Cartas recientes me anuncian que Salomón de la Selva ha sobrevivido a la Gran Guerra. Son tantos, aun para quienes hemos nacido en países que no tomaron parte en el conflicto, los amigos y los conocidos que han muerto, o de quienes no se tienen noticias aún, que cabía abrigar temores sobre la suerte del poeta.

Salomón de la Selva se había alistado en el ejército de Inglaterra a mediados de 1918, cuando acababa de publicar su primer libro de versos en inglés. Desde mediados de 1917, estaba pronto a entrar en filas, a pelear en la guerra justa: en el training camp había conquistado el derecho a ser teniente; pero el ejército de los Estados Unidos se mostraba reacio a admitirlo si no adoptaba la ciudadanía norteamericana, y el poeta declaró que no abandonaría la de Nicaragua. Al fin, hastiado de gestiones inútiles, se alistó como soldado en el ejército de Inglaterra, patria de una de sus abuelas. Después del aviso de su llegada a Europa, las noticias faltaron durante meses; ahora sabemos que se halla cerca de Londres, y que de cuando en cuando visita los centros de reuniones literarias, donde se le acoge con interés.

Salomón de la Selva nació en León de Nicaragua, hace poco más de veinticuatro años. Cuando contaba doce, llegó a los Estados Unidos, y bien pronto, con rapidez infantil, adoptó el inglés en lugar del castellano, como lengua para sus incipientes ejercicios literarios. Durante unos cuatro años, leyó a los poetas ingleses. Y escribió, escribió torrencialmente. Regresó a Nicaragua; recobró el terreno perdido en su idioma natal; pero el ajeno le era ya más familiar, irrevocablemente, en el orden literario. En 1912 se halla de nuevo en los Estados Unidos, y no los abandona hasta que la pasión de la justicia lo lleva al ejército de los aliados.

Le conocí en 1915, cuando la revista The Forum, de Nueva York, acababa de aceptarle para la publicación de su Cuento del país de las Hadas. Por primera vez una composición suya aparecía en una revista de importancia.

Poco después nos unimos para realizar pequeñas reuniones a que asistían hombre de letras de las dos Américas. Allí, si no me equivoco, comenzaron los del Norte a poner atención en la poesía rotunda y pintoresca de Chocano, cuya visión externa del Nuevo Mundo es la más rica que hoy existe, en verso castellano o en verso inglés. Entre los poetas norteamericanos, amigos de Selva, se contaban ya Thomas Walsh, pulcro y cultísimo, ameno conversador, lleno de anécdotas sabrosas; William Rose Benét, el místico del Halconero de Dios, con su moderación de modales y su elevación de ideas; el sencillo y sonriente Joyce Kilmer, caído luego en tierra de Francia….

 Después, Selva tuvo muchos amigos literarios, desde los pontífices cuya opinión consagra hasta los principiantes que admiran; estuvo de moda en los cenáculos; el decano de las letras norteamericanas, Howells, le dedicó caluroso elogio, sin conocerle personalmente, desde la tribuna del Harsper’s Magazine. En fin, hasta causó extraña conmoción, en una solemnidad panamericana, atreviéndose a decir verdades duras en presencia de Roosevelt. 

Memorable aquel episodio. No estuve presente, pero la prensa y las cartas me informaron de lo ocurrido. La reunión fue en el Club Nacional de las Artes, en febrero de 1917, y la organizaron las principales asociaciones de artistas y literatos. Presidía el poeta y novelista Hamlin Garland. Hablaron, entre otros, Thomas Walsh, el poeta; Alfred Coester, el autor de la Historia literaria de la América española; el popular dramaturgo Augustus Thomas; Ernest Peixotto, pintor y escritor (“sus descripciones de nuestra fauna y nuestra flora –dice una de las cartas– de nuestras estaciones y nuestros paisajes, revelaban gran delicadeza de gusto”); John P. Rice, catedrático de literatura española, traductor de Chocano y de otros poetas de nuestra lengua; Kermit Roosevelt, hijo del ex presidente. Se esperaba que, al final de la solemnidad, hablaría Roosevelt, y Mr. Garland así lo expresó; pero el improvisado discurso y los versos de Salomón de la Selva turbaron la atmósfera, y el estadista ilustre no tomó la palabra: Mr. Garland, intranquilo, cerró la reunión sin pedirle que hablara. 

Portada de El Soldado Desconocido, Editorial CVLTVRA México, 1922, ilustración de Diego Rivera

Salomón de la Selva era el último en el programa. La ceremonia había sido larga. “Ya habían dado las once –me escriben–; el público estaba fatigado por los muchos discursos, y, cuando se anunció a Selva, presintieron nuevo fastidio, al tener que oír a otro profesor” (en aquel entonces, Selva enseñaba en Williams College). La gente comenzaba a marcharse. Pero apenas Selva comenzó a hablar, nadie pensó en abandonar el salón, y hasta regresaron los que se habían levantado para irse. El fuego de sus palabras se comunicó al auditorio, que le escuchó con atención y le aplaudió con furia. “Durante toda su disertación –escribe una dama–, sus cabellos estaban erizados.” “Inconscientemente –escribe un poeta norteamericano–, lanzó a Roosevelt una mirada de fuego”. 

Nicaragua es pequeña en extensión –dijo Selva, según The New York Tribune–, pero es poderosa en su orgullo. Mi tierra es tan grande como sus pensamientos; tan grande como sus esperanzas y sus aspiraciones… Amar a los Estados Unidos como yo los amo cuesta gran esfuerzo cuando mi propio país es ultrajado por la nación del Norte. No puede existir el verdadero panamericanismo sino cuando se haga plena justicia a las naciones débiles. 

Y los mismos conceptos aparecen en su poema, leído allí, bajo el título de “El corazón del soñador conoce su propia amargura”, donde habla de los sueños de su adolescencia, cuando se representaba a la tierra del Sur como su madre y a la tierra del Norte como su novia. 

Cualesquiera que sean las injusticias cometidas, debe reconocerse que al pueblo norteamericano le impresiona la voz de la justicia. Y el público que asistía a la ceremonia pan-americana aplaudió furiosamente las palabras inflamadas de Selva. Roosevelt –dicen las cartas–, se indignó; “dijo, a los que aplaudían, que su proceder era antipatriótico. No saben lo que hacen –insistía. A lo cual una dama entusiasmada contestó: ‘Aplaudimos la verdad.’”

El primer libro de versos de Salomón de la Selva, Tropical Town and Other Poems, sorprende por su variedad de temas y de formas. Hay quienes se sienten desorientados entre tanta riqueza, y no saben dónde hallar el hilo de Ariadna para el laberinto. A ésos podría atormentárseles diciéndoles que aún hay más, mucho más, en la obra de Salomón de la Selva –otros temas y otras formas que no hallan cabida en el volumen–, y que, desde luego, hay más, mucho más, en su personalidad.

Para mí, la fuerza de unidad que anima su obra está en el delirio juvenil que se apodera del mundo por intuiciones rítmicas, intuiciones de color, de forma, de sonido, de fuerza, de espíritu: todo se inflama bajo su toque.

Pero no es exclusivamente intuitivo, sino que posee cultura poética honda y gran caudal de recursos artísticos. Según el consejo de Stevenson –incomparable maestro de técnica literaria–, se ejercitó en todos los estilos: le he visto ensayar desde la lengua arcaica y los endecasílabos pareados de Chaucer, hasta el free verse de nuestros días. No en vano dije que hay en su obra más de lo que revela su primer libro, cuya mayor parte puede encerrarse dentro de las normas del siglo XIX. Hasta ahora, en verdad, cabe decir que Selva no se ha decidido a romper con el siglo XIX: el marco de sus inspiraciones comienza generalmente en Keats y Shelley y llega hasta Francis Thompson y Alice Meynell. Diríase que espera dominar su forma antes de lanzarse de lleno a las innovaciones: su buen gusto así nos lo haría esperar; diríase también que en medio del torbellino de la poesía “siglo XX”, unos cuantos, entre los poetas jóvenes, prefieren atenerse, en general, a las formas consagradas. Así piensa –por el momento– Salomón de la Selva, según lo explica en una de sus cartas, donde ensaya definir su situación entre los grupos literarios de la Estados Unidos. 

Los poetas vivos –dice–, podrían distribuirse en tres grandes grupos: los poetas de ayer, los poetas de hoy y los poetas menores de treinta años. Los poetas de ayer son, por ejemplo, Edwin Markham, Howells, Henry Van Dyke, George Santayana, John Erskine, y aun otros de tono más moderno, como Bliss Carman (canadiense de origen), Richard Le Galliene (inglés residente aquí) y Thomas Walsh. Esos poetas habían publicado libros antes de 1912 y no les afectó el movimiento modernista iniciado en ese año, por Harriet Monroe con su revista Poetry. 

El segundo grupo comprende a todos los poetas que se entregaron a los nuevos metros o a la nueva retórica: Edgar Lee Masters, Amy Lowell, Robert Frost, Edwin A. Robinson, Vachel Lindsay, Carl Sandburg, y otros, que son, indisputablemente, los poetas de hoy. Un hoy que pudiera terminar pronto, a causa de su intensidad excesiva. La erupción del verso libre va disminuyendo: nunca llegó a dominar por completo a ninguno de los cinco poetas primeros que he nombrado. Masters publica ahora libros diferentes de su Spoon River en la forma: ha vuelto hasta el metro de la balada, y emplea frecuentemente los clásicos endecasílabos blancos. El verso libre sólo ha sido parte de los recursos de Amy Lowell: sus mejores versos son quizás los eneasílabos que abren su libro Sword Blades and Poppy Seeds. Frost nunca ha escrito free verse: su novedad consiste en el absoluto abandono de los clisés de la literatura, de los temas librescos. Robinson es aún más conservador que Frost en materia de métrica. Lindsay es realmente melodioso: su Congo y su Firemen´s Ball y su Chinese Nightingale son mescolanzas de ritmos viejos… 

Los poetas menores de treinta años son legión. Entre ellos, los mejores son Edna St. Vincent Millay y Stephen Vincent Benét. Son admirables, la primera en su libro Renascence, el segundo en su balada “The Growing of the Hemp”. Éstos –y yo con ellos– vuelven a las formas tradicionales del verso inglés. Representamos la continuidad que pide Alice Meynell en su famoso ensayo sobre los “Descivilizados”. 

Pero, al pensar así, digo que piensa provisionalmente. Porque el deseo de expresiones nuevas le llevará, de modo inevitable, a ensayar y experimentar. Lo ha hecho siempre, aunque sin atreverse a poner sus ensayos de forma nueva a igual altura que sus composiciones de forma tradicional. Le interesan los curiosos ensayos rítmicos de Amy Lowell, el clamor turbulento de Carl Sandburg, la puritana sobriedad de Frost. De lo que hará más tarde, tengo duda. 

Para mí, su poesía se distingue ya, en el país de lengua inglesa donde comenzó a escribir, porque posee elementos que no abundan en los Estados Unidos: imágenes delicadas y música verbal. La imaginación norteamericana propende al realismo, a las concepciones claras y sin ornamentación: cuando se exalta, tiende a lo vasto sin contornos, como en Emerson, como en Whitman, como ahora en Sandburg o Lindsay. Fuera de Poe, apenas hay imaginativos, sino de grandes magos del ritmo. En Inglaterra, pues, mucho más próxima que Norteamérica a la cultura y a los gustos latinos, encontrará Selva el campo propio para su desarrollo ulterior.

He discurrido ya tan largamente en torno de su obra, que apenas me queda espacio para dar idea de sus temas. Desde luego me aventuro a afirmar que el primer deber literario de todo hispanoamericano que sepa inglés es leerle; el segundo deber será traducirle –lo cual no sería favor, sino gratitud, porque Selva ha vertido al inglés a no pocos de nuestros poetas.

La parte más interesante del libro es, para nosotros, la sección “Mi Nicaragua”, colección de acuarelas sorprendentes por lo delicadas y justas. Principia con la acuarela más breve de todas, la que da título al libro “Tropical Town”, y termina, saliéndose ya de la visión pictórica, con el inolvidable grito, “rojo como flamenco”, de la ceremonia panamericana. 

Las otras secciones tienen menos cohesión: hay paisajes de la Nueva Inglaterra, madre espiritual de los Estados Unidos; hay versos de ira y de amor para la tierra en que escribía sus versos ingleses (¡oh Rubén Darío, autor a un tiempo mismo de la “Oda a Roosevelt” y de la “Salutación al Águila”!); hay canciones inspiradas en motivos populares o en las deliciosas rimas infantiles de su hermana; hay poemas inspirados por obras de arte –Bach, Giorgione, Cellini –; hay creaciones de fantasía que se agitan “en danzas etéreas”, como el encantador Cuento del País de las Hadas; hay salmos de amor ideal y hay gritos crueles sobre el hambre y el odio. Y todo lo ha vivido el poeta. Él lo dice: “He de vivir las canciones que canto para salvarlas de la muerte” Sí, aunque “el decir las cosas bien” aparezca como signo de artificialidad a los ojos de los superficiales, es verdad. Todo lo ha vivido el poeta.

(Minneapolis, 1919. Publicado originalmente en El Fígaro, La Habana, año XXXVI, núm. 12, 6 de abril de 1919, pp. 288-289).

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Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), gran intelectual, filósofo, crítico y escritor dominicano, sostuvo una intensa amistad cultural con Salomón de la Selva.