El Super Bowl no solo consagra campeones deportivos; consagra narrativas imperiales. Y esta vez, en medio del espectáculo global, irrumpió el español. No como invitado folklórico, no como cuota multicultural administrada por la corrección política, sino como presencia sonora que desbordó el centro del poder mediático estadounidense.
Que Bad Bunny cantara en español en ese escenario no fue un simple logro artístico. Fue una ocupación simbólica. En una sociedad saturada por la propaganda, por la fabricación de realidades desde Silicon Valley y Madison Avenue, por el nuevo nacionalismo identitario que algunos celebran bajo la sombra del trumpismo, la lengua española apareció como una fisura en el relato dominante.
Ahora bien, no conviene idealizar el fenómeno. El español que suele circular en buena parte del reguetón es pobre en recursos, limitado en metáforas, repetitivo en imágenes. No amplía el horizonte del idioma; lo estrecha. Cuando los exponentes del género colaboran entre sí, la lengua no crece: se reduce a un puñado de palabras, de consignas eróticas, de ritmos previsibles. Es un español funcional, no creador.
Y sin embargo –he ahí la paradoja–, esa misma lengua limitada, en el escenario del Super Bowl, se convirtió en acto político. Porque no importa solo la calidad literaria; importa la ocupación del espacio. Millones de espectadores escucharon español caribeño, con su cadencia puertorriqueña, sin traducción, sin disculpas. La lengua dejó de ser subordinada y se volvió central.
En una Norteamérica que oscila entre el multiculturalismo instrumental y el repliegue identitario, la exhibición masiva del español fue una forma de contradicción interna. Mientras ciertos sectores agitan el miedo al inmigrante y exaltan una identidad monolingüe, el mercado –ese gran dios contemporáneo– consagra en horario estelar la lengua que dicen querer contener.
Hay una ironía feroz en ello. El mismo sistema que reduce el lenguaje a mercancía, que empobrece la palabra hasta convertirla en eslogan, termina amplificando una lengua que no puede controlar del todo. Porque el español no es extranjero en Estados Unidos: es constitutivo. Está en las calles, en las escuelas, en los tribunales, en la música. Y esa presencia demográfica es irreversible.
Lo verdaderamente provocador no es que un reguetonero haya cantado en español; es que lo haya hecho en el corazón del espectáculo que simboliza el poder cultural estadounidense. No fue poesía elevada, no fue renovación lingüística profunda. Fue algo más inquietante: fue evidencia.
Evidencia de que la sociedad norteamericana ya no puede narrarse exclusivamente en inglés. Evidencia de que el mercado necesita al español, aunque el discurso político lo rechace. Evidencia de que la cultura popular, incluso cuando empobrece la lengua, puede expandir su territorio simbólico.
Tal vez el gesto no transforme la calidad del idioma. Pero sí altera el mapa del poder. Y en una época donde la manipulación mediática fabrica verdades y el lenguaje se desgasta en consignas, que el español suene con esa contundencia en el Super Bowl no es un detalle folklórico: es una disputa abierta por la hegemonía cultural.
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Plinio Chahín. Poeta, crítico y ensayista. Autor de diversos libros de ensayo, narrativa breve y poesía. Narración de un cuerpo es su poesía reunida hasta el 2011. Con ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo 2005 y con Hechizos de la hybris el Premio Internacional de Poesía de Casa de Teatro del año 1998.