Salomé Ureña de Henríquez nació en Santo Domingo, capital de la República Dominicana, el 21 de octubre de 1850. [1] Sus padres: Nicolás Ureña de Mendoza (1822-1875) y Gregoria Díaz y León (1819-1914). Nunca salió de su país. Durante su infancia no asistió a otras escuelas que las de primeras letras, únicas abiertas entonces a las mujeres; pero su padre, poeta discreto y abogado de buena reputación, que ocupó puestos de senador y de magistrado, le dio la mejor educación literaria que allí podía alcanzarse en aquellos años: fundamento de ella fue la lectura de los clásicos castellanos.

Nunca escribió mucho. Comenzó a componer versos a los quince años; a los diez y siete comenzó a publicarlos bajo el seudónimo de Herminia; desde 1874 los publica siempre con su firma. Ya para entonces llamaban la atención en Santo Domingo, y aun en países vecinos, las composiciones patrióticas en que predicaba paz y progreso. Paz y progreso fueron sus temas desde 1873 hasta 1880; y la constancia de su prédica le conquistó la admiración y afecto de aquel pueblo que, vegetando en pobre vida patriarcal interrumpida por desastrosas guerras civiles, había luchado desesperadamente durante ochenta años por conservar su carácter de pueblo de lengua castellana y de civilización española, y aspiraba, fortalecido por los recuerdos de su ilustre pasado colonial, a existir nuevamente como factor de cultura en América. La preocupación patriótica llegó a sobreponerse a toda otra idea en el espíritu de la joven poetisa: la literatura fue para ella consideración secundaria junto al deseo de hacer llegar su prédica a la conciencia de toda la nación. Servir fue para ella, como para el poeta griego, la aspiración única. El país premió su devoción dedicándole como homenaje, en 1878, una medalla costeada por suscripción popular [2].

Durante los años de 1878 y 1879 se dedicó a completar metódicamente su cultura científica y literaria, bajo la dirección de Francisco Henríquez y Carvajal. Con él contrajo matrimonio el 11 de febrero de 1880.

En 1881 sus esperanzas patrióticas sufren grave decepción: el gobierno de Meriño, de cuyas singulares dotes de inteligencia y de cultura se esperaba mucho, fracasa moralmente al creerse obligado a medidas de fuerza para mantenerse en el poder; el fracaso era augurio de nuevas tiranías… La poetisa escribe Sombras, y, sin proponérselo, desde entonces compone y publica versos raras veces.

Entretanto había llegado a la República el pensador antillano Eugenio María Hostos, y se le había encomendado la organización de la Escuela Normal en la ciudad de Santo Domingo (1880): Francisco Henríquez y Carvajal, fue uno de sus colaboradores más activos. Salomé Ureña, que acababa de decir adiós a sus ilusiones juveniles de poetisa patriótica, emprende ahora nueva labor constructora: se convierte en educadora de la mujer, y funda, en noviembre de 1881, el Instituto de Señoritas, primer plantel femenino de enseñanza superior que ha existido en el país. En medio de dificultades, como plantel particular en que las alumnas pagaban muy poco o no pagaban, el Instituto vivió doce años (hasta diciembre de 1893): las alumnas que de él salieron han difundido la instrucción de la mujer en el sur de la República Dominicana.

Como magno acontecimiento se saludó, en abril de 1887, la investidura de las seis primeras maestras: Leonor Feltz, Luisa Ozema Pellerano, Ana Josefa Puello, Mercedes Laura Aguiar, Altagracia Henríquez Perdomo, Catalina Pou. Para aquella ocasión Salomé Ureña de Henríquez rompió su silencio y escribió la historia de sus aspiraciones y de sus esfuerzos en Mi ofrenda a la Patria:

 

¡hace ya tanto tiempo! Silenciosa,

si indiferente no, Patria bendita,

yo he seguido la lucha fatigosa

con que llevas de bien tu ansia infinita…

Te miro en el comienzo del camino,

clavada siempre allí la inmóvil planta…

 

De su matrimonio tuvo cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila. A su hogar dedicó la mayor parte de las poesías que compuso desde 1881 hasta su muerte, y que a menudo dejaba inéditas largo tiempo. Fuera de esas composiciones, y de Mi ofrenda a la Patria, sólo escribió otras ocho.

Minada su salud por el trabajo cuando se decidió a cerrar el Instituto de Señoritas, no logró recobrarla; vivió tres años más, y murió en su ciudad natal el 6 de marzo de 1897. Su muerte fue duelo de todo el país. Está enterrada en el templo de Las Mercedes [trasladada en 1972 al Panteón de la Patria, N. del E.], en cuyo convento ejerció el maestro Tirso de Molina.

No se incluyen en la presente edición todas las producciones de Salomé Ureña de Henríquez; se han omitido poco más de veinte composiciones, escritas en su mayor parte durante la primera juventud, y el poema Anacaona, escrito en 1879. Se han omitido también los trabajos en prosa (discursos y cartas), que se procurará reunir en pequeños volúmenes más adelante. [3]

El texto de las poesías ha sido objeto de especial atención. Las ligeras modificaciones que en él se adviertan comparándolo con el que generalmente se conoce fueron indicadas por la autora durante los últimos años de su vida o están autorizadas por la existencia de dos versiones de una composición: por ejemplo, A los dominicanos y A la Patria, en que ha parecido adecuado restaurar frases expresivas que se encuentran en las versiones de 1874, corregidas en 1880. Sólo en dos o tres casos, en que el texto parecía estragado en la trasmisión, se han introducido retoques, con la esperanza de acercarse a lo que realmente haya escrito la autora.

NOTAS

[1] Esta noticia biográfica de Salomé Ureña fue escrita por su ilustre hijo Pedro Henríquez Ureña, para la edición de 1920 de las Poesías de la egregia poetisa. Apareció sin firma, por delicadeza del autor, ya que se trataba de su progenitora: de ahí su sobriedad y la ausencia del entusiasmo ditirámbico que ella siempre despertara por lo que fue y lo que significó en la sociedad –en las letras y la civilidad– de su época.

[2] Fue un contagio sublime! Muchedumbre

       de almas adolescentes la seguía

[3] Las poesías de Salomé Ureña se publicaban generalmente en periódicos de Santo Domingo y a veces, por excepción, aparecían por primera vez en Cuba. La antología de José Castellanos, Lira de Quisqueya (Santo Domingo, 1874), recogió unas diez composiciones suyas. De su obra poética ya contamos con cuatro ediciones: las Poesías, de 1880, edición de la Sociedad Amigos del País, con Prólogo de Meriño, y una biografía escrita por José Lamarche; la edición de 1920, de Madrid, con la presente noticia biográfica escrita por Pedro Henríquez Ureña; las Poesías completas, de 1950, edición conmemorativa del Centenario de su nacimiento, con una breve Advertencia del poeta Manuel E. Suncar Chevalier y un bello Prólogo –el más cabal estudio de la poesía de Salomé Ureña– por el Dr. Joaquín Balaguer. La edición de 1950 es semejante, en cuanto a las poesías recogidas, a la del 1880; y la presente es semejante a la de 1920. En el opúsculo de Silveria R. de Rodríguez Demorizi, Salomé Ureña de Henríquez, Buenos Aires, 1944, figura una bibliografía acerca de la celebrada poetisa.

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Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) fue un destacado intelectual, filósofo y escritor dominicano, conocido por su influencia en la literatura y la educación en América Latina.