Visitas
No se aceptan visitas
a no ser que traigan una gota
de ajenjo puro o una manija
para abrir el poema de corazón
oscuro.
Que venga solo Françoise Villon
con más vino y pan caliente.
Que se acerque con su corazón pálido
y su capa de seda rodeado de un ángel
con diadema de estrellas.
Ahora errado de tantas sílabas
recurro a la botella vacía del poema.
Que nadie la escurra gota a gota
cuando el amor crece ante la horda
purificadora del cielo.
El patio
Un cuervo aleja al ave de mal agüero,
en su lugar coloca sus alas joviales
y escribe en el aire
su dilema sobre la concordancia.
Un cuervo con un ala rota no es
signo de debilidad ni miedo.
Es señal de desamparo, pero no de
derrota.
No podría, además, escribir sin el cuervo
que ha vuelto otra vez a acompañarme
cuando escribo afiebrado sin remedio.
Su poema es turbio como una tormenta
de sílabas en un campo de plumas.
Voy contra la neblina, tranquilo,
mi calle sosegada me conforta.
Mi poema es un patio con sus macetas
de tres colores, y la parrilla que humea
su sabor a carne asada.
Aquí todo sucede. Mi madre se pasea entre
los árboles y mi hija riega las plantas.
Los cuervos escriben conmigo una oda al
joven Mozart. Así pasan los días
cuando cartas no escribo ni saludo
a nadie en el vecindario.
La ventana
Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.
Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar, y solo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando este día parece propicio para descubrir los terrenos insondables.
Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras un demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.
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Miguel Ángel Zapata, poeta y ensayista peruano. Ha publicado recientemente: Una manija para abrir el poema de corazón oscuro. Poesía selecta 1999/2024 (Círculo de Poesía, 2025), El florero amenaza con hablar (Máquina Purísima, 2024), Usted no sabe cuánto pesa un corazón solitario. Ensayos sobre poesía (Universidad Ricardo Palma, 2023), Trilce. Ensayos (Universidad de Querétaro/Ed. El Tucán de Virginia, 2023), La iguana de Casandra. Poesía selecta (Fondo de Cultura Económica, 2021). Es Premio Latino de Literatura 2011, y Premio Nacional Enrique Anderson Imbert 2023. Es director fundador de Códice- Revista de Poesía (Lima-Nueva York). Ejerce de catedrático de literatura latinoamericana en Hofstra University, Nueva York.