugiarse en cualquier error intelectual, por noble, inconsciente o consolador que pudiera parecer.
El doctor Franz Kafka escribió el fragmento «El fogonero», publicado en checo por la revista Červen de S. K. Neumann, primer capítulo de una hermosa novela aún inédita. Es autor asimismo de «El veredicto», poderoso conflicto entre dos generaciones; de «La metamorfosis», quizá la obra más intensa de la literatura alemana moderna; de «En la colonia penitenciaria»; y de los volúmenes de relatos «Contemplación» y «Un médico rural».
Su última novela, «Ante la Ley», permanece desde hace años en manuscrito, a la espera de su publicación. Es uno de esos libros que, una vez leídos, dejan la impresión de un universo completo y cerrado sobre sí mismo, al que nada puede añadirse. Todas sus obras hablan de los terrores del malentendido, de las culpas involuntarias y de la incomunicación que separa a los seres humanos.
Kafka fue un hombre y un artista dotado de una conciencia tan delicada y angustiada que era capaz de escuchar los peligros allí donde otros, más sordos, se sentían seguros.
Milena Jesenská
Nota del autor:
Este texto posee un valor excepcional porque no fue escrito por un crítico o biógrafo posterior, sino por una persona que conoció íntimamente a Franz Kafka. Milena Jesenská fue una de las figuras más importantes de su vida afectiva e intelectual, y las líneas que siguen fueron redactadas apenas dos días después de su muerte. Algunas de las definiciones más célebres sobre Kafka proceden precisamente de esta necrológica, en particular aquella que lo describe como «un hombre demasiado clarividente, demasiado inteligente para vivir», así como la imagen de un escritor que veía el mundo poblado de «demonios invisibles» que amenazan constantemente al ser humano. Estas observaciones influirían decisivamente en la interpretación existencial de Kafka durante gran parte del siglo XX y contribuyeron a consolidar la imagen de Kafka como uno de los grandes exploradores de la angustia moderna.
Tanto este artículo de Milena Jesenská, publicado en Národní listy el 6 de junio de 1924, como el obituario de Max Brod aparecido un día antes en el Prager Tagblatt, han sido traducidos por el autor directamente de sus versiones originales en checo y alemán. Ambas traducciones han sido realizadas con el mayor rigor y esmero posibles, procurando preservar no sólo la fidelidad de los hechos narrados, sino también el tono, el estilo y la sensibilidad literaria de sus respectivos autores.
Resulta especialmente interesante una observación bibliográfica contenida en este texto. Milena menciona una obra inédita de Kafka bajo el título Ante la ley (Vor dem Gesetz). En aquel momento, apenas cuarenta y ocho horas después de la muerte del escritor, ni ella ni prácticamente nadie fuera del círculo más cercano conocía con precisión el destino editorial de los manuscritos que Kafka había dejado tras de sí. Menos de un año después, Max Brod emprendería la ardua tarea de ordenar aquellos papeles y publicaría en 1925 la novela bajo el título de El proceso (Der Prozess), nombre con el que la obra entraría definitivamente en la historia de la literatura universal.
La referencia de Milena constituye, por tanto, un testimonio histórico de enorme interés, pues refleja el estado del conocimiento existente sobre la obra kafkiana inmediatamente después de la muerte de su autor, antes de que Brod iniciara la compleja labor de editar, organizar y publicar los manuscritos que Kafka había pedido destruir. Leída hoy, esta necrológica no sólo representa una despedida profundamente conmovedora, sino también uno de los primeros intentos de comprender la singularidad humana y literaria de un escritor cuya influencia no ha dejado de crecer durante más de un siglo.
Vista desde la perspectiva actual, la lectura de este documento posee además un valor casi simbólico: nos permite observar el instante preciso en que Kafka deja de pertenecer exclusivamente a su reducido círculo de amigos y comienza a convertirse en una figura de dimensión universal. Milena escribió estas líneas sin saber que aquel hombre tímido, enfermo y prácticamente desconocido para el gran público acabaría siendo uno de los autores más influyentes del siglo XX. Precisamente por ello, su testimonio conserva una autenticidad irrepetible: no es el juicio de la posteridad, sino la voz de alguien que lo conoció, lo admiró y lo lloró cuando aún era simplemente Franz Kafka.
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Ariosto Antonio D’Meza es escritor en español y checo, además de cineasta. Reside en Praga.