Buenas noches, queridos familiares, colegas y amigos.

Como comprenderán, este es un momento en el que quisiera decir tantas cosas acerca de la poesía y su, a veces grata, en ocasiones imponderable y otras veces difícil y tormentosa compañía, a lo largo de más de cuatro décadas. Sin embargo, el imperativo inicial de este momento es el de agradecer.

Primero, a la editorial Visor Libros y a su fundador y presidente Jesús García Sánchez, cariñosamente Chus Visor, porque nació de él la idea de publicar un volumen con mis obras poéticas de entre 1984 y 2019, y otorgarme con ello el privilegio de formar parte de un selecto grupo de importantes nombres de la poesía iberoamericana y universal, cuyas obras escogidas o completas han ido integrando la prestigiosa Colección Visor de Poesía. Es un acto invaluable de generosidad, no solo conmigo, sino con la poesía dominicana contemporánea.

Segundo, a mi compañero fraterno, incondicional, leal y comprometidamente solidario Plinio Chahín, maestro indiscutible del verso y de las ideas brillantes, una de las voces más altas y singulares de nuestra generación del 80, por haber dedicado parte de su valioso tiempo a la lectura de estas casi 900 páginas, y por la generosidad y el afecto que esa lectura, más allá del peso de la conceptualización crítica, reflejan en las palabras que acaba de leer para todos nosotros.

Tercero, a Cuesta Libros, sus directivos y colaboradores, por el hecho de haber traído al país, a través del distribuidor autorizado, este libro que hoy ponemos en circulación, y por ofrecernos este espacio del Foro Pedro Mir, para congregarnos y poder celebrar esta, para mí, importante ocasión.

Y en este mismo orden, mi gratitud a Verónica Sención, por la promoción que ha venido ofreciendo al libro y por su noble regalo de la ilustración de portada del volumen, un Quijote dormido, obra del gran artista José Cestero, recientemente desaparecido.

También es momento para agradecer el cálido respaldo, la silenciosa compañía y el amoroso estímulo de mi familia, mi esposa Soraya, nuestros hijos Yasser, Alberto y sus familias, mis hermanos de lado y lado, y por supuesto, a los amigos, que además son mis cómplices de la palabra compartida, tanto en la poesía como en la prosa ensayística, ya sea esta sobre estética, literatura o filosofía, varios de ellos aquí presentes. Y en este último orden, quisiera aprovechar para, de entre todos ellos, mis amigos poetas, escritores, pensadores, artesanos de la palabra, expresar un agradecimiento especial a quien, desde muy temprana edad nuestra y solo apostando a una sospechada posibilidad, creó un espacio de lectura, escritura y reflexión como el Taller Literario César Vallejo de la UASD, y además nos abrió las páginas del entonces suplemento cultural Aquí, del diario La Noticia, para que la sociedad fuera conociendo esas nuevas y a veces temerarias voces literarias. Me refiero al poeta y gestor cultural Mateo Morrison, quien ayer arribó a sus 80 años de fructífera vida, y a quien, en expresión de gratitud, quisiera dedicar esta actividad de hoy. Gracias, querido Mateo, no solo por mí y desde mí, sino por y desde la nuestra y todas las demás generaciones de jóvenes talentos creativos, que han encontrado en ti un estímulo y un soporte.

Quiero agradecer, además, a quienes se ocuparon de introducir al país, de manera casi clandestina, en maletas de pasajeros, los primeros ejemplares de este libro que pude tocar, oler y apreciar en intimidad de mi hogar y compartir con algunos amigos muy cercanos. Son ellos Larissa Amézquita, Lía González, Jean Enmanuel Tavárez, Mariel Bera, Rosanna Checo y Sheila Santos. Gracias por su respaldo también para llevar a cabo esta actividad.

¿Y de la poesía y de este volumen en concreto, qué podría decir frente a ustedes, sin dar espacio a la tentación, que no me perdonaría, de tener que hablar de mí y de mi propio oficio? De la poesía, solo podría decir que, haciendo honor al inmenso poeta Antonio Machado, la he concebido siempre como la esencia de la “palabra en el tiempo”; esa palabra que, a la luz de los acontecimientos deshumanizantes del mundo actual, y ante la mirada acuciosa del interés mercurial, termina destrozada y con sed de esperanza, porque pareciera que su inutilidad práctica, preconizada por Oscar Wilde, Wystan Hug Auden y Nuccio Ordine, se nos encima como un tsunami de desidia, tedio y consternación. Ante el riesgo abismal de la poesía y su espacio en el espíritu, el poema se levanta y la hace evidencia de luz en la oscuridad y el desastre. El poema surtidor, como en Octavio Paz. El poema, río de hermandad, como en el Neruda más solidario. Porque, en definitiva, en la noche más oscura que arropa al mundo, el poeta encarna la misión de cantar lo sagrado, en la búsqueda incierta de los vestigios de los dioses que nos abandonaron, y porque lo que dicen sus versos habrá de permanecer.

El poema es, lo ha escrito Borges con acierto, belleza y armonía, un hecho inagotable, “y se confunde con la suma de las criaturas / y no llegará jamás al último verso / y varía según los hombres”. La hermosura y la magia de esa inagotabilidad descansan en otro hecho, el de la catedral lógica de la gramática, la morfología, la fonología y el léxico, porque después y antes que todo, el poema es un constructo de lengua y de pensamiento, y por mor de ellos, un noctámbulo océano de sentimientos íntimos y ajenos. El poema es, sigo pensándolo, un concreto de lenguaje y pensamiento, un mundo cerrado y abierto a la simbolización, aunque no a la significación, porque antes que significar el poema esencialmente es, existe, late, respira y convive con su lector. En el poema fluye la savia de la poesía. Es la ruta cartográfica del poema la que nos lleva a la dimensión estética y espiritual de la poesía.

En este volumen, que lleva un título cervantino, porque forma parte de una expresión interrogativa que aparece en el prólogo a la primera edición de 1605 de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y por medio de la cual rememora con acritud aquellos años de cautiverio y esclavitud en Argel, entre 1575 y 1580, definiendo la prisión como ese inhóspito lugar “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Esa experiencia marcó la obra posterior de Miguel de Cervantes. Si bien no de esta manera dolorosa como experiencia vivida, la escritura y cada libro a la que ella ha ido dando lugar a través del tiempo han sido para mí una habitación, una morada en la que mi lengua, mi pensamiento y mi sentimentalidad han hecho espacio. Un espacio para la alegría y el dolor, para las luces y las sombras, para la vida y la muerte, para el amor y el desamor, para la cercanía y la distancia, para el sufrimiento y el goce, la desesperanza, la rabia y la ilusión.

Estas páginas recogen trece poemarios publicados a lo largo de treinta y cinco años de dinámica creativa, en la que me he conformado con ser un instrumento del lenguaje y un jinete de la imaginación. En cada título he tratado de que impere la singularidad. He evitado a toda costa la repetición, porque en cualquier manifestación artística, repetirse equivale a perecer.

Al recibir el primer ejemplar impreso, me sorprendió, incluso, me desconcertó el grosor del volumen. No sospeché siquiera que alcanzaría esa dimensión. Si leerme, como me han confesado en múltiples ocasiones, ha sido una tarea compleja y retadora, al tener entre las manos este volumen, entonces, ya no sabré qué pensará mi hipotético lector. Pero ¿cómo habría de ser fácil la lectura de la poesía, si ella encarna la más elevada posibilidad de expresión estética en una determinada lengua, y si, además, tiene la facultad de hacer vibrar las cuerdas más profundas y sensibles del espíritu humano, en especial, cuando nos envuelve la desazón y cuando marcan los relojes el más ominoso tiempo de penurias?

Hecha ya realidad esta versión de mi poesía reunida, con la belleza y particularidad de la Colección Visor de Poesía, solo me resta esperar que goce de la aceptación de quien se acerque a su lectura. Mi gratitud se da por sentada, esperando que, desde la óptica del sacrificado poeta ruso Osip Mandelstam, como marinero en peligro que es todo poeta consciente de su oficio, la botella que lancé al mar, con toda esta poesía, antes de mi propio naufragio, llegue a alguna orilla y sea recogida por las manos pequeñas e inocentes de un niño, como símbolo de vitalidad, de futuro y de esperanza.

Muchas gracias.

(Palabras de José Mármol en el acto de presentación de “Donde todo triste ruido hace su habitación. Poesía reunida (1984-2019), en el Foto Pedro Mir de Cuesta Libros, Santo Domingo, 15 de abril de 2026)

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José Mármol es Premio Nacional de Literatura 2013. Autor, entre muchos otros, de Yo, la isla dividida (Visor, Madrid, 2019) y Donde todo triste ruido hace su habitación. Poesía (1984-2019) (Visor, Madrid, 2026)