Sin fin

Cuando el frío del silencio
se agita con sal picada,
mi deseo monstruoso
revienta en la finura de una noche
caprichosa, calurosa,
de un verano caribeño.
Como eyaculación prematura
del insomnio masturbado
en una esquina,
bajo la amenaza de la locura:
fenómeno del barrio,
orgasmo sádico
hecho de palabras vulgares y huecas.

La sangre de una violación
diez contra uno,
uno contra diez.
Nadie habla, nadie sabe,
solo sangre esparcida,
coagulada como piedras
que rumian los chivos.
Mentiras en tu boca,
en la mía, en todas.
En el desierto de un corazón roto,
marcado por las cicatrices del mundo.

Perversión de oídos sordos
que recorren puertas, esquinas y ventanas,
buscando una cura,
el regreso al rumor,
al chisme, al murmullo.
Fisgones todos,
criados de esta magia enferma.

Mierda y más mierda en mi cabeza,
consumido por el desprecio
de ese pretencioso
que insiste en pasar
por encima de mi ser.
Cenizas de palabras
negras, malditas, minúsculas.

Ni las sagradas escrituras
podrían sanar estos latigazos.
Ni el amor creció aquí,
en este espacio convencional,
universal,
de teóricos fríos,
imbéciles con conceptos pulcros,
mórbidos cualquiera.

Qué soberbia, qué insulto
a este culo prostituido.
Hijos de la mierda,
de carne sin nombre,
mutaciones de piel basura,
productos degenerados.
Te niego, te odio.
Nunca hablaré de ti.

Manchas incurables,
nacidas de cuentos mal contados,
producto de fábricas
de baja humanidad.
La travesía se alarga:
de las migajas,
construyen fachadas,
burradas de la naturaleza.
Miedo, miedo,
y más miedo.

El azúcar huele a sangre,
a carne,
a contrabando.
El azúcar endulza cada mentira,
cada promesa falsa.

Conservamos la nada
que habita en la irrealidad
de lo humano.
Descubrimiento local,
incesto de lenguas extrañas,
confusión de dogmas,
dolencia oportuna,
crónica,
insoportable.
Como una mano fea
de la que no sabes cómo deshacerte.

Compramos todo:
miseria, locura, basura,
todo lo inútil,
todo lo viejo,
lo compramos todo.

Sin fin.
Todo vuelve,
idéntico.
Nada ha cambiado.
Ni el tiempo, ni el sol
lograron quemar
este mal ideológico.

La noche pesa,

Sus tretas en reuniones secretas,
sospechas de un saber robado.
Marioneta del poder de siempre,
de aquel que, desde entonces,
se proclama dios
de las ideas madres.
Coordinador de los saberes,
pervertido licenciado
merecedor de un Nobel
por desenterrar al diablo.

Nadie quiere esclarecer.
O quizás nadie tiene agallas.
La locura es la cabeza,
la persona es la bandera.

Sin fin.
¿Qué queda de nosotros?
¿Qué será de ellos?
¿Qué destino los espera?
Sentenciados, dispersos ça et là,
difamados en sus derechos
más sagrados,
en su ser no reconocido.

Sin pensión, sin educación,
vivir es un triunfo
comprado al precio de la miseria.
Encierro, sobras, restos de comida.

Cuando los perros gobiernan,
la sociedad no existe.
Habla, grita,
¡habla, grita!
Maldita plantación.
Asesino, assassin,
dos pesos por cabeza.
Esperanza, ¿por qué te llamaron así?

¿Quién desea estar aquí?
¿Cómo llegaron?
¿Para qué los dejaron llegar?
No basta con gritar.
¿Qué más hace falta
para cobrar la deuda?

Esperanza:
nombre arrastrado por la brisa
que atraviesa la falda cañera.
Se llevó los testimonios,
arrasó con las palabras,
devoró las conversaciones.
Solo quedan los cuerpos:
negros, cortados, agotados,
marcados por los brazos
afilados de la caña.
Todo está hecho de sudor,
carne y sangre,
vendidos como moscas,
exprimidos por los vampiros.

Como tu boca en la mía,
cada mordisco,
cada postura cambiada,
cada grito,
acelerado por el deseo
del cabronazo,
penetrando,
rompiendo la frontera
de lo humano,
buscando otra dimensión.

Nadie eligió estar aquí.
Si no fuera por aquel tonton macoute,
volver a la esclavitud
nunca sería opción.
Como gotas de lluvia
sobre tierra en cuaresma,
el cuerpo se enlaza
a la miseria y la humillación.
Una obra viva,
indescriptible aún,
producto en proceso.
Realidad cruda,
tan real,
tan brutal.

Duro, duro, duro.
Golpeando sin piedad
a todos, a todas,
forasteros en su propia casa,
desconocidos por sus padres.

¿Qué será de ellos?
Después de tanto tiempo,
sin fin.

Ya se cansaron de que la noche
siempre sea noche,
de que el día
siga siendo día.
Maldito el sol que no discrimina.
¿De qué está hecha la historia?
De palabras, de hechos,
de mitos, de cosas…
la mayoría,
mutadas por el tiempo
y la conveniencia.

Menteur, hipócrita.
¿Qué pasa con los colores?
Háblame de la mezcla,
cuéntame esta amalgama
indecente e inapropiada.
Mírame.
¿Qué ves?
¿De qué color son mis ojos?
¿De qué están hechos?

Cabello lacio, piel blanca.
Criterios de una identidad
hecha para unos pocos.
Pretensión inadecuada,
exclusión de la mayoría.
El tiempo cae como lluvia,
el aire huele a grasa,
la brisa,
seca.

La cantaleta del pueblo
está tejida con prejuicios,
preferencias ajenas,
amablemente crueles,
amablemente destructivas,
roncas,
desgarradoras.

Qué núcleo tan cerrado.
Reinventan la colonización:
Bois Caïman pat asé.
Romana, Angelina, Caei, Colón.
Engaño tras engaño.
Cobran nuestros sueldos
sin registrar nuestros nombres.
Patrañas, burradas, crápulas.
Una banda de estafadores
sin madre.

La noche no limpia.
La noche mata.
Tirados entre hojas secas,
en sacos sucios,
la noche traga.
Cada uno, cada cual,
como cada crítica vomitada.
Cada pedazo
de este país asfixiado,
nutrido de desgracia,
de debilidades ajenas.

Esta mafia,
es más grande.

—-

Berthony Jean Richelieu Lanot es director de escena, especialista en artes escénicas y doctorando en la Universidad Rey Juan Carlos. Su trabajo se centra en la exploración escénica de los ritos afrocaribeños, en particular del vudú haitiano, como forma de resistencia cultural y memoria encarnada. Desde una perspectiva decolonial, Lanot propone una dramaturgia ritual que cruza investigación, cuerpo y espiritualidad, cuestionando los límites entre arte, rito y conocimiento ancestral.  Profesor en la Escuela Nacional de Artes (ENARTS) en Puerto Príncipe.