Cuando llega septiembre, una lluvia de doradas oscuridades se precipita sobre las

               ciudades.

Con septiembre viajan el estallido y el silencio.

Septiembre disipa la pereza del veraneante y afianza la resolución del suicida.

Septiembre no es urgente, sino apacible y desolado.

En septiembre se oye a las flores.

Septiembre restaura el recuerdo de quien fue muerto en un palacio bombardeado sin

           haber pisado todavía las grandes alamedas de la libertad.

En septiembre, el agua huye.

En septiembre, todos los pájaros vuelan hacia la muerte y todos los ascensores

           descienden a los infiernos.

Cuando septiembre se desnuda, no vemos la gloria de un cuerpo, sino la sinopsis de

        un esqueleto, que, sin embargo, no se arredra ante el frío, ni repudia al sol. 

Desde septiembre, se divisan valles callados, se alerta de la caída de meteoritos, se

         distingue una muchedumbre de horizontes, se reconoce un mar vertical, cuyas fosforescencias ciegan.

En septiembre, los borrachos beben sombras.

En septiembre, se abren los paraguas de los níscalos.

En septiembre nació Roald Dahl.

En Croacia, septiembre es el mes rojo; en Polonia, el mes en el que florece el brezo.

Septiembre es un mes solitario, a quien cubre un manto y merodea un lagarto.

Septiembre es el barco y el embarcadero, la marea y la estiba, el océano y la dársena.

En septiembre, fusileros exhaustos taponaban las brechas que la artillería de Berwick

    había abierto en el baluarte del Portal Nou, mientras los capitanes hacían ondear en las murallas las banderas de Santa Eulalia y San Jorge.

En septiembre, los niños vuelven a jugar al fútbol.

El zafiro chilla lumbre en septiembre.

Septiembre es el hogar de la caducidad y la resurrección.

En septiembre nació António Lobo Antunes.

¿Qué oculta septiembre para que nos intriguen sus atardeceres y nos confundan sus

      madrugadas?

En septiembre comemos membrillos y mariposas.

En septiembre nos revestimos de luz, que nos abriga y nos desuella.

En septiembre, las madres regresan a la menstruación.

También envejecen.

También enloquecen.

En septiembre renacemos para morir.

Septiembre es una película de Woody Allen en la que actúa la mujer que quiere

      destruirlo.

En septiembre, miríadas de insectos alborotan la candente penumbra de las

      habitaciones, motean los haces ambarinos de las bombillas y tunelan las mermeladas de las alacenas.

Las Perseidas ya están muy lejos en septiembre.

En septiembre, el monstruo levantó la barrera y extendió su monstruosidad por el

       mundo.

También en septiembre, en el Missouri, el monstruo, que lucía chistera, fue devuelto a su ciénaga. Le habían arrancado los ojos, pero deberían haberlo castrado.

En septiembre bostezan las tumbas. (¿Tienen hambre? ¿Se aburren?).

El sol rueda más deprisa en septiembre; y acaba extenuado.

Y la luna, ¿a dónde va en septiembre?

Septiembre es ferruginoso.

Quevedo nació en septiembre.

Las armas se desbocan en septiembre, como los dondiegos.

Ojalá muriese en septiembre.

Un septiembre atroz ennegreció las pistas de atletismo, el combate en la palestra, el

      laurel inofensivo.

Septiembre es el mes de las brujas y los enamorados.

Septiembre a veces cojea de la p.

Septiembre orina melancolía.

En septiembre vuelve a girar, chirriando, la oxidada rueda cósmica.

En septiembre fueron devueltos a la nada 186 niños en Beslán.

En septiembre recuerda el mar a todos su ahogados.

En septiembre, los ángeles chocan unos con otros, tropiezan en las aceras, caen en los

balcones como las hojas de los árboles o la ropa que se le escurre a la vecina de arriba, y hasta entran a trompicones en las casas, para asombro de los que miran la televisión, o echan la siesta, o copulan.

Septiembre suelta una baba iridiscente, en la que se reúnen los oxiuros y las

     tormentas.

¿Por qué septiembre martiriza y acaricia? ¿Por qué sus cristales brillan con una

     crueldad desconocida en julio o en enero?

Fue en septiembre cuando asesinaron a tres mil personas y dos rascacielos. Se

    enderezó entonces la barbarie; y se irguió la venganza.

¿Dónde está septiembre? ¿Cuándo es?

Septiembre canta como el mirlo, pero sin su pico anaranjado.

En septiembre nació Nicanor Parra.

Cuando llegue septiembre, veré Cuando llegue septiembre.

Septiembre es un mes incoherente: se llama séptimo, pero es noveno.

En septiembre, los milanos negros, las cigüeñas y los halcones abejeros, migrantes

    al sur, se cruzan con los desgraciados del sur que migran al norte para desembarazarse de su desgracia. 

En septiembre, las piscinas se deprimen.

Todos los días de septiembre contienen miel y negación de la miel, ácido y negación

   del ácido, olvido y afirmación del olvido.

En septiembre, hasta el hielo hace ruido.

En septiembre, la tristeza brinca como un cervato desconcertado.

¿Por qué sigue a agosto, si agosto es más tardío, si en agosto todo se rezaga, y los

      árboles apenas hablan, y las nubes se deshilachan en el cielo?

En septiembre descubrieron el escondrijo de Anna Frank.

En septiembre nació el doctor Johnson.

En septiembre se contraen los pechos, asfixiados de tristeza.

En septiembre se dilatan los pechos, imbuidos de esperanza.

En septiembre, las cosas se abandonan a una molicie que anticipa el sosiego de los

       cementerios.

En septiembre, todo es relativo.

Dan ganas de componer greguerías en septiembre. Y misas de réquiem.

En septiembre, el poeta Rigoberto López Pérez le pegó cuatro tiros a Anastasio

      Somoza García. Bendito sea.

Con el aire estremecido de septiembre, el amor es más noble: los labios besan más; la

      piel dice mejor.

En septiembre, las gemas se reblandecen, el oro transige, la plata palpita.

En septiembre, azagayas de nomeolvides recorren las esquinas del aire.

Yo nací en septiembre.

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Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es poeta, traductor y crítico; Licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica. Su más reciente poemario es Muerte y amapolas en Alexandra Avenue (Vaso roto, 2017). Este texto apareció en su blog Corónicas de Españia.