El desafío de filmar lo irrepresentable

Hacer cine sobre Franz Kafka es, desde el inicio, un desafío condenado a la tensión. Su obra es fragmentaria, inconclusa, metáfora viva de la imposibilidad de narrar con plenitud. Walter Benjamin lo definía como el escritor del gesto inacabado, y Gilles Deleuze como una “máquina de escritura que siempre se fuga de sí misma”. Traducir a Kafka a imágenes supone, entonces, traicionar su esencia o bien asumir el riesgo de la incompletitud.

Agnieszka Holland lo ha intentado en Franz (2025), una película que no se contenta con ofrecer una biografía lineal, sino que pretende abarcar el mito entero: el Kafka íntimo, el Kafka literario, el Kafka contemporáneo convertido en icono cultural. La ambición es inmensa. El resultado, sin embargo, es disperso, irregular y, en buena medida, fallido.

 

Entre lo lineal y lo fragmentado

La película se presenta como lineal y fragmentada a la vez: sigue un recorrido reconocible de la vida del escritor, pero lo interrumpe con saltos de tiempo, escenas descontextualizadas y episodios contemporáneos (turistas en el Museo Kafka, narradores que rompen la cuarta pared). Esta estrategia formal pretende dialogar con la fragmentariedad de la obra kafkiana. En la práctica, sin embargo, genera confusión más que revelación.

Uno de los recursos más cuestionables son las intervenciones de Ottla, la hermana de Kafka, y Max Brod, quienes se dirigen directamente al público para contar lo que no aparece en la imagen, como si se tratara de narradores teatrales o de voces de una radionovela. Con ello, el filme mutila la especificidad del cine como lenguaje artístico, sustituyendo la potencia visual por una explicación verbal externa. El espectador no asiste a un relato cinematográfico pleno, sino a una mezcla híbrida donde la imagen necesita ser “traducida” por voces narradoras, debilitando así la autonomía expresiva del medio.

La crítica ha coincidido: el filme no es ni una biografía convencional ni una verdadera obra experimental. Se queda atrapado en un limbo. Cineuropa lo resumió: Franz “quiere ser subversiva, pero no alcanza esa fuerza”.

 

Lo íntimo, lo literario y lo contemporáneo: una suma caótica

El filme busca articular tres dimensiones:

  • Lo íntimo: el padre, la enfermedad, los amores imposibles.
  • Lo literario: atmósferas opresivas, juicios, metamorfosis, símbolos.
  • Lo contemporáneo: la banalización de Kafka como atractivo turístico en Praga.

El problema es que, en lugar de complementarse, estas capas se neutralizan. Lo íntimo se reduce a viñetas, lo literario a clichés expresionistas, lo contemporáneo a guiños irónicos superficiales. El guion parece armado con fragmentos dispersos de los diarios de Kafka y la biografía de Max Brod, seleccionados con un criterio sensacionalista más que interpretativo.

El resultado es un retrato caótico y sin gradación dramática: la historia no progresa, no conduce a catarsis alguna, no ofrece síntesis. Como señaló un crítico checo, el filme es “ruidoso, neurótico, un grito constante, pero no dice casi nada sobre Kafka”.

 

Fotografía y escenificación: logros aislados

Es justo reconocer que la fotografía, la iluminación y la escenificación alcanzan momentos logrados. Los interiores praguenses, los sanatorios y las oficinas burocráticas transmiten atmósferas de encierro. Sin embargo, la buena interpretación de Idan Weiss como Kafka tropieza en un detalle significativo: en la película aparece más bajo que Brod y de la misma estatura que sus hermanas y su madre, cuando en realidad Kafka medía 182 cm y era visiblemente más alto que todos ellos.

Pero el guion desperdicia estos logros visuales en escenas intrascendentes y desproporcionadas, como las largas secuencias de baños nudistas en los sanatorios. Es cierto que Kafka frecuentaba balnearios naturistas, pero convertir ese detalle marginal en eje dramático revela una apuesta desmedida por lo anecdótico, en detrimento de los verdaderos conflictos históricos y existenciales que marcaron su vida.

 

La omisión política e histórica

Uno de los déficits más graves del filme es la ausencia de dimensión política. Kafka vivió en un imperio austrohúngaro en crisis, fue testigo de las tensiones nacionalistas, del antisemitismo creciente, de las nuevas innovaciones técnicas que transformaban la vida laboral y generaban alienación. Nada de esto aparece en la película con peso suficiente.

En lugar de situar a Kafka en su contexto histórico –como empleado del Instituto de Seguros para Accidentes Laborales, preocupado por obreros mutilados por la maquinaria–, Holland prefiere recrear escenas neuróticas y anecdóticas. La más llamativa es aquella en la que el escritor, tras dar dos coronas a un mendigo, exige airadamente que este le devuelva una, y al no recibirla, organiza un escándalo histérico en plena calle. El episodio busca mostrar a un Kafka desquiciado por minucias, pero lo que consigue es distorsionar su carácter histórico.

El Kafka real, lejos de la caricatura neurótica, era un hombre de alta sensibilidad social. Su labor en el Instituto de Seguros lo enfrentó cotidianamente con trabajadores mutilados por la maquinaria industrial, y sus informes –todavía conservados– son prueba de su empeño por conseguir mejores compensaciones y condiciones para ellos. Esa dimensión compasiva, inseparable de su escritura alegórica sobre la alienación, queda borrada en la película. Lo que permanece en su lugar es una figura reducida a rareza existencial, sin enraizamiento en su tiempo ni vínculo con los conflictos sociales y políticos que lo marcaron

 

Sonido y música: oportunidad perdida

La banda sonora constituye otra de las fallas más evidentes. En lugar de dialogar con el contexto histórico o con la psicología del personaje, se opta por una música moderna y genérica, que rompe la coherencia temporal y carece de impacto emocional.

Se perdió aquí una oportunidad de oro: incorporar la música de compositores que no solo formaban parte del horizonte cultural de Kafka, sino con quienes Max Brod colaboró directamente, llegando incluso a traducir algunas de sus obras al alemán.

  • Leoš Janáček habría aportado tensión existencial y dramatismo checo en las escenas de opresión y procesos.
  • Bohuslav Martinů podría haber introducido ironía, modernidad y absurdo, en sintonía con la visión del absurdo que tanto fascinaba a Kafka.
  • La música klezmer/yiddish habría devuelto la raíz identitaria y cultural de la comunidad judía praguense.
  • Y el silencio musical, al modo de John Cage, habría representado ese vacío resonante en el que Kafka se sentía vivir.

Nada de esto está en la película. La relación entre lo sonoro y lo psicológico es casi inexistente. El sonido no incomoda ni acompaña: simplemente está.

 

Escenas contemporáneas: banalización turística

Otro elemento criticado son las escenas de actualidad con turistas recorriendo lugares asociados a Kafka. Se pretende ironizar sobre la mercantilización de su figura, pero la ejecución resulta banal y forzada. En lugar de proponer una reflexión crítica sobre el turismo cultural, se limita a mostrar estampas triviales que no dialogan con la densidad de la vida y la obra de Kafka.

 

 Actuaciones: un sostén insuficiente

Idan Weiss, como Kafka, ofrece una actuación sensible y contenida. Logra transmitir vulnerabilidad física y angustia existencial. Sin embargo, su trabajo se ve lastrado por un guion que no le permite desarrollar la ambigüedad del personaje.

Felice Bauer aparece reducida a la amante sacrificada, Max Brod sin la complejidad histórica que lo definió, el padre autoritario como una caricatura. Sin ese entramado humano, el Kafka de Weiss queda aislado en su propia intensidad, como si habitara una película distinta.

 

Recepción: tibieza y desencanto

La recepción crítica ha sido tibia, incluso decepcionada. Algunos reconocen el valor de la tentativa: no repetir un biopic convencional. Pero la mayoría señala el exceso de ambición, la dispersión formal y la falta de coherencia.

El público también percibe más ruido que revelación. Escenas largas, recursos expresionistas obvios, episodios contemporáneos banales: todo contribuye a la sensación de un mosaico que no termina de cuajar. El resultado es un filme que se ve más como borrador experimental que como obra acabada.

 

la paradoja kafkiana

En definitiva, Franz es una película ambiciosa pero fallida. Quiere ser biografía, ensayo y alegoría; termina siendo ninguna de las tres. Quiere ser subversiva, pero se queda a medio camino. Quiere mostrar la vida de Kafka, pero se concentra en detalles intrascendentes y sensacionalistas.

El filme no logra ofrecer ni una visión profunda del hombre, ni una traducción cinematográfica de su obra, ni una reflexión política sobre su tiempo. Es un retrato disperso, solemne y, en ocasiones, banal.

La ironía última es que, al querer escapar de los clichés sobre Kafka, la película crea otros: el genio neurótico, el sufrimiento perpetuo, el mito estetizado. El filme, se parece más a “un caleidoscopio roto e inútil” que a un retrato.

Quizás allí resida la verdad incómoda: Kafka es, por definición, irrepresentable. Y Franz no hace más que confirmarlo. Pero entre la imposibilidad y el fracaso hay matices. Holland aspiraba a lo imposible, y entregó un filme que revela más sobre sus propias limitaciones que sobre el escritor que quería inmortalizar.

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Ariosto Antonio D’Meza es escritor en español y checo, además de cineasta. Reside en Praga.