Poesía vertical (1958)

9

Pienso que en este momento

tal vez nadie en el universo piensa en mí,

que sólo yo me pienso,

y si ahora muriese,

nadie, ni yo, me pensaría.

 

Y aquí empieza el abismo,

como cuando me duermo.

Soy mi propio sostén y me lo quito.

 

Tal vez sea por esto

que pensar en un hombre

se parece a salvarlo.

 

Segunda poesía vertical (1963)

51

Tu ausencia es el borde

de una pared que detiene el viento

y fabrica con él dos largos túneles

de cuyo fondo volverán tus ojos.

Tu ausencia me suelta

una piel imposible,

que sólo viviría

en la temperatura que se fue con tus manos.

Y en cambio me ata

esta piel que me aprieta los tobillos

y me desemboca locamente

en el costado fiel del corazón.

 

Tu ausencia hace llover encima mío

el espacio que queda entre la lluvia.

 

Tercera poesía vertical (1965)

4

Si uno no es igual a su despertar,

si el despertar lo excede

o es menor que uno,

¿quién ocupa la diferencia?

 

Y si uno no es igual tampoco a su dormir,

¿a dónde se queda su costado despierto

o qué otra cosa se duerme con uno?

 

¿Y si uno no es igual a uno?

 

El signo igual parece a veces

la duplicación ensimismada

del menos.

 

Cuarta poesía vertical (1969)

46

Las palabras son pequeñas palancas,

pero no hemos encontrado todavía su punto de apoyo.

Las apoyamos unas en otras

y el edificio cede.

Las apoyamos en el rostro del pensamiento

y las devora su máscara.

Las apoyamos en el río del amor

y se van con el río.

 

Y seguimos buscando su suma

en una sola palanca,

pero sin saber qué queremos levantar,

si la vida o la muerte,

si el hecho mismo de hablar

o el círculo cerrado de ser hombres.

 

Quinta poesía vertical (1974)

10

Hay vidas que duran un instante:

su nacimiento.

 

Hay vidas que duran dos instantes:

su nacimiento y su muerte.

 

Hay vidas que duran tres instantes:

su nacimiento, su muerte y una flor.

 

Sexta poesía vertical (1975)

75

Estamos aquí

como juguetes de alguien

que no sabe jugar.

 

Los juguetes

deben enseñarle a jugar

a quien los hizo.

 

Séptima poesía vertical (1979)

43

Estoy contigo.

Pero por encima de tu hombro

me dice adiós tu mano que se aleja.

 

Entonces yo contengo mi mano

para que no nos traicione ella también.

E insisto:

estoy contigo.

 

Los innegables títulos del adiós

abandonan entonces provisoriamente sus derechos.

Y nuestras manos se aquietan

en las equidistancias de estar juntos.

 

Octava poesía vertical (1982)

32

La vida tiene una música de fondo.

Nadie sabe reconocer su origen,

pero a veces nos parece recordar su melodía.

Quizá con eso basta

para no sentirnos completamente extraños,

a pesar de que todas las músicas se eclipsen

como soles impotentes

 

en los tráfagos subrepticios

de los espacios sin sonido.

Aunque casi ni vivamos,

La música de fondo de la vida

nos permite por lo menos

escuchar el vivir.

 

Novena poesía vertical (1984)

6

Todo se apoya en algo

o cuelga de algo.

Pero ¿dónde se apoya

o de qué cuelga el centro?

Tal vez se apoye en su propia periferia

y también cuelgue de ella.

La rosa se apoya en la tierra

peor en verdad cuelga del cielo.

El pensar se apoya en un desliz del cuerpo,

pero en verdad cuelga del sueño.

El amor se apoya en un espacio recortado,

pero en verdad cuelga de un tiempo recortado.

La presencia se apoya en lo que hay,

pero en verdad cuelga de lo que no hay.

El centro se apoya en un vacío,

pero en verdad cuelga de otro.

 

Décima poesía vertical (1987)

2

Cuando un lenguaje se extravía en otro lenguaje,

cada palabra o signo

clausura su lugar,

lo disimula

como si alguien cerrara su casa

para que nadie la ocupe o despoje

mientras dure su ausencia.

 

Pero ningún signo o palabra

vuelve nunca a su sitio.

Cuando un lenguaje se extravía en otro,

también el otro se pierde en el primero.

 

Tal vez por eso

cada palabra o signo

debe volver a nacer constantemente en otra parte.

El lugar de una palabra

es siempre otro.

 

Undécima poesía vertical (1991)

4

Romper también las palabras,

como si fueran coartadas ante el abismo

o cristales burlados

por una conspiración de la luz y la sombra.

 

Y hablar entonces con fragmentos,

hablar con pedazos de palabras,

ya que de poco o nada ha servido

hablar con las palabras enteras.

 

reconquistar el olvidado balbuceo

que hacía juego en el origen con las cosas

y dejar que los pedazos se peguen después solos,

como se sueldan los huesos y las ruinas.

 

A veces lo roto precede a lo entero,

los trozos de algo son anteriores a algo.

El aprendizaje de la unidad

es aún más humilde e incierto

que lo que sospechamos.

La verdad es tan poco segura

como su negación.

 

Duodécima poesía vertical (1993)

77

El misterio no tiene dos extremos:

tiene uno.

 

El único extremo del misterio está en el centro

de nuestro propio corazón.

 

Sin embargo,

no dejaremos nunca de buscar el otro extremo,

el extremo que no existe.

 

Décimotercera poesía vertical (1994)

83

Mezclar los datos de varias historias

y armar con ellos otra historia

que no se parezca a ninguna.

 

Tal vez así, sin darnos cuenta,

tracemos nuestra historia.

El viento suele ordenar las cartas

mejor que nosotros.

 

Y después abrir el juego

para que nadie falte.

 

Décimocuarta poesía vertical (póstumo, 1997)

104

Sólo la grieta de la privación

nos acerca al encuentro.

Y si el encuentro se produce,

no importa que él sea otra grieta.

 

Sólo así hallaremos

el secreto de la primera.

¿Por qué sentimos lo que no existe

como una privación?

¿Será el único modo

de lograr su existencia?

 

—–

Roberto Juarroz (Argentina, 1925-1995) fue un poeta, bibliotecario, crítico y ensayista. Entre 1958 y 1965 dirigió veinte números de la revista Poesía = Poesía junto a Mario Morales. Recibió, entre otros, el Gran premio de honor de poesía de la Fundación Argentina de Buenos Aires, el Esteban Echeverría de 1984, el “Jean Malrieu” de Marsella en 1992, el premio de la Bienal Internacional de Poesía, en Lieja, Bélgica, en 1992 y el Premio Konex-Diploma al Mérito 1994 en la disciplina Poesía.