Desde que el presidente Luis Abinader me honró designándome en el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, me ilusionó la idea de realizar un homenaje a Juan Luis Guerra. Tomó un poco más de cinco años lograrlo, pero tal vez Juan Luis tiene razón: “de nada vale ser impaciente … todo tiene su hora”.
Mis andanzas en esta vida se cruzaron con las de Juan Luis en dos ocasiones previas.
La primera fue a raíz de su gran concierto en Miami, en marzo de 1990. Mi hermano Gustavo y yo lo invitamos a un café bar que habíamos abierto en esta ciudad –el recordado Café Atlántico– que en ese momento estaba en su apogeo. Aquella noche, Juan Luis y el original 4-40, cantaron a casa llena.
Nuestro segundo encuentro fue un año después, en 1991, mientras realizaba una consultoría en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en Washington, D.C.
El presidente del Banco, el legendario Enrique Iglesias, deseoso de conocer al fenómeno musical que arrasaba por las Américas, invitó a Juan Luis a un almuerzo con el directorio del BID.
Las palabras del brindis de Iglesias fueron entusiastas, efervescentes, llenas de admiración por el talento de Juan Luis. Pero lo más memorable fue cuando lo miró directamente y le dijo:
“Todos los miércoles, cuando entro a las reuniones del directorio, donde tengo que defender los préstamos o políticas que propongo, mi corazón palpita de manera descontrolada, mi sangre bulle; yo no entendía bien lo que me sucedía… hasta que escuché por primera vez tu canción”. Y exclamó a viva voz: “¡Juan Luis, es que me sube la bilirrubina!”.
Con su tradicional serenidad y mesura, Juan Luis agradeció el reconocimiento y respondió:
“Amigos, yo no soy político: soy músico, y me expreso a través de mis canciones; así que no voy a extenderme en mis palabras. Pero sí les quiero hacer una propuesta: si ustedes trabajan por el progreso y desarrollo de nuestros países, yo, con mi música, me comprometo a que llueva café en el campo”.
En su autobiografía Vivir para contarla, García Márquez narra un diálogo entre su madre y el doctor Alfredo Barboza, uno de los amigos más asiduos de la casa de sus abuelos. Ella, buscando el apoyo del doctor, le dice con obvio disgusto que su hijo quería ser escritor. El doctor, por el contrario, respondió que aquello era la prueba espléndida de una vocación arrasadora.
Y añade el Premio Nobel: “La única fuerza capaz de disputarle sus fueros al amor. Y en especial la vocación artística, la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella”.
Esa frase parece escrita para describir a Juan Luis Guerra. Porque su arte –hecho de fe, de ritmo y de palabra– ha sido una forma de entrega total. Con su música ha dignificado lo nuestro, ha llevado el nombre de República Dominicana a los rincones más distantes del planeta y ha sabido convertir el sonido de nuestras raíces en un lenguaje universal.
Su obra trasciende el entretenimiento: es testimonio, es identidad, es puente entre la emoción y un anhelo compartido. Por eso, al rendirle homenaje esta noche, celebramos no solo al artista excepcional, sino al dominicano ejemplar que ha sabido traducir el alma de un pueblo en armonía, compás y poesía.
Que este acto sea también una manera de agradecerte, Juan Luis –con respeto, con afecto y con orgullo nacional–, por recordarnos que la patria también puede sonar a bachata, a merengue, a esperanza, en cada canción.
Muchas gracias.
Martes, 28 de octubre de 2023
Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional
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Roberto Álvarez es actualmente ministro de Relaciones Exteriores de República Dominicana