En la humedad. En el espeso corazón de la neblina. Sobre las montañas, sobre las silenciosas playas, como un faro que intenta en vano ocultar su luz para no encandilar a los infinitos barcos que se hunden. Entre una tempestad de granizos que flotan para azotar el aire en vez del mar, ahí, detrás de los hielos veo dos manos que se agitan y sostienen tu voz, ondulante y sonora. El desierto azul de las espumas, el verde oleaje de los montes está repleto de cristales y condenas. Tus manos se despliegan, se agitan. Todo es poca cosa sin tu voz. Las piedras no encontrarían nunca su sentido. Las piedras nunca. Las ardientes, mudas piedras nunca. ¿Cómo nombrarte? ¿Cómo decir siquiera un nombre? El tuyo, el mío, cualquier otro. ¿Cómo saber qué es lo que pasa cuando pasan tus neuronas desfilando, una a una, muertas ya, colapsadas de amor? ¿Cómo contener el llanto cuando tu rostro pasa con el tajo del horizonte en las mejillas? ¿Cómo? ¿Cómo nombrarte? Es el año 1973. Yaces en el vientre de una ballena muerta frente a las costas del delirio. El sol, desangrándose, pinta tu miedo. Un mar, una bruma, un silencio. El paisaje va soñando su escritura. Hablas. Sueñas un lenguaje y lo dibujas en tu carne. Dices. Silenciosamente dices que tu vientre es el dolor. Que tu padre y tu abuelo se toparon juntos con el barco de la muerte. Eras un chico y empezabas a morir. Atravesaste los infiernos. De ahí tomaste la palabra y desde entonces brilla entre tus manos como un día infinito. Dices que tu vientre es el dolor. Dices que tu cuerpo está en pedazos. Dices que el lenguaje no te alcanza para nombrar tu angustia. Dices que tu vientre es el dolor. La secuencia de tus sueños se tatuó en la noche. Eres un profeta y tu mensaje es una geografía fulgurante. En ti las voces se amalgaman. Los futuros y los mares imposibles se amalgaman. Los poemas están muertos. Los poetas están muertos y fulguran. Los poetas están de nuevo en el Olimpo, en el Infierno, en la Nada. Todos cantan. Tú lo sabes. Todos cantan y su canto es el último testigo de una muerte. Doscientos siglos pesan sobre sus espaldas y sus lenguas. Todo está cayendo y tú lo sabes. Tú sabes que la muerte está escondida en el corazón de las palabras. El maravilloso desfile de las lenguas muertas te rodea. La Humanidad entera te rodea y nadie escucha. Tu palabra toda es una respuesta ante el abismo. Tu palabra se dispersa por el aire mientras tú, acuclillado, tiemblas. En tus manos está el vértigo del Hombre. Siéntelo. Ahí, sobre las montañas, en la plenitud de la luz estás viendo las señas del porvenir, un porvenir que emerge por aquí, por allá, por todos lados, y se apaga. Todo esto se apaga y no sabes por qué. Nadie lo sabe. Una cadena de montañas nuevas nace en tu lengua y flota. Debajo de tu lengua está el amor. Debajo del amor está tu vida. Esas montañas son tu propio cuerpo, son tu dolor y tu deseo. Todo brilla en ti. Lo que dices lo dice alguien más que tú. Ese alguien está arriba, está abajo, está dentro de las palabras tuyas y te dicta. He ahí la lucha y el poema. Las semillas de luz se ensartan en los campos de la noche, en la humedad, en el espeso corazón de la neblina. Tus inmensas manos cierran una puerta y todo calla. Entonces, las montañas nuevas. Incólumes. Totales.
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Luis Méndez Salinas (Ciudad de Guatemala, 1986). Poeta y editor, con estudios en Arqueología. Dirige el proyecto Catafixia Editorial y las librerías Catafixia Centro (en Ciudad de Guatemala) y Santiaguito Libros (en Quetzaltenango). Su obra poética aparece en las antologías Aldeas mis ojos, 10 poetas guatemaltecos después de la posguerra (CCE/g, 2007), Adornos de papel (Editorial Cultura, 2008) y Microfé, poesía guatemalteca contemporánea (Catafixia Editorial, 2012). Ha publicado los libros de poesía (sí) …algún día nos haremos luces (Editorial Cultura, 2010) y Códex (Catafixia Editorial, 2012), así como la plaquette Elogio del Hombre Solo (2020).