Aquí estoy, Haití

Un solo suspiro agrio en el alba naciente
basta para revelarme ante ti, desnudo,
como la corteza montañosa de tu cuerpo,
en busca de ese fragmento esencial
que me falta, cruelmente.
Tú, a quien prefiero
día y noche
y por la eternidad — de amor.
Solo quiero tu sol para mis ojos
y tus playas para mi poema.
No odio este bello mundo,
porque gracias a tu sonrisa,
a tu cuerpo rebelde,
lo veo distinto.
Odio cuando lloras,
cuando las balas desgarran el aire,
eclipsando la melodía de tus pájaros.
Odio cuando entregas tu confianza
a quienes explotan tu ternura,
a esos parásitos que chupan tu pecho
hasta su caída.
Cuerpo amado,
te entregas cada vez.
Esa belleza que llevas
en tu piel marcada,
como sello de resistencia contra el miedo,
para forjar la sonrisa de tus hijos,
replegados, calles vacías.
Solo ese suspiro
me basta para saber
que no puedo odiarte.

 

Reconstruiremos la ciudad

La ciudad ya no está,
el país tampoco.
Es caos, es naufragio,
y nadie se preocupa.
Conciencia perdida,
corremos de cabeza al abismo.
La ciudad muere bajo nuestros pasos inconscientes.
Solo hay ciudad,
y también morimos,
morimos antes del tiempo, antes del alba.
Aquí nada florece.
Si los muros tienen oídos,
los de la ciudad tienen los tímpanos rotos.
Pero intentamos vivir, así.
Hablamos de reconstruir la ciudad.
Es posible,
porque es tierra de resistencia.
Y partiremos de esta ciudad
para reconstruir otras.
Ya no huiremos más.
La ciudad rebosa de esperanzas, de frutos.
Compartiremos la paz, el amor, el agua fresca.
Allí impediremos el desamor.

 

 

Mi poesía

Horizonte sin poesía,
tierra ingrata para el color.
Lo comprendí cuando te ausentas.
Tú sostienes en tu mano
toda la pintura
la poesía
con la que me preparo
para teñir la espera del día.
El mundo sin ti
no tiene imagen.
Ardo en colores locos,
en vértigos de tinta.
Mis palabras siguen tu forma
en el giro de las nubes.
En tus dedos cerrados,
inunda la espera,
porque solo toda obra maestra permanece.
Y el verbo, petrificado en sus bocas,
murmura tu nombre en la garganta de la ausencia.
Sonrisa a horcajadas.
Lejos de ti,
el sol finge las hojas.
porque, señora,
usted es mi poesía.
¡Hagan llover poemas!

 

Me fumo

Me fumo.
Cuerpo, cuerpo,
en busca de justicia
y no solo — congelado
en este rincón donde la espera me devora.
Me fumo.
Cada voluta llevada al infinito
que se eleva con una parte de mí,
con mis dolores.
Mírame ahora,
radiante — metamorfoseada.
Después de cada bocanada
mi miedo se borra — me pierdo.
Este cigarrillo en mi mano
quema también mi piel,
atrapada en un abrazo excesivo.
El humo negro, traicionero
para hundirme aún más.

 

 

Mi nebulosa

No hay amor desdichado
que no se alimente de indiferencia.
No hay hombre feliz
que no viva de tu rostro
que responde a todos los nombres del mundo.
No hay tímpano acariciado
que no escuche el sonido de tu melodía.
No hay alma rota
que no sane bajo tus párpados.
cada latido que callo
te lo dice sin oración.
No hay instante insignificante
que no esté dibujado por tu ausencia.
No hay paz en ningún lugar
que no sea mecida por tu presencia.
cuando me haces falta,
habitas mis noches.
No hay sombra de miedo
que no sueñe con tu luz.
No hay viento pasajero
que no sople tu nombre.
porque incluso en la lejanía
mi corazón siempre te adivina.
No hay lágrima derramada
que tu cabello no seque.
No hay nuevas estrellas
que no nazcan en tu nebulosa.
porque todo se alinea
con las curvas de tu cuerpo.

 

Suspendido de tus labios

Si un día me voy,
sabe que dormiré eternamente
con el sabor de tus labios en estallido de oro,
como un sol posado sobre mi última aurora.
A los ángeles les diré:
ya conocí el paraíso
tenía el perfume de una risa
y el sabor de tus labios.
No lo entenderán,
yo mismo ¿cómo habría de entender
que un labio pueda ser
miel y leche, fuego y frío,
diluvio y desierto a la vez?
Independiente del tiempo,
sin ser tocada,
me llega como enviada
a través de esa foto ofrecida en la mañana
como deseo de buen día
ella es mi día.
Mientras aún respire,
beberé esta alegría
como un ladrón de néctar.
Y si te vas, iré
hasta el fin del mundo,
hasta el fin de tus labios.

 

 

Vértigos y caos

Porque nuestras lágrimas dejaron de caer hace mucho,
lloramos sangre,
porque nuestros corazones están desgarrados por los golpes.
De rodillas,
esperamos el día del veredicto.
El cielo que nos protege
es masticado por las nubes,
vuelto vacío, sin eco ni luz.
Las huellas del tiempo,
del caos,
de la estupidez,
apestan el asfalto.
Los hombres de la ciudad pierden la memoria,
dudan en cruzar estas tierras ensangrentadas.
Vendrá un día, tal vez,
en que reunidos,
los vivos y la memoria de los muertos
que cargamos en brazos,
exigirán justicia.
Sabremos de quién, cómo y por qué.
Horas y horas de lluvia
no podrán limpiar el pavimento de nuestras calles,
ni apaciguar nuestras almas en pena.
Suspiros de dolor.
Esta mañana aún, mis manos lloran,
buscando el contorno azulado del cielo.

 

 

Hermano, camarada

Mírame.
Mira en el centro del ojo,
donde el cielo se posa,
y verás todo el océano de mi alma,
el abismo transparente
de lo que tú también escondes.
Esa parte tuya
que a veces se hincha con un mal viento,
mira a los otros desde arriba,
sin ver que habitamos la tierra
por la misma causa simple:
vivir, comprender, tender la mano.
Pude blandir el cuchillo,
silbar la guerra como mis ancestros.
Elegí abrir la palma,
enseñar a la sangre a cantar de otro modo.
Vivir de pie, con dignidad,
aquí, en otra parte, bajo el mismo sol.
Entonces, hermanos,
no retiren el brazo,
tiéndanme la mano,
no los dejaré caer.
Del Caribe a la tierra madre,
de oriente a occidente,
mírese frente a frente:
solo hallarán un mismo rostro.

(Traducción: Valentín y Sarah Amaro)

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Eliezer Young, escritor y poeta haitiano, miembro del colectivo Renouveau. Es autor de dos novelas cautivadoras, Un amour inattendu y Je suis tombé sur mon Alter Ego, y de un poemario de próxima aparición titulado Ananas, Suzanne, amour ou autre chose. Cuenta, además, con varios premios literarios en su haber. Es estudiante de Medicina en la UNIFA y de Psicología en la Facultad de Etnología de la UEH.