Fábrica de mártires
Una isla nace en un fogaraté de orgasmos
y tus pecados son mis primeros conocidos.
Ignorados estos absurdos del bien y del mal
siembro a la vera del mar
botones de flores sobre senos desnudos
sobre el bulevar de unas cuantas estaciones salinas.
Inventando la celestina entre la inocencia y el naïf
las fronteras de mis nervios se derivan.
Al fin somos pecados sin perdón
somos territorios carnales
sobrepoblados de placeres
órganos y órganos,
somos una anatomía de escándalo
somos palabras agridulces.
Simulacros de paraísos
A Manuel Amador
De isla en isla,
tintas en movimientos,
fugas siempre irresolutas,
Olas del alma que atormentan los territorios del cuerpo
razón perdida en un garabato de inocencia,
la anatomía de la verdad desde una lengua descuartizada
o descosida enésima de veces.
De isla en isla
estoy gravitando pueblos dictadores.
Esta isla de este mundo entero
esta isla mutante
con su vertebre de fósiles
con su vertebre manufacturado
con su vertebre de rocas y pullas.
Esta isla verde, roja, cenizas
esta isla de metal, de escombros
esta isla roja y ceniza abrazada
aguantando vidas post-mortem
aguantando simulacros de paraísos
aguantando la plaga de voces acéfalas
Adelaida
A Valentín Amaro, por su amor a Adelaida
En el agua,
en el aire mojado,
el silencio está muerto.
El silencio es la muerte abandonada
en el sueño del vacío.
(El vacío sueña con una manada de abismos,
con cuerpos sin placeres
vestidos de un frío asexuado).
Adelaida,
la montada,
la poseída
de las voces de fuego,
de hierro, de sangre,
de tierras, de hojas de esmeralda,
de sol…
Un dios sol,
un sol dios
que apenas alcanza a ver
el nido de luz en tus ojos.
Adelaida,
flor de tambor brotada
sobre la orilla de lambí irisado,
flor irisada y mojada.
Los talones suspendidos sobre tu cabeza
de un cielo embriagado
de colores de Aida Wedo,
dejando caer un brazalete de vapor árido
en la onda de tu cuna de agua.
Y ahora la onda tibia
la peinas con tus dedos de lianas
encima de la cabeza de Simbi Andezo,
enamorada del rocío.
Flor de tambor,
flor de lambí irisado,
flor comilona de colores,
flor mojada,
y el rocío cae sobre tus pétalos
con gotitas de voces
escotando una sinfonía
para regar los sueños de tus labios.
Adelaida
danza con tintas de carne,
placer de arcángeles y de hombre,
codicias, un viejo pecado absurdo.
Un sol rojo (el sol dormilón)
se infiltra en tu rama de sangre
mientras una luz cromática
abusa del sexo de la luna.
(El silencio muerto bebe su sollozo).
Las alas del viento de la noche,
tu cuenca de fogata crespo,
el fantasma de mis fantasías
sus piruetas en tu libido carmesí.
Los gritos gelatinosos de tu hibisco clitogénico
agrietando esferas de orgasmos.
Eres carnal…
carnal, pecado inventado.
Adelaida,
la noche
desnuda tus piernas.
La noche llega con alas lentas
en país poema que excava el misterio
para enterrar verbos invertebrados.
La noche,
fuga de los Zobop,
la muerte del silencio muerto.
Cric crac,
los cuentos.
Cuéntame la historia
de este viento de oro y de sol
muerto sin poder ofrecerte
el aroma de los dondiegos de noche.
Esto debe cambiar
A Jean Leopold Dominique
Los asesinos están en la ciudad
como gemelos malos de la vida.
Las metrallas tartamudean
ya los gritos y los silencios del pueblo son impopulares.
Los asesinos están en la ciudad
en mal trance de los Bizango.
Barón Simityé maestro fértil del inframundo
se desvanece en el embargo de las quimeras.
Los asesinos están en la ciudad,
la noche pertenece a los vaivenes de las luchas
y a la semejanza de los fantasmas.
Y el miedo del pueblo se transforma en creencias,
la paz ya no es panfleto de guerras
es una locura, por ser locura es errante
y por ser errante,
es un absurdo absoluto, exorbitante.
Los asesinos están en la ciudad
la voz pólvora se expira lejos de la puerta del cementerio,
el populacho sale a ensamblar sus huesos y fragmentos
esto debe cambiar,
esto debe cambiar,
no creemos en la democracia, son cosas de blancos,
gritamos y nos salen murmullos por las fisuras del lambí,
la voz pólvora se sofoca en las ironías de todos los bulevares.
Los asesinos están en la ciudad
gritando con los oprimidos:
esto debe cambiar.
Genealogía
A Gajaka
Nuestra genealogía es una arteria obstruida
deseada para ser degollada
gruñe, pero sus gruñidos no tienen huellas
y peor nadie se enamoró de su eco
ni de la bufonería de su peregrinaje hacia la muerte.
El firmamento fulminado con astros
estrangula la ruptura sangrante de su dolor,
abriendo en los eslabones grietas de libertades
y desde entonces tomó el nombre de Masacre.
Y desde entonces…
La genealogía del motín de los cimarrones,
de los decapitados,
de los fríos barrotes del Castillo de Joux,
del paludismo a la matanza de los blancos,
el mal pago del pacto del emperador en el puente Rojo,
el contagio de Charlemagne Peralte a Papá Liborio,
de las garras de los Cacos hasta la gangrena del Artibonito,
desde los sollozos rojizos de Jean Rabel hasta los sin epitafios
de Raboteau
y hasta el día de hoy…
Desde entonces
nuestra genealogía pisotea los talones de la vida.
Hombre pecador en vía de extinción
A León Félix Batista
Nuestra esperanza fornica nuestro tiempo y nuestro devenir
y abandonar es andar sobre azufres,
entre confundibles senderos
y descubrir que bellas y bestias son iguales de venenosas.
Miro la luz que nunca me prometo alcanzar
para no vivir el vicio de la melancolía
por mis pecados puedo animar mi sublime posesión
con placeres y carnes que invaden mi alma.
Y cuál sería la diferencia entre vagabundear y aventurar
actuar como seres ya ha dejado de ser un juego
yo, sigo siendo hijo mal amado de la paranoia de todos ustedes
mis pecados me acercan más a la humanidad.
Un cierto evangelio de la isla
A Pedro Abreu
Primer capítulo; (somos locos).
Primero, la perla es brotada de los nervios de fangos viejos,
y en esta primicia, colándose, piafaron el oro, la caña dulce,
y se inclinó el areito hasta morir ante las notas gregorianas.
Los ébanos no tardaron en llegar al festín,
desprendidos de sus horizontes
bailaron forzados con los cueros de la civilización,
y sus ancestros se pigmentaron de los santos,
así nace el segundo capítulo, una nueva primicia,
la primera y última noche de libertad.
En trance la circulación sanguínea,
la desarticulación rojiza en la degolladura del animal insano
bautizando el abismo con un nombre más fino
libertad o muerte.
Tercer capítulo, se abre el telón, nunca lograron ser libres
sencillamente se salvaron de caerse en el olvido,
olvido que viene después del abismo.
—-
Samuel Gregoire nació en Puerto Príncipe, Haití. Desde 2004, vive en Santo Domingo, República Dominicana. Gregoire es autor de los libros Simulacros de paraísos y otros renacidos (2018) y El amor ha muerto (2011). Es escritor y profesor. Prologó la antología de poesía haitiana y dominicana Palabras de una isla (2012), de Basilio Belliard y Gasthon Saint-Fleur. Sus poemas han sido publicados en antologías y revistas literarias internacionales como Antologías poéticas de la VI y de la VII semana internacional de la poesía, de Mateo Morrison, Alta Realidad: Antología del Festival Internacional de poesía de Santo Domingo, de León Félix Batista, Water’s Edge: Writing on Water, de Forrest Gander, y en las revistas Poesía, La Libélula vaga, Red Door, Álastor, Abisinia Review y The Poetry Foundation.